Vivir para escribir

Buscando mi voz (con relatos breves y microrrelatos)

El niño y el viejo
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

…Y la felicidad navegó en aguas de injusticia sin culpable.

La madre cogió al hijo con cuidado y lo puso en pie. El niño fijó la mirada en el viejo, se tambaleó, consiguió mantener el equilibrio, abrió los brazos y adelantó un pie. Luego, con la inseguridad de la falta de costumbre, adelantó el otro. Se detuvo. Dobló las rodillas. Se cae, dijo el viejo con los ojos, intentó levantarse de la silla de ruedas pero su cuerpo, como en los últimos treinta años, no le respondió. Seguir leyendo…

Dos huevos duros y la hartura de estado
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder. (Pitaco de Mitilene, 650 AC-?, gobernante griego)

Érase una vez un cristiano que estaba pelando un huevo duro. En uno de esos momentos en los que el agua que cae en el fregadero deja de hacer ruido por haber rebotado en el brazo, escuchó que unos políticos no se ponían de acuerdo para gobernar el país en el que le había tocado vivir. Cosas del azar. Seguir leyendo…

Un desastre
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Solo hay algo mejor que la soledad, la buena compañía.

Un desastre. Eso es lo que soy: un puto desastre. Cuando estoy con alguien, y me refiero a estar de verdad, estar-estar, no estar por estar, sino estar-estar, pues eso, que cuando estoy-estoy, hay algo dentro de mi cabeza, algo así como un pepito grillo, o no, espera… Es más como una mosca cojonera, eso, eso, una mosca que zumba un susurro de deseo de soledad: quieeerooo eaastaaaar soooloooooo, dice una y otra vez… Cuando la oigo me hablo a mí mismo y me digo: “Coño, Ra, ¿y por qué no? Seguir leyendo…

El verdugo
Tiempo aprox. de lectura: 8 min

La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie (Víctor Hugo)

Diego entra en el patíbulo. Uno de los alguaciles le intenta cubrir la cabeza pero el condenado lo aparta con el hombro y le ordena que no lo vuelva a intentar. El alguacil niega con la cabeza y mira al alcaide, que asiente en un gesto de acatamiento extraño en él. Al otro lado de la barandilla del cadalso, la ausencia de Carmen, la mujer del condenado, tiene cara de ser ella la que tiene la correa ajustada al cuello y un tornillo esperando rompérselo, contiene la respiración, sentada, sola, vacía, no existe, no está, pero puedo verla, ahí, en primera fila, ansiosa por la sonrisa que su marido le prometió como despedida. El reo se sienta en la silla de madera. Le ajusto la altura del collarín. El tornillo, algo oxidado por olvido, espera ser girado para romper la vida de Diego y destrozar la de Carmen. Seguir leyendo…

Tiempo
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Espere un momento, señor… Lola, ¿a ti te va bien esta mierda? ¿Sí? ¿En serio? Pues a mí me va de pena, lentísimo, peor que ayer, y mira que ayer iba lento. Por cierto, ayer fue el cumpleaños de mi hija, la pequeña. Sí, tía, está mayor, y eso que no has visto a la otra. Seguir leyendo…

De soledad y lavadoras rotas
Tiempo aprox. de lectura: 17 min

La soledad encontrada es un animal difícil de domar.

La desaparición de Paco Perdomo

Paco Perdomo desapareció sin dejar rastro una mañana de febrero. Quienes le conocían no dudaron en asegurar que él jamás se habría ido de la isla sin avisar, y mucho menos sin organizar con sus hermanas los cuidados de Flora, su madre, un ángel septuagenario de la que su Paquillo cuidaba cada día como si fuera el último. Seguir leyendo…

Mi última noche con Chapi
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

¿Loco? No, Chapi no estaba loco, Chapi era un loco. Pero no un loco de esos catalogados por patología y porcentajes de esto y lo otro, no, de esos no, él era más bien un tipo libre que decía y hacía lo que le apetecía en cada momento. Disfrutaba de una libertad construida a base de rebeldía; y quizás fue esta última la que le empezó a traer problemas; problemas que se le fueron colgando del culo, algo así como las latas que cuelgan del parachoques de un coche de recién casados en las películas de Hollywood, pero más pesadas y escandalosas, sobre todo más pesadas. Ahora que lo pienso, ¿qué extrañas tradiciones, las de los yanquis?

Yo fui el último que lo vio con vida. Lo dejé en su casa sobre las tres de la madrugada, quizás algo más tarde, tres y cuarto o así. Cuando nos despedimos en el portal, los dos estábamos hasta el culo de tripi y hachís, pero controlábamos lo suficiente para tener una conversación con cierto sentido, una última conversación, nuestra última conversación. Seguir leyendo…

El retrete del Comandante
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Del inframundo de la política local hasta el infinito. ¡Y más allá!

Marcial entró en el Comandante rojo como un tomate para salsa. Teniendo en cuenta el tamaño de la cabeza y el volumen corporal, poca sangre le circularía de cuello para abajo. El hombre venía del edificio de enfrente, el ilustre ayuntamiento, construcción recién reformada, de recias oficinas con ecos rebotados en paredes albeadas, límites de un ecosistema donde los ciudadanos se desesperaban con los funcionarios, los funcionarios desconfiaban de los concejales y estos últimos, agotados y sufridos, acataban cabizbajos los designios de la más alta instancia de aquel microcosmos municipal, el casi siempre ausente, pero a la vez omnipresente, alcalde sideral. El circuito de desesperación, resignación y poder visitaba con cierta frecuencia el despacho de la secretaria. Mujer profesional, foránea, confidente y, según las malas lenguas, coincidente de ciertas ausencias inesperadas y sospechosas del alcalde.

Marcial se dirigió al baño del Comandante sin dar las buenas tardes. Se echó mano al pescuezo y dijo:

—Chacho, chacho, chacho. Seguir leyendo…

La hoja en blanco
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Érase una vez un tipo que fue a un curso de escritura creativa. Aquel sitio estaba lleno de escritores con las cabezas llenas de ideas inteligentes, preguntas preparadas, comentarios sorprendentes, novelas leídas, relatos analizados, sustantivos precisos, adjetivos limitados y todas esas cosas que pueblan las mentes de los escritores. En aquel lugar, el tipo se sintió como un burro en medio del Cruce de Shibuya; respiró hondo, contó hasta diez, se armó de paciencia, abrió un cuaderno comprado para la ocasión y retorció la parte superior del bolígrafo de siempre. Seguir leyendo…

Preguntas sin respuesta
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Tres golpes seguidos en la puerta. Otro más. Debe ser mi madre.

—Madre, ya voy.

—No te asustes, papá —dice una chica —, soy yo, ¡y no te levantes!

Me pregunto de quién diablos será ese bastón. ¿Por qué me costará tanto levantarme?

—Espera, papá… Joder, ¿cuántas veces te he dicho que no te levantes solo? Seguir leyendo…