A quien madruga…

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Las personas que viven solas siempre tienen algo en su mente que estarían dispuestos a compartir.
Antón Chéjov (1860-1904)

¿Dios le ayuda? ¡Y una mierda! Sí, una mierda de paloma, esa fue la ayuda que cayó del cielo. No tengo ni idea de lo que comen las colúmbidas, pero aquella enviada divina, a juzgar por la textura, el volumen y la diversidad cromática del tocado con el que me bendijo, debía tener una dieta generosa y variada. Eran las siete menos cuarto de la mañana.

—¡Buenos días, cabrón! —dijo mi vecino.

Lo miré de reojo y corrió hacia el coche, entró y cerró la puerta. Puso el seguro, y solo cuando vio que el motor estaba en marcha, abrió la ventanilla y me dedicó una sonrisa y un corte de manga. Por supuesto, yo le devolví el saludo, vocalizando de forma exagerada, para que calara el mensaje de forma sonora y visual.

—Buenos días, hi-jo-de-la-gran-pu-ta.

El resto del día pasó (como se suele decir) sin pena ni gloria. Un día más. Pero al caer la noche, no sé, debieron alinearse unos astros muy cabrones para que en diez minutos cambiara para siempre la vida de cuatro personas, bueno, de tres, porque lo del cuarto no fue un cambio, fue más bien un final.

Quiso el azar que yo estuviera en su jardín cuando mi vecino volvió a casa. Como otras muchas veces, lo hizo tambaleándose y dejando la puerta del coche abierta.

—Buenas noches —le dije sonriendo —dicen que los hijos de puta llegan siempre a la misma hora.

Como no me respondió, miré el reloj y añadí:

—En serio. Todos los hijos de puta llegan exactamente a las ocho menos cuarto.

Él cree que estoy loco. Lo sé porque se lo ha dicho a todo el vecindario. También a la policía, al cura, a la señora de la charcutería y al panadero. Hasta en la ciudad hay quien sale corriendo cuando me acerco.

Las autoridades, entiéndase por autoridad a jueces y agentes de todo rango y ámbito, no se cansan de decirle que me ignore, que tengo un problema psiquiátrico y que no pueden hacer nada hasta que haya delito de sangre. Y como a mí la sangre me marea, si algún día me da por cometer un crimen, estoy seguro de que mi cerebro se las ingeniará para que no haya sangre por medio.

Un inciso: Mi vecino tiene una bandera en la entrada del jardín. No piensen ustedes que es una bandera cualquiera, no. Es una banderola enorme que se puede ver desde muy lejos. Tiene un mástil de más de dos metros y un mecanismo electrónico para izarla cada mañana desde su casa. Aquel día, me llamó la atención el que la bandera descansara en la base del mástil. Nunca la había visto así, o la tenía ondeando en lo más alto, o la tenía a media asta.

Y vuelvo al hilo: antes de que mi vecino pudiera devolverme el saludo, un agente de la guardia civil, desde un coche oficial, dijo:

—¡Tápese! ¡Ahora mismo!

Aunque intentaron mostrarse hostiles, lo cierto es que se esforzaban, sin conseguirlo, en no contagiarse de las burlas y las risas de los diez o doce curiosos que se habían arremolinado en la acera.

—¡Qué se tape, coño! —insistió el agente —. ¡O le detendremos inmediatamente!

Como yo tardaba en reaccionar, se bajaron del coche y se acercaron. Fue solo entonces, y no antes, cuando me di cuenta de que estaba completamente desnudo. A veces me pasa. Cuando olvido tomar la medicación, no distingo los espacios públicos de los privados. Dejo la puerta de mi casa abierta y paseo por el barrio como si estuviera yendo de la cocina al salón. La última vez que me detuvieron, llevaba puesta mi bata de andar por casa y estaba orinando en el cuarto de baño de una anciana que vive tres calles hacia el norte. Aunque me extrañó ver un bidé (en mi casa no tengo), no me di cuenta hasta que oí sus gritos. La pobre mujer llegó corriendo hasta el final de la avenida. Yo la seguí para pedirle disculpas y explicarle mi problema, pero no hubo forma de alcanzarla. Algún día le llevaré una caja de bombones para pedirle perdón. Cuando le explique lo mío, estoy seguro de que lo entenderá.

Como iba contando, el agente había pedido que me tapara.

—Tranquilo, agente —dije —, ya me tapo.

¿Pero con qué me tapo? Pensé. Miré alrededor y solo vi tela en la bandera. Juro por Dios, y creo en él con bastante frecuencia, que jamás pensé en faltar el respeto a mi vecino. Y mucho menos a su patriotismo, a su patria, ni a nada que se le parezca.

