El color del jersey rojo

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Hay historias de amor de acaban por el principio y empiezan por el final.

Hay historias de amor que duran toda una vida. Una pocas, muy pocas, son capaces de sortear a la mismísima muerte y perduran una vida y pico; a veces, pocas, menos aún, el pico es largo y burlan tristeza de ausencia, añoranza de presencia, barrigas implosionantes de dolor, burlan todo eso y más, y perduran casi dos vidas y mueren con el último latido del último corazón amado. En cambio esta historia, la mía, la de la mujer del jersey, duró un instante, es probable que fuera el más largo de mi vida, duró algo más que una mirada, algo menos que una sonrisa asesinada por la cobardía y la resignación.

Aquella noche, como otras muchas, entré en el primer bar que encontré abierto y me senté en la esquina más escondida de la barra. La mujer del jersey rojo estaba de espaldas, miraba la pantalla de un teléfono y negaba con la cabeza. Su pelo trepaba por el jersey. Lo hacía en línea recta desde la mitad de la espalda, trepaba sin dudas, por el camino más corto. Al oír el arrastre de la banqueta, se dio la vuelta y sin mirarme, con un acento del sur más al sur del sur, me dijo algo que no recuerdo. Busqué su mirada pero no la encontré, se había escapado (la mirada) en dirección a la mesa cuatro, una mesa en la una pareja de cuarentones discutía sobre el nombre de un recién nacido que no había nacido. Ni loca. Pero cariño, a mi madre le haría ilusión, ya lo sabes, lo hemos hablado. Pero es mi hijo, no el de tu madre. Pobre niño, cargar con esa cruz para toda la vida. No es tan feo, cariño. ¿Que no lo es? Joder, lo que pasa es que te has terminado acostumbrando. ¿Recuerdas con cuando nos presentaron? ¿Sí? Casi me doy media vuelta, como lo oyes, y me dices que no es tan feo. Está bien, no te enfades, cari, ya lo hablaremos en otro momento, cuando estés más tranquila. Aquí no hay nada que hablar, está todo “clarito” y decidido. ¿Y? Pensé, ¿cómo coño se va a llamar el niño? ¿Cómo coño se llama su padre? Unos segundos antes, aunque no lo recuerdo, me imagino que más por costumbre que por deseo, pedí el güisqui que se posó sobre la barra. En el vaso de tubo sobraba una piedra de hielo. Lo hacía especial, diferente, rebelde, desafiante. Me hizo sonreír. Junto al vaso esperaba la ausencia de una botella de agua. La mujer del jersey se giró sin levantar la mirada, cogió el teléfono y volvió a mirar la pantalla. No escribió nada. Se limitó a mirar y a negar con la cabeza. Luego se puso una mano en la frente y cerró el puño de la otra. Alguien le dijo algo desde la cocina. Inspiró profundamente, cogió dos platos que aparecieron de la nada y se dirigió al comedor. En el perfil llevaba pintada una sonrisa que se difuminó en cuanto le dio la espalda a la pareja de la mesa cuatro. Ahora no hablaban de nombres del recién nacidos, ahora hablaban de si sería mucho lo que habían pedido. Es muy tarde, ya sabes lo mal que duermes cuando comes mucho, y además, roncas un montón. Sí, bueno, pero solo cuando estoy cansado. De eso nada, roncas siempre, algún día te voy a grabar con el móvil, así entiendes mi mala leche por las mañanas. Vaya pareja, pensé. ¿Quiere algo más? Me dijo la mujer del jersey de espalda. No, así está bien. Gracias. Como quiera, aquí vamos a estar hasta las dos, así que no hay prisa. Quise preguntarle si estaba bien porque sabía que no lo estaba. Quise decirle que yo me sentía igual de jodido, que mi vida era una mierda, y que si hacíamos una competición de vidas de mierda, la mía ganaría por goleada; quise decir todo eso y algunas cosas más, pero me limité a esquivar la mirada y a controlar la desfiguración de mi cara después de tomar un trago de aquello.

—Y bien —dijo ella —¿Qué le traído a un sitio como este?

Cruzamos la mirada por primera vez. No sabía la respuesta y dije:

—Pues no sabría decirle, la verdad, ¿el azar?

—Suena un poco raro, ¿no cree?

—Tiene razón, no se me da bien ésto.

—¿El qué?

—Hablar con otras personas.

—Sí, hablar sola es más fácil. Te cortas el rollo cuando te pasas de lista. Luego te enfadas contigo misma un rato y cuando te cansas de estar enfadada, te perdonas, te reconcilias y a otra cosa mariposa. ¿Funciona así, no?

—Bueno, sí, en mi caso es algo más complicado…

—La seis —dijo alguien desde la cocina —. Están esperando.

—Voy —dijo ella. Luego susurró —: Joder, mierda.

Cuando volvió de la mesa seis su cara se había iluminado con el brillo de unos ojos de un color que no recuerdo. ¿Azul? Sí, puede que fueran azules, pero de un azul diferente al de las gentes del norte, era un azul más azul, no tan gris. Azules, sí, eran azules. El jersey se volvió gris. El contorno de las mejillas se movió en armonía y cruzamos la mirada, la segunda, pero ésta fue diferente, fue una mirada sólida, compacta, parecía construida de un material que me impedía el movimiento. El resto del mundo desapareció. Los cuarentones del nombre del recién nacido sin nacer se volatizaron después de que sus voces se perdieran en el vacío de los vacíos sonoros. La mujer del jersey gris dio un paso atrás. Yo busqué aire en aquel mundo minúsculo en el que se había convertido mi universo. Luego se apagó la mirada y el jersey se pintó de rojo.

—No puedo —leí en sus ojos.

—Lo sé —dije con los míos.

Y así acabó la historia. Empezó con una mirada y terminó con un puñado de resignación. Yo volví a mi estado natural, el universo se expandió y recorrí las calles de aquel pueblo, una madrugada más, otra sin dormir. Hablé con unos balcones de la plaza mayor y escuché las historias para no dormir de una iglesia románica. Una colegiata de la misma época me preguntó por qué no había ido a visitarla. Mi tristeza le respondió que yo había encontrado una luz y que luego la perdí, y que ella me había avisado de que perder algo verdadero, por fugaz que sea, duele, pero que yo no le hice caso, y que gracias a ella, a mi tristeza, ahora estaba allí, junto a aquel edificio medieval parlante, oyendo un río invisible. La colegiata no entendió nada de lo que le había dicho y seguí mi camino.

De camino al hotel miré por la ventana del bar de la mujer del jersey, ella miraba la pantalla del teléfono y negaba con la cabeza. El jersey seguía igual de rojo, su pelo ya no caía, trepaba jersey arriba desde la mitad de la espalda. Miré al suelo y di otro paso. Y luego otro más.

FIN

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