De soledad y lavadoras rotas

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La soledad encontrada es un animal difícil de domar.

La desaparición de Paco Perdomo

Paco Perdomo desapareció sin dejar rastro una mañana de febrero. Quienes le conocían no dudaron en asegurar que él jamás se habría ido de la isla sin avisar, y mucho menos sin organizar con sus hermanas los cuidados de Flora, su madre, un ángel septuagenario de la que su Paquillo cuidaba cada día como si fuera el último.

Jonay era uno de los mejores amigos de Paco. Los dos eran considerados buenos profesionales, titulados en la FP de la época de la EGB, el BUP y el COU, formados en la calle como técnicos de reparación de cacharros domésticos, supervivientes de una época en la que los autónomos estaban en peligro de extinción. Jonay fue el último en hablar con Paco antes de su desaparición.

—¿Perdomo?

—Sí, ¿qué pasó, Jonay?

—Chacho, ¿te han llamado los maderos?

—Un momento, señor, que tengo una llamada. ¿Qué pasó?

—Me llamaron los maderos, tío, dicen que han desaparecido dos técnicos.

—Oye, Jonay, luego hablamos. Tengo al cliente aquí, esperando.

—No, espera, coño, un segundo.

—Luego te doy un toque.

—¿Perdomo?

—“Puede dejar su mensaje después de oír la señal”.

—Son de la isla, y hace tres días que no aparecen. Uno es Juanjo, llamé a la mujer hace un rato, está hecha polvo. Dame un toque cuando puedas.

Pero Paco no devolvió la llamada y su teléfono móvil se apagó dos minutos después. La brigada de investigación tecnológica informó que estaba en una gasolinera del sur de la isla, un lugar por el que pasa tanta gente, que nadie es capaz de recordar a nadie. El cajero que trabajó esa mañana dijo que no recordaba haber visto a Paco. Como casi siempre que se las necesita, las cámaras de seguridad de la gasolinera no funcionaron. El de la protección de datos me tiene acojonado, dijo el gerente, me cogí un berrinche y las mandé a tomar por culo. Apagadas no graban y así nadie se queja.

Los tres técnicos desaparecidos trabajaban como falsos autónomos para una famosa macro-tienda de electrodomésticos. Los tres recibieron una llamada en la que se les pedía que fueran a la misma gasolinera. Las direcciones que figuraban en la garantía de los electrodomésticos no existían, y los técnicos, después de intentar localizarla, acabaron llamando al número de teléfono del contacto del parte de avería, así lo confirmó el registro de llamadas. Las llamadas de los técnicos se hicieron al mismo número, uno de prepago, a nombre de una señora ingresada en una clínica psiquiátrica del norte de la isla, y que según el comisario, no recordaba nada de haber comprado ningún teléfono. En los tres casos se les citó en la misma gasolinera, lugar en el que se perdió el rastro de los tres técnicos, incluido nuestro Paco.

Como siempre, el comisario me llamó cuando ya no sabían qué hacer.

—Uno de ellos es mi yerno —dijo.

—Lo siento, señor.

—Cállese y prepárese para venir. Le pasarán a buscar en diez minutos

—Pero señor…

—Ni señor ni hostias. Abdou está en camino. Diez minutos.

Desde un punto de vista oficial, yo no soy nadie, no existo. Paseo mi inexistencia por las calles de un pueblo de Senegal, al norte de Dakar. Cuando el comisario no da pie con bola con algún caso, y la prensa, como él dice, lo tiene cogido por los huevos, me llama a un teléfono que no puedo apagar y al que debo responder en un plazo de media hora. Si no respondo en media hora, al trullo. Si no resuelvo el caso en dos cuarenta y ocho horas, al trullo. Si me cogen en una de mis investigaciones y no consigo contactar con él a tiempo, al trullo también. Aquí, en Senegal, Abdou y otros tres roperos de dos por dos se turnan para hacerme compañía las veinticuatro horas. Sé lo que estás pensando, y no, aquí es imposible sobornar a nadie, y si lo intento, al trullo. Otros dos roperos se encargan de darme todo lo que necesito, siempre con la supervisión a distancia del comisario; dicen que revisa los tiques de compra uno a uno, línea por línea, un capullo. En su defensa debo decir que tengo de todo, a veces más de lo que necesito, legal e ilegal también, de todo menos la libertad, a esa hace unos cinco años que no le veo el pelo. En definitiva, mi cabaña en este pueblo perdido es una cárcel con unas condiciones especiales, muy especiales de las que no me quejo. ¿La razón? En cualquier cárcel de Europa estaría muerto en un plazo de veinticuatro horas. ¿Por qué? Pues porque le hice perder mucha pasta a una gente muy mala. Por otro lado, de Dakar a Gran Canaria te pones en un par de horas, y eso es una gran ventaja para el comisario y su gran jefe, siempre con urgencias. Aquí me tiene aislado, controlado y disponible.

