El cochinero y la caja de puros

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Mi abuelo nunca supo explicar su desaparición. Rogelio, el panadero del pueblo, le contó a la Guardia Civil que lo vio bajar por El Ejido, de madrugada, y que llevaba la burra cargada de lechones. Lo acompañé hasta la orilla del barranco, le dijo al sargento, pero del otro lado venía una fila de cuarenta o cincuenta candiles. Yo sabía que eran almas en pena, sargento, así que me di media vuelta. Venga, coño, no seas miedoso, se empeñó Paco, eso será un rancho de ánimas o alguna celebración. Pero mi abuelo, no sé si por valiente, cabezudo o las dos cosas, le dio una nalgada a la burra y siguió su camino ladera abajo.

A la Guardia Civil le vino bien la versión del panadero. Según me contó el propio Rogelio, ese mismo mes habían desaparecido en la zona otros tres. Tampoco era tan raro, me contó me imagino que más relajado que con el sargento, unos se iban a Cuba, otros a Venezuela y a otros muchos le adelantaban la tarjeta de embarque del último de los viajes. Lo que escapó del entendimiento de las autoridades, y armó un revuelo que llegó de boca en boca hasta la capital, con la distorsión habitual de la cadena de exageraciones, fue que casi dos meses después de la desaparición, la burra de mi abuelo apareciera amarrada frente al cementerio el mismo día del entierro de Joaquín Hernández, por aquel entonces teniente de alcalde. La bestia llevaba aún los cochinos chillando en los serones.

Mi abuela, que conocía a la madre de los lechones casi mejor que a mi abuelo, aseguró que aquellos animales, a los que incluso había puesto nombre, según ella porque también eran creación del señor y merecían por ello el debido bautizo —aunque fuera uno sacrílego—, eran las mismas criaturas y pesaban igual que el día que se los había llevado su Paco. Cuarenta y dos días tenían los animalitos, ni uno más ni uno menos. La burra, que curiosamente no tenía nombre, según mi abuela, cuando volvió era la misma burra de siempre, pero a la misma vez no lo era. Miraba de reojo. Negaba con la cabeza y reculaba cuando se acercaba el cura. Y según varios testigos presenciales, se puso como un demonio cuando se habló de que el obispo en persona vendría al pueblo a investigar el caso. Si no fuera porque no se inmutaba con la presencia de la Guardia Civil, diría que estamos ante la primera burra comunista de la historia. Bromas aparte, aquel día, a nadie le sorprendió, ni siquiera a mi abuela, el hecho de que la burra llevara colgando en el cuello un candil encendido. Tampoco que en el lomo, junto a los serones donde los lechones se peleaban por el aire, colgara un macuto con una caja de puros y cuarenta y tres fotografías en su interior.

Poco después, la burra se dejó morir de hambre, cosa nunca vista en el pueblo. La cochina, que se pasó varias noches gruñiendo y huyendo del roce de los lechones retornados, terminó por matarlos a mordiscos y pisotones, para después unirse a ellos en el cielo de los cochinos. Mi abuela, recién llegada del chiquero, me imagino que destrozada de dolor por tanta pérdida y tan poco motivo, puso un retrato de mi abuelo sobre la cómoda y colocó la caja de puros y el candil uno a cada lado.

Después de beberse las lágrimas durante unas horas, mandó a buscar a sus dos hermanas, Matilde y Amparo. Y allí en la tienda, junto a los sacos de millo y los manojos de alfalfa, las tres hermanas trazaron un plan para sacar adelante a sus propios cochinos: mi padre y mis tíos, ocho, todos varones, a cual más sinvergüenza. Solo disgustos, contaba Matilde sonriendo, eso es lo que nos daban tus tíos, disgustos nada más, mejor habría sido criar cochinos. En medio de la conversación, cuando Adela proponía que ella se iría a Veneguera para trabajar en la zafra, Matilde se levantó de un salto, se santiguó, hizo la genuflexión, fijó las piernas y dijo que se iba a buscar a Maruca, una vecina del pueblo repudiada por el color de su brujería. Una cristiana que en otros tiempos habría merecido arder en la hoguera, y que según el cura y su entorno, sería excomulgada ipso facto si el coste del trámite mereciera la pena. Teniendo en cuenta la poca entidad de la hereje en cuestión, llegó a decir don Marcial, molestar al obispo en un caso así sería en sí mismo un sacrilegio.

Cuando Maruca vio la caja de puros, pidió que le trajeran unas hierbas que un tío le había enviado desde Cuba. Ya con la utilería de bruja preparada, comenzó la liturgia con una sucesión de rezados y persignaciones. Luego puso las hierbas sobre la caja de puros y le prendió fuego con el misterioso candil. Un candil que nada tenía que ver con el de mi abuelo. Aún con la hierba humeando, Maruca sacó las fotos de la caja y las fue escupiendo de una a una. Con algunas se paraba, negaba con la cabeza y después de persignarse, las escupía igualmente y la apilaba junto al resto. Así estuvo hasta que llegó a la última foto. En ese momento, las tres hermanas, sin salir de la espiral de padrenuestros en la que se habían metido, se levantaron y se acercaron lo suficiente para ver que el de la foto era el desaparecido. Maruca, ya en un estado que mi abuela no supo definirme, siguió con su ritual y prendió fuego a la foto. Luego la colocó sobre las cenizas de las hierbas. No pasó ni un minuto antes de que se oyera el maldito chirrido de la puerta de la tienda. Aún hoy, más de medio siglo después, nadie ha cuadrado la dichosa puerta.

¡Ave María Purísima! Dijo mi abuela, fuera de sí, con los brazos en alto.

Mi abuelo entró en la tienda desteñido. Sin decir palabra. Se colocó al otro lado del mostrador y después de secarse el sudor de la frente y resoplar, cogió una ciruela madura y se la echó en la boca. Esposa, cuñadas y bruja, al borde del desmayo por los picos emocionales de la glucosa en sangre, lo miraron como Marta miró a su hermano Lázaro de Betania. Mi abuelo, con el sosiego que tanto desesperaba a su mujer, se quitó el sombrero y se sirvió un vaso de ron. Después de tomárselo de un trago, sonrió y dijo:

—Coño, Maruca, tú por aquí. No se van a creer con quién he estado.

Luego dejó una libreta sobre el mostrador y dijo:

—¿El niño sabe leer?

Mi abuela asintió. Sabía que se refería a primogénito. Mi padre me contó que en cada página de la libreta se citaba un difunto del pueblo. Y que después de su nombre y su fecha de fallecimiento, había un recado que mi abuelo debía dar a su familia. Así lo hizo y así lo cuentan todos lo que siguen vivos y han querido hablar conmigo. Muchos cuentan que después de ese día durmieron como nunca. Algunos soñaron por última vez con sus muertos. Ninguno, ni siquiera el propio desaparecido, supo explicar dónde coño había estado mi abuelo esos dos meses y pico.

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