El ángel de la guarda

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Más allá del fin de un mundo siempre hay otro.

Solo un paso, pensé, solo queda un paso. Luego aprendí (y me gustó) que después de un último paso, o te paras o te encuentras dando otro primer paso.

Llovía, y llovía, y volvía a llover, y no paraba, y seguía lloviendo. “Pero, joder, ¿cómo coño puede llover tanto?”, decían mis botas. “¿Sabes, botas?”, le respondí, “Nunca había estado tan mojado de cielo”. Y no mentía para que callaran, decía la verdad, nunca había estado tan mojado, al menos que recuerde. Yo era todo agua, por fuera y por dentro. La nariz chorreaba en dirección a la barbilla, y ésta, improvisaba a qué teta iría a parar el chorro que luego se perdía en el revoltijo de carne y tela mojadas que empezaba en el ombligo.

En el pueblo, la primavera se escondía detrás de la niebla. Decían los de allí que es las más caprichosa de las cuatro damas. Lo decían mirándome de arriba a abajo y ofreciéndome algo para secarme. Y mientras tanto, fuera, en las calles, los fantasmas del pasado cabalgaban sobre la niebla y murmuraban miedos de futuro.

—Ni caso —dijo el ángel—. Tú quédate a mi lado.

Al llegar al abismo, di aquel paso, el último, y me asomé al fin del mundo, al menos del mío, y abajo, en medio de las tinieblas, había un tipo parecido a quien fui, pero no era yo.

—¡Y ahora? —le grité con rabia.

Las sombras de colores se apartaron y nos dejaron a solas.

—¡Y ahora qué? —insistí.

Pero no hubo respuesta.

El ángel se acercó todo lo que pudo, sonrió y nos despedimos para siempre.

—Lo sé —dijo levantando el brazo—. No hace falta.

—No, joder, espera… —dije yo.

Pero no esperó y no pude contarle que su sonrisa, eterna, fue la que me me empujó al abismo. Tampoco me dejó contarle que el azul de su mirada fue mi cielo por un instante, el justo para que los puntos de sutura se quedaran allí. La luz y el tiempo justo para que la herida, aún del color de la sangre, empezara a cicatrizar en el mismo fin del mundo.

Y luego hubo otro paso, el nuevo primero. Porque, como alguien dijo, llegar a la cima es solo la mitad del camino.

El ángel no se volvió a acercar, aunque no lo dijo, yo sabía que tenía miedo a contaminarse de mi humanidad de mierda.

FIN

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