Paco Perdomo entró en casa del viejo con más prisa que ganas. Al verle la cara, supo que era el tipo de cliente que demanda algo más que la reparación de una lavadora. Una rato de presencia, ahuyentar la soledad unos minutos, recordar lo que es estar en compañía de alguien. Paco lo sabía porque lo vivía cada día en su casa. Lo sabía y no podía negarse. Sabía que negar unos minutos de compañía a alguien que vive solo es algo que nadie debería ni siquiera plantearse. En estos tiempos tenemos una tendencia ridícula a mirarnos el ombligo y pensar que nuestras ocupaciones, todas ellas, hasta las más insignificantes y pasajeras como el trabajo, son lo más importante de nuestra vida. Es una especie de egoísmo aceptado y necesario para sobrevivir. El resultado, a la vista está, no es precisamente una sociedad feliz, ¿o sí? A mí no me lo parece. Nos sentimos obligamos a ser felices y dejamos de serlo en cuanto la convertimos la felicidad en una obligación.

Para Paco, esa mañana de febrero, en su cabeza lo más importante eran las tres lavadoras y las dos neveras que tenía que arreglar. Son unos cacharros de una utilidad incuestionable, eso lo sé, y estamos de acuerdo, sin embargo, habría que plantearse, y seguro que Paco se lo planteó esa mañana, si las tres lavadoras y las dos neveras, su trabajo, merecía desplazar el momento de felicidad del viejo y su satisfacción de regalarle ese rato, esos instantes de alegría. Hacer feliz a otros también es felicidad, y Paco lo sabía.

—Pasa, mi niño —dijo el viejo—. Está abajo. Yo no sé si merecerá la pena arreglarla, ya tiene sus años.

—¿Es una Balay? —dijo Paco mirando el parte de avería.

—Ni sé. Por ahí, por ahí, pasa para adentro. ¿Quieres un café?

—No, señor, gracias.

—Es que ya lo tengo hecho.

Y lo tenía servido y caliente, pero a Paco no le sorprendió.

—Es que yo no tomo café, señor, me lo tiene prohibido el médico.

Paco no tenía ningún problema con el café. De hecho, según su último informe médico, uno que cogí prestado de su escritorio, su tensión arterial era algo más baja de lo normal. Lo confirmó el punto de sal, algo fuerte para mi gusto, del mojo de las aceitunas que Flora, su madre, me puso delante con la ayuda de sus hijas, a la que hacía dos años que no veía.

Paco quería terminar cuanto antes. Evitar el café era una forma de huir de la conversación del viejo y ganar diez o quince minutos para dedicarlos a otras lavadoras y neveras.

—¿Con leche? —dijo el viejo.

—Está bien, señor, pero muy claro, por favor.

—Siéntate, hijo, ¿azúcar?

—Da igual. Es que voy con prisa.

—¿De qué sirve trabajar tanto? Mírame a mí —dijo el viejo—. Toda la vida trabajando y mira ahora, ¿de qué me ha servido? De nada. Aquí estoy, más solo que la una.

Paco no le preguntó cuál había sido su trabajo. Médico. Eso decía el expediente.

—Sí, señor, pero…

—Hay que aprovechar —añadió el viejo—. La vida se pasa volando. Hay que estar más tiempo con la familia, ¿tú tienes hijos?

—No.

—Mal hecho. Los hijos dan vida a una casa, sobre todo cuando son pequeños. Cuando se hacen grandes, lo que te dan es por saco, pero así es la vida y hay que aceptarlo, aunque duela. Ni se acuerdan que tienen un padre. Mira los míos. Tres machos. A uno hace años que no lo veo.

