El abismo de dos metros

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—Joder, sí —gritó.

Se subió a la barandilla, levantó los brazos y cerró los ojos. Igual él, cuando negó con la cabeza y dibujó una de esas sonrisas condescendientes, no sabía lo que ella sentía, pero yo sí, y tanto que yo lo sabía. Ella sentía el viento del norte. Lo supe porque remojó los labios y sus ojos brillaron al mirar el abismo que caía allá abajo, a lo lejos, a unos dos metros de sus allstar. Lo hizo hasta que llegó él y convirtió el suspiro de libertad en resignación, la rebeldía, esa que le hacía apretar los dientes, correr, gritar, llorar, esa rebeldía la convirtió también en una resignación que le permitió por fin ser feliz.

Eso pasó hace un tiempo, no mucho, ni poco, pasó hace un tiempo, dejémoslo ahí, hace un tiempo. Él le dijo que le gustaría que viviera con él. Ella vendió la casa que había heredado de sus padres y se fue a vivir con él. Con el dinero de la venta de la casa de sus padres, aquella cabaña junto a las montañas en la que ella se crió, y en la que seguían deambulando un montón de fantasmas, fantasmas entre los que estaban sus padres, con el dinero que ganó de la venta, decía, se compró un montón de muebles sin alma y reservó una parte para comprar un coche que él le recomendó, porque él sabía de coches, sabía mucho de coches. Ella no quería comprarse un coche, porque ella tenía el que había heredado de sus padres, pero él sabía que lo mejor para ella era comprar uno nuevo.

—Un montón de chatarra —le dijo él—, tenemos suerte, cariño, nos van a dar por lo menos cien o doscientas mil pesetas por él, por ese montón de chatarra, ¿no te parece increíble?

Ella no veía un montón de chatarra, veía un montón de recuerdos, veía a sus abuelos, a sus padres, todos felices, reían y hablaban, hablaban y reían, iban todos juntos por primera vez a Tenerife, en barco, reían y hablaban, iban en uno de esos ferrys que habían traído de Noruega para viajar entre las islas, una maravilla de barco, y todos juntos, allí en la cafetería del ferry recién llegado de Noruega, para viajar entre las islas.

—Cien o doscientas mil pesetas —insistía él—, increíble, no entiendo cómo nos pueden dar tanto por este montón de chatarra. Es chatarra, cariño, un montón de basura de cien o doscientas mil pesetas, este hombre debe haberse vuelto loco, o es que se venden pocos coches, no sé, cariño, no sé.

Pero ella, en aquel montón de chatarra de cien o doscientas mil pesetas veía momentos que no quería olvidar, los más felices de su vida. Sí, ella vía a su padre negándose a ponerse el cinturón de seguridad, a pesar del enfado de su madre, de las recién estrenadas señales en las salidas de los pueblos, de los tricornios y de las multas. También veía a su madre agarrando con cuidado la lechera. No se vaya a derramar, decía, y estaría apestando durante meses. Tu padre me mata. Pero su padre sonreía porque aquella lechera ya se había derramado varias veces, y tampoco había sido para tanto, y su madre lo sabía, y su padre también, y se querían con locura, y se lo decían con sonrisas contenidas y miradas de reojo, con silencios.

—Al final son ochenta mil pesetas —le dijo él—, por este montón de chatarra. No está mal.

Y las usaron como entrada para bajar la letra del nuevo coche, aquel coche que él sabía que era el ideal para ella, y que ella, sabiendo todo lo que él sabía de coches, aceptó, porque a ella los coches sin recuerdos ni fantasmas le daban igual. Ella prefería un coche con fantasmas, lecheras, abuelos y sonrisas, pero él sabía que era chatarra y que el nuevo coche era mejor para ella, y ella lo aceptó porque él era el que sabía de coches.

Y ahora está ahí, en la barandilla, al borde del abismo de dos metros. Él la cogió por la cintura, negó con la cabeza y le hizo entrar en razón. Te puedes caer, cariño. Ella asintió arrepentida por hacer algo tan infantil, tan estúpido; un tobillo, podría haberse roto una pierna, o las dos, no sé, yo me las rompí y ella lo sabía, porque ella estaba conmigo, pero ella era diferente, ella disfrutaba el peligro, lo respiraba, lo reía, reía el peligro, subida a barandillas que te separan de abismos de más de dos metros, mucho más de dos metros.

Ella no necesitaba oxígeno, yo sí, allá arriba, a más de siete mil metros, yo no podía respirar, ella sí, ella reía y respiraba peligro, porque el “sherpa” nos decía que la previsión era mala, muy mala, y que habían muchas posibilidades de que no pudiéramos volver, y que moriríamos allí, en medio de aquel infierno, blanco y frío, frío, a más de siete mil metros.

—¿Peligro? —decía ella riendo—. ¡Cariño! Si sobrevives, dile a mis padres que muero feliz, inmensamente feliz, lo más feliz que se puede morir, si existiera un “felicidómetro”, lo rompería, ¿sabes? Lo rompería de tanta felicidad.

—Sí —le dije.

Pero yo necesitaba oxígeno y quería vivir.

—Venga, ¡escríbelo! —decía ella—, por si lo encuentran, quiero que mis padres lo sepan, joder, quiero que sepan que muero feliz.

Pero yo no podía escribir porque tenía los dedos congelados.

Y ahora está allí, al borde del abismo de dos metros, y su marido niega con la cabeza, la coge por la cintura y la devuelve a su mundo, al de él; y lo decidió ella, lo decidió el día en que él le dijo que creía que era el momento de tener hijos.

—Tengo un buen trabajo, una casa, dos coches, ¿no crees que es el momento?

Él lo había hecho todo por ella, porque él la quería con locura, con una locura controlada, pero la quería con locura, sí, la quería, de esto estoy seguro, porque me lo dijo él un día, un tarde. Está mejor conmigo, me dijo, mucho mejor que contigo. Yo asentí. Y tuvieron cuatro hijos, dos más de los que ella quería, pero él decía que era mejor que dos, porque era familia numerosa, y eso tendría sus ventajas en el futuro, y el futuro, cariño, es lo más importante, porque te quiero, con locura, y tú lo sabes, que te quiero, decía, con locura, sí, te quiero con locura.

Y ella estaba allí, al borde el abismo de dos metros. Y yo a tres o cuatro metros, sentando en un banco, mirando de reojo, con la cabeza gacha, con ganas de subirme con ella y cogerla por la cintura, y asentir cuando ella me diga que quiere volar, que quiere lanzarse al abismo, y no cabría decir que puedo romperme las piernas, porque en las dos llevo placas y tornillos, un montón de metal que me colocaron unos días después del aquel infierno blanco y frío, aquel día que caímos a un abismo de más de dos metros, mucho más, lo suficiente para rompernos las piernas. Ella reía y me besaba, y me decía que me quería. Yo no podía hacer otra cosa que llorar de dolor.

FIN

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