La cuestión es que no se me ocurrió otra cosa que arrancar la bandera del mástil y ponérmela por encima.

—Lo siento, agente —dije —. Es por la medicación. Se lo juro.

El agente joven empezó a reír a carcajadas. Al oír el alboroto, mi vecino salió de la casa, miró hacia el mástil, luego hacia mí y volvió a entrar. El otro agente, más experimentado en casos como éste, se mantenía serio. Era más longevo, de papada libre, abdomen prominente, sombrero ladeado y piernas notablemente cortas y delgadas. Me quedé mirando hacia las piernas. Cómo sufrirían las pobres con una carga tan desproporcionada encima… Pensé. Luego se acercaron despacio y dijeron desde arriba:

—Entre en su casa y deje la bandera en la entrada.

Si no recuerdo mal, era el único que se mantenía serio. No parecía enfadado ni nervioso. Adoptó una actitud más bien solemne. Pero la solemnidad acabó cuando bajó la mirada y vio que en medio de la bandera sobresalía algo. A pesar del frío, y del efecto que éste produce en ciertas partes del cuerpo, ese algo colgaba libre junto a sus fieles escuderos. El agente rompió a reír de tal forma que se convirtió en el reidor más escandaloso de los presentes. El sonido de sus carcajadas debieron llegar a los oídos de mi vecino, porque unos instantes después salió con un fusil. Según decían después en la comisaría, era una Destroyer de 1921. Sin decir nada, me apuntó con ella y dijo:

—¡Rojo! ¡Prepárate a morir!

Y apretó el gatillo. Escuché un golpe seco y un silbido que acalló risas y murmullo de forma inmediata. El agente más joven hincó una rodilla en el suelo. Mi pierna, gritó, mi pierna. El veterano desabrochó la cartuchera, sacó la pistola y dijo:

—Tranquilícese señor, suelte el arma ahora mismo, despacio.

Mi vecino le apuntó. Yo dejé caer la bandera y me tumbé en el suelo boca abajo. Me cubrí la cabeza con los brazos. Se oyó otro disparo, pero éste sonó diferente. Había salido de la pistola del agente. Impactó en el pecho de mi vecino. Cayó al suelo y después de intentar levantarse, quedó tendido boca arriba. Ladeó la cabeza y cruzamos la mirada durante un instante. Ese tipo de mirada la conocía desde la niñez. Supe que iba a morir.

Yo no sabía que mi vecino tuviera familia, pero durante el juicio, su hijo contó que su padre no estaba bien. Luego un médico dijo que en su cabeza había una placa metálica, y también un trozo de metralla que había escupido un obús en la Batalla del Jarama. La Destroyer del veintiuno la había traído del frente. Según dijo una hija, con la intención de quitarse la vida, su padre se había colocado aquella escopeta en la boca. Lo hizo varias veces, señor juez, dijo entre lágrimas, por eso decidimos no volver. Y la última vez estaba mi niño, tenía cinco años, solo cinco años, ¿sabe? ¡Cinco años!. Gracias a Dios que se quedó en un susto.

Después del juicio, me pusieron un compañero de piso que se llama Andoni. Tenemos una tutora que se llama María, aunque prefiere que le llamemos Mari. Nos visita cada semana. Cada día, uno revisa la medicación del otro y hace las tareas que le toca. Las vamos apuntando y tachando en un calendario que tenemos colgado en la pared del salón. Mari está muy contenta con nosotros. Dice que formamos un gran equipo y que es posible que nos dé una sorpresa a final de año. Andoni cree que vamos a tener otro compañero, porque hay una habitación vacía y han venido a pintarla.

Aunque Mari dice que debo pasar página y seguir adelante, cuando pienso en mi vecino, me duele la barriga y me entran ganas de llorar. Cuando recuerdo su cara en el suelo, justo antes de… Me hubiera gustado pedirle perdón, pero no lo hice. Andoni me ha dicho que habla con su madre cada noche. Ella también está muerta. Dice que le pide perdón por algo que hizo, y que ella le responde que ya está más que perdonado, y que tiene que seguir adelante con su vida. Espero que mi vecino esté en el mismo cielo que ella, porque Andoni le ha pedido que lo busque y le pida perdón de mi parte.

Me da vergüenza admitirlo, pero cuando llega la noche y me siento a ver la tele, miro de reojo a Andoni, y me alegro de no estar solo. Luego siento unas cosquillas la barriga y me dan ganas de sonreír. No sé, debe ser eso que llaman felicidad. Mi abuela me hablaba de ella y de lo que se sentía cuando tienes la suerte de conocerla.

—Abrázala —decía —. Abrázala y no dejes que se escape, porque nunca sabes cuando va a volver.

Y me abrazo a ella.

FIN

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