—Gracias —dijo Paco poniendo la taza sobre la mesa—. ¿Le importa si vamos a ver la lavadora?

—Está bien. Está abajo, ven por aquí.

Paco se levantó y se sintió aliviado. La conversación había durado menos de lo que se había temido. Unos cinco minutos. Algo menos. Por fin podría ver su lavadora estropeada, la segunda del día. Le extrañó que sobre la mesa de la cocina hubiera una grabadora, una vieja Sony de los años noventa, había sido de Raúl, el hijo mayor del viejo, un periodista de expediente sobresaliente. Cumplió su sueño de ser reportero de guerra en Irak, pero su sueño se esfumó en el polvo que levantó un proyectil lanzado por un comando de los Estados Unidos. La grabadora se la regaló el viejo al acabar la carrera y él se le devolvió por ser demasiado vieja y pesada. A Paco sí que le gustaban los aparatos viejos y destartalados, cuanto más viejos, mejor. Cuanto más destartalados, mayor el reto de devolverles la vida, pero Paco no quiso preguntar por la grabadora, sabía que la pregunta abriría un hilo de conversación, un hilo del que se agarraría el viejo, un hilo por el que treparía su alma para disfrutar de la presencia de alguien, aunque fuera un técnico desesperado por irse a ver una lavadora rota. Muy solo no debió sentirse el que dijo que es mejor estar solo que mal acompañado. Que se lo digan al viejo, a sus días largos, a sus noches en vela buscando fantasmas en las manchas de humedad del techo, a sus conversaciones con la radio sorda, o con la tele ciega. A las llamadas sin respuesta que hacía a los teléfonos inexistentes de sus tres hijos, de uno en uno, con un máximo de dos intentos para que no se enfadaran. Que se lo digan al viejo, a su preocupación por caer bien a las personas con las que hablaba en el supermercado. Al charcutero, de acento argentino, risueño, simpático, profesional, amigo del alma del hijo mayor del viejo, fallecido por un infarto dos años después de la muerte de su hermano, el reportero. Que se lo digan a la cajera, con el gorrito que le ocultaba el pelo que había heredado de Eugenia, su madre, conocida del viejo, también del barrio

El viejo se preocupaba de no caer pesado para que no le dieran la espalda, para que no fingieran tener algo que hacer en el otro extremo del pasillo, siempre en la dirección opuesta a la que llevaba al encuentro deseado por el viejo, al encuentro temido por Marisa, la encargada, la primera nuera del viejo, novia del hijo fallecido cuando aún no era mayor de edad en accidente de tráfico. Encuentro temido también por Claudio, el del pescado, ellos y otros muchos creían estar hartos del viejo, cuando realmente lo estaban de sus vidas de mierda, con perdón.

—¿Qué le pasa a la lavadora? —dijo Paco.

—Echa agua por detrás. Entra, entra, cuidado con las escaleras.

—Pero en el parte dice que es un problema con la escotilla.

—No, hijo, no, es el agua. Baja y mírala tú mismo.

Paco se alegró de que el viejo no bajara al sótano con él. Por fin podría centrarse en la maldita lavadora, cerrar el parte de avería y salir corriendo a por la siguiente.

—Qué raro —dijo Paco—. ¿Señor?

El viejo subió los dos escalones y cerró la puerta del sótano.

—Olvídalo, Perdomo, ese cabrón no vuelve.

—¿Juanjo? ¿Dónde estás?

—Aquí adentro, al lado, nos tiene encerrados. Siéntate en el suelo.

—¿Cómo?

—Te habrá metido algo en el café. Yo creo que este pobre se abrió la cabeza.

—¿Quién?

—Un pibe que hay aquí, en el otro cuarto —dijo Juanjo—. Ayer le costaba hablar y hoy no responde. Creo que se dio un golpe en la cabeza.

—Mierda —dijo Paco—. Creo que me estoy mareando.

—Túmbate. Esa mierda va rápido.

Paco se tumbó boca arriba.

—¿Y qué coño quiere el viejo?

—Qué sé yo, está como una puta cabra. Viene varias veces al día, se sienta ahí afuera y se pone a hablar con nosotros. Se cree que somos sus hijos. Cuando no sabemos responder sobre sus movidas, se mosquea y se raja. ¿Tienes el móvil?

—No.

—¿Te lo pidió para llamar a su hijo?

