El banco de Burt y Deborah

Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Por primera vez desde que se conocían, ella llegó primero. Miró de reojo hacia el banco que tenía enfrente y se sentó. Abrió un libro e intentó concentrarse en las primeras líneas. Después de unos segundos, lo cerró y cogió una cajetilla de malboro. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Miró hacia la entrada del parque y lo apagó cuando vio que él se acercaba.

—¿Por qué aquí? —dijo ella antes de que él se sentara.

—¿Y por qué no? —dijo él.

—Se me ocurren un montón de razones.

—¿Por ejemplo? —dijo él sacando una piedra.

—¿Porque aquí empezó la historia?

—¿La historia? ¿Así la llamas ahora?

Cogió la cajetilla de malboro que había dejado ella sobre el banco, le cortó un trozo del interior de la tapa y le dijo que si podía enrollarla. Ella negó con la cabeza y lo hizo él. Colocó el filtro sobre el muslo, sacó un cigarrillo y lo partió por la mitad. Lanzó a la papelera una de las partes y mojó la otra con la lengua. Lo abrió de lado a lado y soltó el tabaco sobre la palma de la mano. Colocó la piedra sobre la montaña y la calentó con un mechero que había traído de Praga.

—¿Lo recuerdas?

—No.

—Pues lo compraste tú.

—Paso —dijo ella —, me voy.

Él se levantó y lo tiró todo en la papelera.

—Espera, por favor, lo siento.

—¡Qué sorpresa!, sabes disculparte.

—Aquí nunca hemos discutido —dijo él.

—Pues estamos a punto de estrenarnos. ¿A qué ha venido eso?

—Es lo que hice aquel día, antes de que llegaras.

Ella se levantó, caminó unos pasos, se dio la vuelta y dijo:

—Tienes razón, debe ser el único lugar en el que no hemos discutido. Sería una pena.

—¿Cómo están? —dijo él.

—¡Bien!

—¿Y él?

—También.

—Tiene mucha suerte.

—Sí, y lo sabe, no como otros.

—¿Podrías volver y sentarte?

—¿Para que me mires con esos ojitos de pollito despelusado?

—No empieces, por favor. Sé que la cagué.

—¿Que no empiece? ¿Yo?

—¿Recuerdas el primer beso?

—No.

—Fue allí, en aquel banco.

—¿En serio? ¿Crees que puedo olvidar un momento así? Eres gilipollas.

—Lo sé —dijo él sonriendo—, nunca debí dejarte.

—A ver —dijo ella—, me llamas y me dices que quieres verme. ¡Aquí, joder! Y ahora me vienes con lo del primer beso. ¿Por qué no nos dejamos de gilipolleces y me dices qué coño hacemos aquí? Y encima están las putas palomas de mierda, que no me dejan estar tranquila, al final me van a cagar, joder, lo sé, sé que me van a cagar.

Ella se secó las lágrimas y sacó un espejo del bolso. Él sonrió y dijo:

—Aquel día dijiste exactamente lo mismo.

—Corta el rollo, ¿vale? Nunca he soportado las palomas.

—Es la primera vez que sonríes desde…

—¿Sí? Pues, por algo será.

—Te pedí que viniéramos porque tengo que decirte algo importante.

Ella se levantó en silencio y se dirigió al banco de enfrente. Solo se había sentado en ese banco una vez. Él la siguió y se sentó a su izquierda.

—Estabas al otro lado —dijo ella.

Él se levantó sonriendo y se cambió de lado.

—¿Lista?

—Sí.

Ella simuló una voz masculina y dijo:

—¡Atención! El mejor beso del mundo. Toma uno. Tres, dos, uno…. Y… ¡Acción!

—Hola, señorita, me permi…

—¡No! —dijo ella interrumpiéndole—. Calla Burt, siempre igual, nunca aprenderás. Al final tendrás que recogerte el ego con un pañuelo. Empiezo yo.

—Sorry, Deborah.

—¿Deborah? De Deborah nada, ¡señorita Kerr!

—Sorry, Mrs. Kerr.

Ella se levantó y se alejó unos metros del banco. Con la misma voz masculina, dijo:

—El mejor beso del mundo. Toma dos. Tres, dos, uno… Y… !Acción!

Volvió al banco y se sentó a la derecha de él.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, señorita, ¿sería tan amable de besarme?

Ella sonrió y le dio una bofetada que él casi no sintió.

—Señor, usted es un verdadero depravado.

—¿Depravado? —dijo él conteniendo la risa.

—Sí, por muy Burt Lancaster que sea, no le voy a permitir que me falte el respeto.

—Disculpe —dijo él sonriendo—, solo quería besarla.

—¿Cómo se le ocurre hacer una proposición así a una dama de alta alcurnia como yo?

—¿Alcurnia?

Él la miró y comenzaron a reírse. Se levantaron y volvieron al banco de enfrente. Ella miró hacia una paloma que se había posado sobre su cabeza y dijo:

—Sé que lo vas a hacer, cabrona, lo vas a hacer. Pero debes saber que si lo haces, vendré todos los días hasta que coja. Y cuando te tenga entre mis manos, te retorceré el cuello hasta que se te revienten los ojos.

—Joder, a veces das miedo.

La paloma se movió unos centímetros. Cuando él dijo que las palomas tenían cosas mejor que hacer que estar apuntando el culo para cagar las cabezas de los humanos, notó algo en el hombro.

—No me lo puedo creer —dijo—. ¿Tienes un clínex?

Ella empezó a reírse y con dificultad por no encontrar aire entre las carcajadas, dijo:

—No, no tengo.

Y siguió riéndose. Él se levantó y se sentó en el banco de enfrente. Ella le siguió.

Él se levantó y dijo:

—!Atención! Un nuevo comienzo. Toma una. Tres, dos, …

—¡De eso nada! —interrumpió ella—. Eres tan gilipollas que no te das cuenta de que ya han pasado los créditos.

—Solo quería…

—Toma, límpiate eso. Si te crees que un beso me va a hacer olvidar lo que me has hecho pasar, es que aún eres más idiota de lo que creía.

Ella se levantó, se alejó unos metros, y mirando al vacío dijo:

—Señor Zinnemann, éste ha sido mi último rodaje con Burt.

FIN

GRR_

Foto: Deborah Kerr y Burt Lancaster en Más allá de la eternidad (1953). Dirigida por Fred Zinnermann.

 

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.