Vivir para escribir

Buscando mi voz (con relatos breves y microrrelatos)

Mi referéndum
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Señores, paren esto de una puta vez (un canario enamorado de Cataluña).

Mi referéndum se celebrará el próximo viernes. Solo imprimiré una papeleta. La pregunta será: “Oye, tío, ¿quieres independizarte del odio?” Y solo habrá una respuesta: “Sí”. La noche anterior, antes de acostarme, dejaré preparada la urna sobre la mesa del salón. Por la mañana, mientras espere por el café, pensaré en el amor que siento por todo lo que he querido en mi vida. Después me pondré algo de Dylan y leeré el capítulo siete de Rayuela. Constituiré la mesa electoral mientras recuerdo mis primeros besos de cíclope. La taza del café será el presidente y como vocales nombraré a dos galletas integrales. Seguir leyendo…

El beso II
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

El beso. Ahora sé que fue eso, aquel maldito beso.

Un beso que paró el tiempo y me hizo olvidar por un instante que estaba muerto, que bajó el telón de aquel antro y volatizó a diez o doce borrachos, que silenció las músicas y apagó las luces. Seguir leyendo…

El sueño de Marga
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Después de más ocho años recorriendo callejones juntas:

—Me estás acojonando, Marga —dijo Bea—. Venga, tía, bájate de ahí, joder.

—¿Sabes, Bea? Una vez soñé que podía volar.

—No me jodas, tía, venga, bájate.

Marga miró hacia abajo y dijo: Seguir leyendo…

La Cofradía de los Cabrones
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Menú del día: Una parte de infidelidad por dos de amor no correspondido.

Ella intentó abrir la puerta pero se lo impidió la cadena de seguridad.

—Vete, por favor —dijo él—. No tenemos nada que hablar.

—¡Señorita! ¡Apártese de la puerta!

Ella se dio la vuelta y dijo:

—¿En serio? ¿Has llamado a la puta policía?

—Señor, cierre la puerta y no salga —dijo el agente—. Ya hablaremos después.

—¿Es delito llamar a la puerta de tu marido? —dijo ella.

—¡Está loca, agente, está loca! —gritó alguien desde una ventana del edificio.

—Cállese, señora —dijo el agente—. Vuelvan todos a sus casas. ¿Es que no tienen nada que hacer? Seguir leyendo…

Praga
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Praga es lo que no fuimos. El final de una historia. Dos universos que se tocan y se separan por el frío del olvido, por la navaja de la resignación. Una navaja afilada por la cobardía, mellada por el miedo. Praga es la muerte en un cuchitril. Una resurrección al pie de una fuente olvidada por el mundo. El desgarro de la piel por la muda del alma, o de lo que coño sea lo que te hace ser quién coño eres. Seguir leyendo…

En el Viaducto de Segovia
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Rafael, don Rafael para los vecinos, era un hombre solitario, de sonrisa fácil y poca palabra, un enamorado del silencio, un noctámbulo que arrastraba su silueta quijotesca por los parques de Madrid. Unos decían que buscaba recuerdos en los rincones, otros, que desde la muerte de su esposa, Rafael andaba buscando su fantasma en los bancos donde se solían sentar juntos. El paseo diario siempre acababa junto a la barandilla del Viaducto de Segovia, también conocido como Puente de los Suicidas por el macabro servicio que prestaba a la ciudad, además del de prolongar la calle Bailén, salvando el desnivel con la calle Segovia. Allí rezaba el viejo cada noche por el alma de su esposa, también lo hizo en la última noche de su vida, una noche en la que, de vuelta a casa, se sentó en un banco del Parque de Atenas para coger aire y sintió que por fin era hora de volver con su Manuela.

Esa misma noche, una joven se subió a la barandilla del viaducto y dijo:

—Señor, ¿me haría un favor?

Rafael se acercó con cuidado. No recordaba cómo había vuelto allí, no entendía cómo era capaz de andar sin su bastón, un “gayato” de castaño que lo sostenía desde que sus rodillas le pasaron la factura por el servicio prestado a la minería.

—Dígame, señorita.

—¿Podría hacerse cargo de mi perro?

—Cálmese y no se mueva.

—Es un buen perro, créame, señor, ha aprendido con los mejores adiestradores del país.

Rafael no miró al perro. Se acercó lo suficiente para ver el perfil de la joven.

—Haga el favor de bajarse de ahí y hablamos de su perro y de lo que usted quiera.