—Sí, en la gasolinera.

—El muy cabrón. A mí me hizo lo mismo.

—¿Ya están buscándonos?

Paco no contestó porque había perdido el conocimiento.

El viejo usó el mismo somnífero con los tres técnicos. Una droga que le recetaban por unos brotes psicóticos que nunca tuvo. Durante su declaración, el psiquiatra se empecinó en afirmar que el viejo sufría brotes psicóticos secundarios a un evidentísimo trastorno bipolar, evidencia que no corroboró ninguno de los otros tres psiquiatras consultados. El somnífero sentó a Paco en el regazo de Morfeo durante unas dos horas. Tiempo más que suficiente para encerrarlo en uno de los cuartos que un vecino había construido para que el viejo pudiera guardar los trastos que sus tres hijos.

—¿Cuánto llevo durmiendo? —dijo Paco.

—Una hora. Quince minutos antes y lo coges metiéndote.

—Necesito salir de aquí como sea. Tengo que ver a la vieja.

—Tranquilo. Seguro que llama a tus hermanas.

—No, Juanjo, mi madre ya no tiene cabeza para eso.

—Seguro que nos encuentran.

—No creo. Deben estar perdidos. ¿Quién va a pensar que este hombre…?

Cuando desapareció Paco, yo estaba en el aeropuerto de Gran Canaria. El agente López, mano derecha del comisario, me esperaba en la terminal. Ni una palabra, me dijo sin dejar que me acercara. Sígueme. Me hizo entrar en el asiento trasero de un coche y me entregó una carpeta con los expedientes de las desapariciones de los dos primeros técnicos. Fuimos al descampado de siempre, un aparcamiento abandonado a unos pocos kilómetros del aeropuerto, el punto en el que yo recogería otro coche, uno de matrícula invisible para cualquier control policial.

—Cógelo, coño —dijo el agente con un teléfono en la mano.

—¿Sí?

—Ha desaparecido otro. Ha llamado un compañero. Te van a mandar la información a este teléfono. Tienes hasta la doce.

—Pero, señor, el trato era dos días por caso.

—Ni trato ni hostias. Esta noche o al Salto del Negro. Pásame con López.

—Agente López, es el comisario, quiere hablar con usted.

—Joder, señor, preferiría que no le diga mi nombre a éste.

—Cállese, joder, y déjele el teléfono, que se quede con él.

El comisario estaba algo más nervioso de lo normal. Recibí el expediente de la desaparición de Paco una media hora después. Un mensaje de texto me informaba de que Jonay, el denunciante de la desaparición, estaba en casa de Flora, la madre de Paco, esperaban la llegada de las hermanas del desaparecido. Entré en el zaguán presentándome como un asesor de la policía. Jonay levantó la ceja y me pidió que saliéramos al patio de luz.

—¿Y dices que estaba con el cliente? —le pregunté.

—Sí, me cortó la llamada.

—¿Y luego?

—Saltaba el buzón.

—Pero no daba llamada.

—No.

Salí de allí más perdido que un masái en Manhattan. Tenía que decidir si ir a la tienda de electrodomésticos o a la clínica psiquiátrica de la señora que figuraba en los contratos del teléfono con el que habían dado de alta los partes de avería. Me decidí por la clínica porque estaba más lejos y quería tener tiempo para pensar. ¿Cómo se puede dar de alta un teléfono a nombre de otra persona? Pensé. Llamé a una tienda de telefonía y pregunté si podía hacerlo. Me dijeron que no. Insistí un poco y aceptaron darlo de alta siempre que llevara el carnet de identidad original del titular.

Llegué a la clínica y entré haciéndome pasar por un familiar. Le pregunté al subdirector si podía dejarme el carnet de identidad de mi tía abuela para un trámite. Tengo que hablar con la directora. No tardó en volver negando con la cabeza y disculpándose por no poder ayudarme. Solo estamos autorizados a entregarla a tutores legales.

—¿Puedo saber quién es el tutor?

—Es su tía. Debería saberlo, ¿no? —dijo el subdirector.

—Es que nos vamos relevando, ¿sabe?

—No puedo decírselo. Por lo de la protección de datos.

