El boliche mágico

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Con el boliche en el bolsillo volví con mi gente. Allí apestaba a una mezcla de maquillaje, tabaco, farlopa y bazuco, así que decidí subir a la terraza y comenzar con el ritual que aquel tipo me había enseñado. Después del acto final, me subí al muro que daba a la calle y me dejé caer. Pero tal y como me había adelantado, no caí. Tenía razón. Levanté el vuelo sin esfuerzo y volé junto a unos pelícanos hasta que me encontré con un manada de albatros. Los muy cabrones, mientras volaba junto a ellos, me miraban de reojo y se preguntaban de dónde coño había salido un pájaro tan feo y solitario. ¿Cómo podrá volar una cosa como esta? Susurraban. Sin plumas en el pecho, sin alas ni escapulares, sin timomeras. ¿Cómo coño podrá volar algo así? Dijo uno, pobre desgraciado, dijo otro. El que parecía mandar en la manada, miró el boliche y negó con la cabeza antes de agitar las alas con fuerza. El resto le siguió. Yo, todavía un ignorante en el arte del vuelo, entre planeo y planeo, con la intención de alcanzarlos, braceé con más fuerza y velocidad. Ya exhausto me limité a contemplar como las siluetas bien definidas de aquellas aves se convirtieron en pequeñas sombras, para luego fundirse en un azul (casi gris) con destellos de purpurina. En medio se colaron instantes que transcurrieron casi sin existir, tal y como lo había presagiado aquel tipo. Aquello fue algo mágico.

En cuanto volví a tierra busqué algo con lo que escribir. Tenía que documentar la técnica, dibujar las trayectorias, trazar las corrientes de aire y definir las secuencias que permitieran adaptar el vuelo a las condiciones del tiempo. Evitar las corrientes calientes. Sortear hipotéticos obstáculos con los que me pudiera encontrar en el trayecto. Tenía que anotarlo todo, y tenía que hacerlo antes de que la consciencia me recordara que hay cosas que uno no puede hacer. Revolví los cajones y los armarios, miré entre los trapos de cocina. ¿Qué hago en una cocina? Me pregunté. ¿Y en la nevera? Nada, ni lápiz, ni bolígrafo, ni tiza, ni nada con lo que escribir, nada con lo que documentar el sueño, un sueño, mi sueño, que ahora sí, y sin saber cómo, se había hecho realidad.

—¡Con todos ustedes! —dijo un albatros entre risas y un murmullo con futuro de bullicio—. ¡El primer hombre pájaro de la historia!

Todos me miran. Albatros, pelícanos, garzas y hasta un grifo, medio león medio águila. Todos sonríen.

—¡Volador! —rectifico—. Soy el primer hombre… Volador de la historia.

Meto el tubo en el bolsillo y levanto el vuelo.

—¿Cómo se abre esa ventana? —balbuceo.

—Chacho, tío, no me vuelvas loco. Anda, túmbate un rato ahí. Ya se te irá pasando.

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