Dos huevos duros y la hartura de estado

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Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder. (Pitaco de Mitilene, 650 AC-?, gobernante griego)

Érase una vez un cristiano que estaba pelando un huevo duro. En uno de esos momentos en los que el agua que cae en el fregadero deja de hacer ruido por haber rebotado en el brazo, escuchó que unos políticos no se ponían de acuerdo para gobernar el país en el que le había tocado vivir. Cosas del azar. Cerró el grifo del agua —porque no había otro—, y prestó atención a lo que decían unos tertulianos de la tele. Sí, hombre, de esos hablantes que hay a veces en la tele; el cristiano le prestó atención a esos señores y señoras televisivos, algo poco habitual en él en aquellos tiempos post-electorales, y es que el guineo de los pactos, re-pactos y los “requete-pactos” empezaba a retumbarle la oreja. Hartura de estado, le entendió a uno de ellos, pues sí, señora, sí, eso es justamente lo que tengo, hartura de estado. Luego puso el huevo sin cascara sobre el muro, lo partió en dos y oyó a la presentadora —que mandaba en el gallinero— decir que el motivo del desacuerdo había sido el reparto de unas sillas, unas carpetas y no sé qué otras cosas. Por lo que decían, aquellos dos políticos no se habían puesto de acuerdo porque querían más poder. Hay que joderse, susurró “maleducadamente” el cristiano, ¿y eso es noticia, señora? No me jodas, mejor pusieran una del oeste, dijo. Bajó el volumen de la tele, resopló y fue a por el otro huevo. Lo primero es lo primero, susurró mientras rompía la cáscara, cada uno a lo suyo, compadre, y estos dos no creo que vengan a pelarme el huevo. Ahora sí, lo que es tocarlos, me los están tocando un huevo, valga la repugnancia.

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