—Está bien, no se preocupe. ¿Puedo hablar con usted a solas? Mire, es complicado —le dije—. Es que la cuenta de mi tía abuela se ha quedado vacía y nos han llamado del banco. Debe ser que los tutores, como usted les llama, no quieren seguir pagando. Por eso necesito el carnet. Me lo piden en el banco, porque el director me conoce y sabe lo que hay conmigo, ¿sabe?

—Déjeme hablar con la directora. Ahora vuelvo.

En un primer momento, pensé que comprobarían si habían pagos pendientes, pero no lo hicieron. A los dos o tres minutos volvió el subdirector con una carpeta.

—Por favor, tenga cuidado con esto.

—Dígale a la directora que no se preocupe. Y que se lo agradezco mucho. Estas cosas son complicadas, seguro que usted lo sabe, la familia, cada uno con sus problemas.

—Sí, suele pasar —dijo el subdirector—, cuando llegamos a viejos nos convertimos en una carga.

—Y cuando hay que pagar, todavía más.

—Y dígalo usted. Cuando los viejitos tienen perras no hay problema, ves a los familiares revoloteando por aquí.

—Como cuervos.

—Sí, bueno, algo así —dijo el subdirector.

—Pero mi tía… La pobre, toda una vida luchando por su familia.

—Pero no tiene hijos, ¿no? —dijo el subdirector.

—Como si los tuviera —balbuceé.

—Por favor, cuando termine con eso, entréguela personalmente a la directora, o a mí, ¿vale? A nadie más.

—Por supuesto, descuide… Y gracias.

Los tutores de la señora Artiles eran dos de sus cuatro sobrinas, ningún varón. Me dirigí al despacho de la directora. No estaba. Puse la carpeta sobre su mesa y vi en la tapa de la carpeta un pósit con un número de teléfono de un ¿médico? Busqué a la directora y volví a encontrarme con el subdirector.

—Oiga, señor, he dejado la documentación en la mesa de la directora.

—¿Ya no la necesita para el banco?

—No, me acaban de llamar mis tías. Ya está todo solucionado.

—Mejor.

—Sí, se lo agradezco, y mi tía también. Una pregunta: ¿Éste es su psiquiatra? Me gustaría llamarlo para preguntarle por la evolución de la enfermedad. La noto como más ausente, y no hace tanto que la vi.

—¿A ver?, ah, sí, debe ser él. Es su médico de cabecera, el de toda la vida. Un encanto de hombre. Está jubilado, pero viene a verla a menudo, dos o tres veces a la semana. Su tía se ríe mucho con él, le recuerda su adolescencia. Ahora su mente está más en esos tiempos que en estos. Dice que fueron muy buenos amigos de la juventud, casi novios. Da gusto verlos juntos.

Salí de la clínica y miré el reloj de mi padre. Tengo tiempo para un quinto en orilla de la playa. En el exilio forzado idealizas tu tierra, los defectos lo haces virtudes, la desolación es tranquilidad, la ruido y el bullicio, vida y diversión, esta ciudad, ahora, desde fuera no parece la misma. Después de tomarme el quinto y unas aceitunas de lata, marqué el número del médico de la señora Artiles.

—¿Oiga?

—¿Quién es? —dijo.

—Le llamo de la Clínica.

—¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo a Margarita?

—No, señor, tranquilícese, no ha pasado nada. Soy nuevo aquí y me dijeron que usted era el médico de toda la vida de la señora Artiles.

—Sí.

—Le llamo por algo personal.

—¿Personal?

—Sí, la directora me dado su teléfono. El subdirector me habló de usted y de Margarita, su relación, ahora, después de tanto tiempo. Me contó que sigue visitándola. Eso no es muy normal en sitios como éste, ¿sabe? Y yo he trabajado con muchas personas mayores. Dice que se ríe mucho con usted, eso es muy bonito. Me gustaría hacer un reportaje sobre ustedes.

—¿Para la tele?

—Sí, bueno, para una tele local.

—Margarita y yo fuimos uña y carne. Luego me fui al cuartel.

—Sí, eso me dijo el subdirector. Oiga, señor, sé que es mucho pedir, pero, ¿estaría dispuesto a tomarse un café conmigo y contarme la historia? Por encima, sin grabar ni nada, solo para ir haciéndome una idea.

—Sí, claro. Vente cuando quieras y te cuento.

—¿Puede ser en una hora y media?

—¿Hoy? Tan rápido.

