Amor II – Un café con la felicidad

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Aquel día de octubre, el amor y la felicidad disfrutaban de un sol inesperado en un café de París. El romanticismo, siempre esquivo y fugaz, se revelaba esta vez en forma de dos tazas que esperaban en silencio. Como no podía ser de otra forma, el tiempo había servido un cortado para el amor y un expreso para la felicidad. Un cenicero de porcelana y un vaso de agua estorbaban sin esperanza de ser de utilidad y de ser bebida, respectivamente. El amor reía con las bromas de la felicidad, y ésta, imprevisible y también risueña, le agradecía su invitación de última hora. Y todo eran risas, besos, caricias y mariposas en el estómago, hasta que la felicidad se levantó y dijo:

—Necesito ir al servicio.

Esperando por ella, el amor tomó un sorbo de su cortado y notó que le faltaba azúcar. Luego sintió unas gotas de soledad y miró al cielo. El nubarrón de la tristeza ya pintaba de gris el cielo. Y aunque era el mismo cielo que radiaba azul justo antes irse su amiga, el amor miró el reloj y se levantó resoplando. Escribió sobre una servilleta y corrió hacia el sur. La nota decía:

“Estás invitada. Ya sabes lo poco que me gustan las despedidas. Lo siento.”

La felicidad volvió solo unos instantes después. Ni siquiera se molestó en leer la nota del amor. Se tomó el último sorbo del expreso, abrió el paraguas, se anudó la bufanda y caminó despacio rumbo al sur. Al cruzar la calle, sonrió, negó con la cabeza y dijo:

—Qué poca paciencia… Nunca cambiarás.

FIN

GRR_

Imagen: Terraza de café por la noche (Vincent Van Gogh)
(Podría ser la terraza del encuentro, pero la siguiente noche)

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