3718 metros – Vino, queso y bizcocho

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Tres mil setecientos dieciocho metros de altitud, metro arriba, metro abajo.

Hace tiempo que tenía metido en la cabeza subir al Teide (Tenerife) y me enteré de que allí habían señalizado una ruta a la que llaman 0-4-0. La quería hacer caminando, sin prisa, porque la montaña me habla solo así, cuando no tengo prisa. La ruta comienza junto al mar y llega a lo más alto del pico. Y la hice. Y cuando llegué a la cima, pensé que no sería mala idea repetirlo en cada una de las islas, siempre de costa a punto más alto. Y luego, esperando por el barco que me llevaba de vuelta, con más oxígeno en el cerebro y el murmullo de las primeras agujetas, pensé que podría escribir algo sobre estas experiencias.

No tengo la intención de escribir entradas del tipo: empecé a tal hora en tal sitio, me dolía esto y luego lo otro. Y cuando llegué a la cima, era tal hora, la duración total fue tanto y estaba a una altitud de cuanto. No, la verdad es que, aunque pueda sonar un poco mal, a mí no me apetece. Mi idea era dejar que pasara unos días después de cada experiencia, y escribir sobre lo que se me ha quedado rondando por la cabeza.

Esta ruta me puso a prueba. A los límites del cuerpo ya estoy acostumbrado, pero cuando el coco, a las cuatro y media de la madrugada, justo antes de salir, te susurra que no vas a llegar, la cosa se pone complicada. A mitad de camino ya no era un susurro, y durante las últimas tres horas, era más bien un grito. Que si la rodilla mala, que si los diez kilos de la mochila, que si mañana tienes que bajar, que si te vas a joder justo cuando estés a punto de llegar, que si se hace tarde para el permiso… Lo que decía, una prueba más de cabeza que de piernas.

Pero en medio de un océano de voces que alentaban la frustración, justo en el momento que recordé que en la mochila llevaba una botella de vino, un trozo de queso y bizcocho, surgió el murmullo apenas audible de la ilusión.

A lo que iba: 3718 metros de ilusión y felicidad.

La felicidad es tan extraña, que nadie, al menos que yo conozca, ha sido capaz de encontrar un método universal y válido para todos que permita encontrarla, y mucho menos, para conseguir que se quede un tiempo. Va y viene. A veces ni me doy cuenta de que está conmigo y cuando la abrazo, la muy bandida, se escapa sin despedirse y me da la espalda sin compromiso de regreso.

—Ánimo, ya solo te queda lo más difícil —decían varios senderistas de allí.

Y sí, tenían razón, pero en medio de tanto esfuerzo, se encendió la luz de la ilusión, que se vistió para la ocasión con un traje de vino, queso y bizcocho.

Mientras subía los últimos seiscientos metros de desnivel, pensé en lo que disfrutaría tomándome unas copitas de vino, cortando un trozo de queso y mezclándolo en la boca con uno de bizcocho. Cada paso que daba, me agarraba de esa ilusión. Recreaba el momento. Lo visualizaba. Y apenas sin darme cuenta, “et voilà”, ahí estaba ella, la felicidad. Me faltaba el aire, me dolía todo, pero era feliz pensando en el momento en que llegara y pudiera hacer realidad la ilusión que ahora sí, se mostraba sin complejos.

Cuando llegué a la cima estaba tan cansado, que casi no podía ni beber agua. Sin embargo, la ilusión seguía conmigo, solo había cambiado el lugar donde por fin disfrutaría del manjar de los dioses que no podría quitarme de la cabeza y que mantenía a la felicidad en mi mochila. Pues será en el refugio, pensé, cuando baje, en el refugio de Altavista cortaré el queso con el naife y lo comeré junto a unos trozos de bizcocho. El vino regará la mezcla, alegrará el alma y la felicidad me mirará a los ojos y se quedará conmigo al menos hasta que vuelva a salir el sol.

Pero llegué al refugio aún más cansado, y cuando me tumbé en la litera, caí rendido, me dormí y abrí los ojos casi con el sol asomando en el horizonte. Doce horas en un abrir y cerrar de ojos, nunca mejor dicho. Y el vino, el queso y el bizcocho volvieron de vuelta a la costa en la misma mochila en la que habían subido a la cima. Subieron y bajaron tres mil setecientos dieciocho metros de desnivel, metro arriba, metro abajo, en veintiocho kilómetros de distancia divididos en un montón de pasos.

Ya de vuelta, en la Playa del Socorro, saqué la cantimplora y tomé un trago de vino, Realidad espantó a Ilusión, y Felicidad, como es habitual en ella, se fue sin despedirse y sin comprometerse a volver. Volverás, pensé, sé que volverás, y cuando te tenga en mi mochila no te dejaré escapar tan fácilmente.

FIN

GRR_

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