—Si se puede, si no, no pasa nada, puedo pasarme la próxima semana.

—No, hombre, pásate hoy.

El viejo me esperó en la puerta, una entrada a un lugar frío y desolado que se volvió algo más acogedor con un bastón apoyado en la pared y un álbum de fotos sobre la mesa. La grabadora, la vieja Sony, con un casete sin estrenar, esperaba por nuestras voces y un ruido de fondo que debía venir de la nevera. En el centro de la mesa, algo desplazada hacia mi derecha, descansaba el fondo de una fuente con fruta sobre la que revoloteaban tres o cuatro moscas de esas que comen fruta madura y se suicidan en vinagre. El viejo cogió una manzana más podrida que madura y la sacó del recipiente.

—Mi mujer siempre se empeña en que compre fruta.

—¿Su mujer? —pregunté—. ¿Dónde está su mujer?

—Arriba. En el dormitorio, pero no le gustan las visitas. Las compro en el mercado de los martes y luego se quedan pudriéndose ahí. Yo no la toco, y sé que es bueno para la salud. Me pasé toda la vida diciéndoselo a mis pacientes. Si hubieran sabido que el primero en no comerlas era yo… No, joven, no, yo no predicaba con el ejemplo, como la mayoría de los médicos. Por cierto me llamo Manuel.

—Don Manuel, si no le importa, necesito ir al baño.

—Claro, está arriba, al final del pasillo.

En el piso superior, todas las puertas estaban cerradas salvo la del dormitorio. Sobre la cama, de expresión eterna y postura de descanso, yacía la esposa de Manuel. Según los forenses llevaba allí varios años. Fue la última de su familia en morir, seis meses después de que dispararan aquel proyectil en Irak, aquel proyectil yanqui que le arrancara la vida a su último hijo. El forense dijo que había muerto por un ictus pero yo sé que murió de pena. El calor de julio y agosto del año de su muerte y un minucioso trabajo de embalsamamiento realizado por su marido conservaron el cuerpo en un estado que… Una jarra con flores frescas y un retrato de boda convirtieron el momento en uno de los más duros que me ha tocado vivir, y son muchos ya, demasiados. Fui al baño, tiré de la cadena y volví a la cocina.

—¿Dónde están sus hijos?

—Abajo, en el sótano.

—¿En el sótano? —dije extrañado—. ¿Puedo conocerlos?

—Sí, claro, acompáñame.

Después de más de una hora contándome y grabando anécdotas de su adolescencia y de la de su Margarita, su amor platónico, su espina clavada, su historia de amor amputada por el servicio militar. Después de más de una hora tomando notas, disfrutando de sus arrugas de felicidad, conmoviéndome con las de tristeza y añoranza, después de más de una hora bajé al sótano. El olor a una humedad gris terminó de romperme y me senté en el último escalón. Lloré de la única forma que sé, para adentro, recorrí un pasillo de cuatro metros y dije:

—¿Paco Perdomo?

—¿Eres policía? —respondió Juanjo.

—Algo así.

—Soy yo —dijo Paco—. ¿Sabe algo de mi madre?

—Tranquilo, está con tus hermanas.

—Joder —dijo Juanjo—, menos mal. El viejo cree que somos sus hijos.

—Venga, señores, luego hablamos. Vámonos de aquí. Las familias tienen que estar con el corazón en un puño.

Manuel nos esperaba en la cocina.

—¿Quieren café? —dijo cuando nos vio salir del sótano.

—No se moleste, don Manuel. Váyase a dar un paseo con sus hijos.

—¿A dónde?

—Eso no importa. Usted vaya con ellos. Paco, toma, coge mi coche, está al final de la calle, a la derecha. Es un Ford azul. Cuando llegues a la comisaría de la policía nacional, di que quieres hablar con el comisario o con el agente López. Si te preguntan algo, les dices que yo estoy en la casa de don Manuel, que me llamen. Llévate a este hombre a urgencias. No tiene mala pinta. Y no la tenía. El primer técnico era el yerno del comisario. Cuando lo sacamos del cuarto tenía una sonrisa de oreja a oreja. Pronunció sus primeras palabras dos días después de ser rescatado. ¿Dónde coño estoy? Según los médicos había sufrido un episodio de amnesia disociativa, típicas, decían, en casos así. No recordaba nada de lo ocurrido, solo haber tomado un café en casa de un cliente, un señor mayor simpático y muy hablador.

