Archivo mensual

marzo, 2019

El entierro de Benito – Cogotazo al cura
Tiempo aprox. de lectura: 7 min

Relato no recomendado para menores de 12 años.

Aquel día fue uno de los más tristes de mi vida. Enterrábamos a un amigo, y a pesar de que lo hacíamos entre sonrisas por el recuerdo, teníamos los corazones destrozados por su ausencia.

Todo iba “bien”, todo lo bien que puede ir teniendo en cuenta las circunstancias, hasta que el nuevo cura, un joven pavo real de cola esbelta y sotana ajustada, que atraía “solteronas” de la misma forma que la mierda atrae a las moscas, empezó con su sermón de despedida.

—¿Saben qué?

Comenzó el desgraciado, con una sonrisa angelical que nunca olvidaré. Las “solteronas” de la primera fila, asintieron y sonrieron como palomitas oyendo el arrullo del palomo buchón. Y hasta ellas se encogieron de hombros y se miraron unas a otras cuando el cura dijo:

—Me alegro de que Benito haya muerto. Seguir leyendo…

El niño y el faro
Tiempo aprox. de lectura: 9 min

Toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma (Charles Dickens)

Hasta bien cumplidos los diez años, yo vivía en una aldea sin nombre separada del mar por un cerro al que llamaban “Cerro de la muerte”. Por donde quiera que miraras, la costa era algo parecido a un infierno de aguas cortadas por rocas negras. Fueron tantos los barcos que tocaron aquellos fondos abismales, que los aldeanos, aún sin tener nada para llevarse a la boca, juntaron cuanto tenían y construyeron un faro sobre el peñasco más alto de los que emergían del fondo del mar.

Contaban los viejos que en él vivía el farero, y que una noche en la que la luna lloraba sangre, unos piratas berberiscos se acercaron en busca de agua y víveres. Para evitar que pudieran verlo, el pobre farero, asustado, apagó la linterna del faro y esperó a que el barco se alejara. Pero la tozudez del capitán hizo que se empecinara en seguir navegando en medio de la oscuridad hasta que encalló y hundió su nave. Los mejores nadadores lograron llegar a la peña del faro y decapitaron al farero. Desde entonces, dicen, su cabeza vigila que la linterna no se apague. Esa es la leyenda que cuentan los viejos, pero que yo nunca creí. Seguir leyendo…

3718 metros – Vino, queso y bizcocho
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Tres mil setecientos dieciocho metros de altitud, metro arriba, metro abajo.

Hace tiempo que tenía metido en la cabeza subir al Teide (Tenerife) y me enteré de que allí habían señalizado una ruta a la que llaman 0-4-0. La quería hacer caminando, sin prisa, porque la montaña me habla solo así, cuando no tengo prisa. La ruta comienza junto al mar y llega a lo más alto del pico. Y la hice. Y cuando llegué a la cima, pensé que no sería mala idea repetirlo en cada una de las islas, siempre de costa a punto más alto. Y luego, esperando por el barco que me llevaba de vuelta, con más oxígeno en el cerebro y el murmullo de las primeras agujetas, pensé que podría escribir algo sobre estas experiencias.

No tengo la intención de escribir entradas del tipo: empecé a tal hora en tal sitio, me dolía esto y luego lo otro. Y cuando llegué a la cima, era tal hora, la duración total fue tanto y estaba a una altitud de cuanto. No, la verdad es que, aunque pueda sonar un poco mal, a mí no me apetece. Mi idea era dejar que pasara unos días después de cada experiencia, y escribir sobre lo que se me ha quedado rondando por la cabeza. Seguir leyendo…

Amor III – Desamor
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

¿Recuerdas el balcón donde tomábamos el té? Seguir leyendo…

El olor de la lluvia
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

El olor de la lluvia me transforma en el niño que fui. Miro por la ventana y me entran ganas de comprarme unas botas de plástico, correr por la calle, saltar por los charcos y embarrar las suelas hasta que pesen casi más que mis piernas.