—Tiene que prometerlo, señor, no podría dejarlo solo en esta ciudad.

—Lo que usted quiera, pero bájese de ahí.

Rafael se acercó con cuidado. El perro lo miró, ladeó la cabeza y movió la cola.

—No tenga miedo. No le hará nada. Coja la correa y váyase de aquí.

—Lo sé. Escúchame, Manuela, es hora de irse.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Mírame, cariño, soy yo, Rafael.

—¿Rafael?

Rafael la cogió por la cintura, le ayudó a bajarse de la barandilla y dijo:

—Es hora de irnos.

—¿De verdad eres tú? —preguntó Manuela.

—Sí.

—¿Dónde has estado todo este tiempo?

—Vivo. He estado vivo, pero eso ahora no importa.

Manuela cogió el brazo de Rafael y preguntó:

—¿Adónde vamos?

—¿Ves eso? —respondió Rafael.

—¿Qué es?

—Un buen comienzo después de un mal final.

El perro se separó de ellos.

—¿No viene? —preguntó Manuela.

—Aún es pronto para él.

En el mismo lugar pero en otro plano (por llamarlo de alguna forma):

—Dicen que fue aquí mismo —dijo un desconocido—. Se lanzó desde ahí. Y que el perro saltó con ella y murió ahorcado.

—Joder, ¿ahorcado? —dijo otro.

—Sí, con la correa.

—Vaya historia para acabar la noche, ¿y por qué lo hizo?

—¿Quién sabe? La gente se suicida y punto.

—Creo que va a ser la historia más triste que has escrito.

Uno de los desconocidos comenzó a estornudar.

—¿La alergia? —dijo el otro sonriendo—. A ver cómo coño lo explicas ahora. Mira que te lo he dicho un millón de veces, tú-no-tienes-alergia-a-los-perros, seguro que es por el polen, el polvo, las flores, o lo que coño que sea, pero no son los perros, cariño, no son los perros. Si me dices que son los gatos, pues bueno, vale, normal, esos cabrones que solo piensan en sí mismos, interesados, egocéntricos, normal que causen alergia a las personas.

—Ya te lo he dicho un montón de veces: son los perros. El médico lo dejó claro, y tú estabas en la consulta.

—Pues llámalo, y que te diga ahora dónde está el perro.

—Oye, cariño, escúchame, no vamos a tener un perro, ¿vale?

—Vale. Tampoco un gato.

FIN

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La lista
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Todos decían que Mai y Pablo se querían con locura.

—¿Pero qué coño estás diciendo? —preguntó Pablo—. No me jodas, Mai, ¿pero tú te crees que es tan fácil como eso?

—Vete —repitió Mai—, o llamo a la policía.

—Déjame explicártelo. Yo no quería hacerlo.

—¡Que te vayas, joder! —interrumpió Mai—. ¡Vete de aquí de una puta vez!

Luego miró por la ventana y trató de respirar. Seguir leyendo…

Los sonajeros del rey
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Hay ciertas cosas para las que se necesita una edad. O eso, o es que me estoy haciendo viejo.

¡Venga, a seguir viendo la tele! Y con elecciones de propina, otra vez, con lo que me gusta ver a estos cuatro insultándose todo el tiempo. A ver si se le ocurre al rey, con lo alto, guapo y listo que es, Seguir leyendo…

El olor de mi ropa
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Hoy tampoco encontré trabajo. Y mira que el puesto era perfecto. Y anoche incluso pude entrar al centro de acogida y dormir bien. Y hasta ducharme. Pero no había tiempo para lavar la ropa, no se habría secado antes de la entrevista. No sé, pero creo que fue precisamente eso: el olor de mi ropa, y no mi currículum, lo que hizo que el funcionario cambiara la X de casilla. La próxima vez dejaré claro donde vivo.

Más allá de la cortina
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Ella lo odiaba casi todo. Odiaba las visitas de los conocidos, la frialdad de los médicos, la condescendencia de los enfermeros y la compasión de los extraños. El odio y la rabia se repartían su tiempo. Quería estar sola para escuchar el silencio… Y silenciarlo con músicas ensordecedoras cuando el dolor se le hacía insoportable. Solo tenía un deseo: morir para matar su dolor. Un dolor que solo conseguía calmar viajando a otros mundos, siempre a lomos del caballo, cada vez más salvaje, cada vez más intenso, cada vez más peligroso. Seguir leyendo…