El comisario tardó en llamarme lo mismo que tardó en ver a Paco en la comisaría.

—¿Dónde está? —me preguntó.

—En Maspalomas.

—¿Qué coño está haciendo ahí?

—Echándome un quinto, en un chiringuito.

—¿Cómo has dado con ellos?

—Ya se lo contaré en el informe, porque quiere un informe, ¿no? Lo tendrá mañana a primera hora.

—Esta noche.

—Comisario, usted sabe que nunca le he pedido ningún favor. Bueno, alguno sí, pero poca cosa, detallitos para vivir en el exilio, cosas para convivir con la melancolía del emigrante, la añoranza de la tierra, poca cosa le he pedido, la verdad.

—No se ponga sentimental y suéltelo de una puta vez.

—Podría arreglarlo para que el viejo ingrese en El Roble.

—¿Está loco?

—Como una cabra, señor, pero es un buen hombre.

—No, peligroso no es —dijo el comisario—, solo que tiene la costumbre de encerrar técnicos en el sótano. Veré lo que puedo hacer.

—Su mujer está en la segunda planta.

—¿Está bien?

—Bueno, me imagino que sí, en el dormitorio está su cadáver.

—¡Me cago en Dios! La que van a armar los putos periodistas. Por cierto, dice el viejo que le van a hacer un reportaje para la tele.

—Ya sabe, señor, el viejo está loco.

Manuel ingresó unos día después en la clínica psiquiátrica. Aunque parezca más un final de cuento de Disney que una historia real, Paco y Juanjo insistieron en que no era peligroso y en que no les había ocasionado ningún daño, salvo haber pasado unas horas hablando de sus cosas en un sótano. Juanjo bromeó con el juez contándole que le había venido bien el descanso. El juez lo amenazó con echarlo de la sala si no dejaba de contar chistes estúpidos, y Juanjo le respondió que solo un autónomo conoce el valor de unas vacaciones obligadas. Porque voluntarias, señor juez, no las había tenido desde que que entré el sagrado régimen de los autónomos. En mala hora.

Aunque sabía que no podía hacerlo, llamé al subdirector de la clínica. Le dije que iban a ingresar a Manuel y que le agradecería que lo alojase lo más cerca posible de Margarita. Después de haber consultado con la directora, me confirmó que así lo harían, y me consta que allí están. Llamé al comisario a última hora de la tarde.

—Señor comisario, ya le envié el informe.

—Está bien. Yo cumpliré mi parte. Se lo prometo.

—Una cosa más, señor.

—Quédate donde estás, López está en camino. Mañana a primera hora sale tu avión.

—Le iba a pedir que me enviara una foto de Manuel y Margarita juntos.

—No se ponga sentimental, que le conozco —dijo el comisario con la voz quebrada.

Me envió la foto dos semanas después. El agente López lo acompañó a la clínica.

—Espéreme aquí —dijo el comisario.

—A sus órdenes, señor.

El comisario entró en la clínica y le dijo a la directora que tenía que hacer algunas preguntas a Manuel. Una información confidencial que había solicitado el juez. Secreto de sumario, señora, no puedo decir nada. La directora lo dejó entrar y el comisario se coló en el patio como si estuviera cometiendo un delito y estuvieran a punto de detenerlo. Me dijo que Manuel y Margarita estaban juntos. Ella reía. Él, como siempre, no paraba de hablar.

Unos meses después, López me contó ese día, el de la foto, cuando el comisario entró en el coche, estaba llorando como una magdalena.

—Una palabra de esto y te corto lo huevos —le dijo a López—. ¿Queda claro?

—Como el agua, señor.

—Toma. Saca las fotos y envíaselas.

—Bonita cámara, señor —dijo López.

—Otra gilipollez y le haces las guardias a Morales hasta final de año.

—Una cosa, señor. ¿Usted sabe que su móvil tiene cámara?

—Ah, sí, no me diga. ¿Y qué?

—Que puede sacar fotos.

—¿En serio? ¿También fotos ilegales para enviar a testigos protegidos con los que está prohibido contactar?

—¿Ilegales?

—Ay, López, López. Además de gilipollas, enterado.

FIN

GRR_

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