Abrir el paraguas y sostenerlo durante un minuto, lo justo para que nos pierda de vista nuestras madres, luego esconderlo detrás de las piedras y pisar más charcos. Salpicar a mis amigos y tener cuidado con los mayores (las quejas llegaban a casa antes que tu padre). Y reír, y correr y volver a reír. Seguir leyendo…

El humo del romero
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Gabriel se miró en el espejo y vio su pecho abierto por una herida en forma de aspa. Detrás, a su izquierda, un desconocido con alzacuellos y sin cara le ponía sus manos sobre los hombros desnudos. Gabriel miró hacia abajo y vio que sostenía un corazón con incrustaciones de hielo y acero. Seguir leyendo…

Volver de la luna
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Marga explicaba la razón por la que un niño delgado sonreía junto a un grano de arroz inflado y recubierto de chocolate. Los niños no compran cereales, decía, son sus padres quienes deciden coger la caja de la estantería. El empresario se centraba más en el escote de Marga que en la proyección del boceto. Javier, extasiado de admiración hacia su socia, miraba, sonreía y asentía después de cada comentario. Seguir leyendo…

Un día gris de octubre
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Hay muchas formas de echar de menos, el silencio de la palabra escrita es mi preferida.

El día había cumplido veinte horas de vida y seguía empeñado en alargar la tarde. Un poco más, susurraba el sol, alentando la gesta de evitar un final crepuscular. Mientras tanto, yo paseaba por uno de los parques de la ciudad. Uno de esos que tienen más gris que verde. Padres e hijos quemaban tiempo antes de la cena. Los hijos peleaban por una pelota o el turno para dejarse caer por el tobogán. Sus padres deslizaban dedos en pantallas de cinco pulgadas (o más). Como suele ser habitual, sin previo aviso sentí la necesidad de escribir. La necesidad no era ninguna novedad, pero sí lo era el hecho de que no tenía ninguna idea que escupir en tinta. Busqué papel y bolígrafo en mis bolsillos, encontré papel y lápiz, y escribí en color gris: Seguir leyendo…

Amor II – Un café con la felicidad
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Aquel día de octubre, el amor y la felicidad disfrutaban de un sol inesperado en un café de París. El romanticismo, siempre esquivo y fugaz, se revelaba esta vez en forma de dos tazas que esperaban en silencio. Como no podía ser de otra forma, el tiempo había servido un cortado para el amor y un expreso para la felicidad. Un cenicero de porcelana y un vaso de agua estorbaban sin esperanza de ser de utilidad y de ser bebida, respectivamente. El amor reía con las bromas de la felicidad, y ésta, imprevisible y también risueña, le agradecía su invitación de última hora. Y todo eran risas, besos, caricias y mariposas en el estómago, hasta que la felicidad se levantó y dijo:

—Necesito ir al servicio. Seguir leyendo…

A quien madruga…
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Las personas que viven solas siempre tienen algo en su mente que estarían dispuestos a compartir.
Antón Chéjov (1860-1904)

¿Dios le ayuda? ¡Y una mierda! Sí, una mierda de paloma, esa fue la ayuda que cayó del cielo. No tengo ni idea de lo que comen las colúmbidas, pero aquella enviada divina, a juzgar por la textura, el volumen y la diversidad cromática del tocado con el que me bendijo, debía tener una dieta generosa y variada. Eran las siete menos cuarto de la mañana.

—¡Buenos días, cabrón! —dijo mi vecino.

Lo miré de reojo y corrió hacia el coche, entró y cerró la puerta. Puso el seguro, y solo cuando vio que el motor estaba en marcha, abrió la ventanilla y me dedicó una sonrisa y un corte de manga. Por supuesto, yo le devolví el saludo, vocalizando de forma exagerada, para que calara el mensaje de forma sonora y visual.

—Buenos días, hi-jo-de-la-gran-pu-ta. Seguir leyendo…