El contador de estrellas

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Justicia sin misericordia es crueldad. (Santo Tomás de Aquino)

Una noche de octubre en Praga, junto al Puente Carlos.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —dijo ella.

—¿Te conozco? —dijo él.

—¿Qué haces aquí a esta hora?

—Eres policía o algo así.

—No, pero quiero saber qué haces.

—¿Puedes callarte? Necesito concentrarme.

—¿Concentrarte?

—Concentrarme, sí, concentrarme.

—¿En qué?

—¿Eh?

—¿En qué necesitas concentrarte?

—En las estrellas.

—¿Constelaciones? Yo conozco algunas, ¿sabes?

—Solo las cuento.

—¿Sabes lo raro que suena eso?

—¿Raro? —dijo él—. ¿Qué es raro?

—Esa pregunta también es rara.

—¿Y qué no es raro?

—No sé, por ejemplo podrías preguntarme cómo me llamo.

—No quiero saber como te llamas. Raro es preguntar algo que no quieres saber, ¿no te parece?

—No, eso es más normal —dijo ella—. ¿Por qué no quieres saber mi nombre?

—Porque quiero contar estrellas.

—¿Cuántas?

—¿Eh?

—¿Cuántas estrellas has contado?

—Unas doscientas cincuenta.

—No son muchas.

—Serían más si me dejaras tranquilo.

—Ves —dijo ella—. Esa respuesta también es rara.

—¿Sabes? No quiero parecer antipático, pero, ¿podrías largarte?

—Me voy. Pero quiero que sepas que eres un tipo raro. De lo más raro que he conocido.

Él siguió contando. Ella se alejó unos pasos. Luego volvió corriendo y dijo:

—¡Qué te quede claro!

—Joder —susurró él.

—¿Qué pasa?

—Eso digo yo.

—¿Puedes mirarme? —dijo ella.

Él la miró.

—Vale, ¿ahora puedes dejarme?

—No —dijo ella—, hasta que me digas qué haces aquí a esta hora.

—Ya te lo dije.

—Nadie cuenta estrellas.

—Yo sí.

Él dejó de mirar al cielo y escribió algo en un cuaderno.

—Me voy —dijo.

—¿A dónde vas? ¿Cómo te llamas?

—Eso no es asunto tuyo.

—Espera.

Él, con ella siguiéndole a unos pasos, cruzó el Puente Carlos y se dirigió a los callejones del Castillo de Praga. Cuando llegó al número veintidós del Callejón de Oro, se paró y anotó algo en su cuaderno.

—¿Qué escribes?

—Eso tampoco es asunto tuyo.

—¿Es la casa de Kafka?

Él no respondió y siguió escribiendo.

—Otro loco —dijo ella—. Y raro, como tú.

Él se giró y le dijo:

—No estaba loco.

—¿Has oído lo de las mujeres desaparecidas?

La miró de reojo y dijo:

—Sí. Todas jóvenes, morenas y delgadas, como tú.

Ella dio dos pasos atrás. Él sonrió.

—¿Bromeas? —dijo ella.

—Tengo pinta de asesino.

—No sé, dímelo tú. Desde luego eres un tipo raro. Y los asesinos lo son.

—¿Cuántos conoces? —dijo él sonriendo.

—Puede que a uno.

Ella agarró con fuerza el paraguas y dijo:

—No te tengo miedo.

—Lárgate de aquí —dijo él—, antes de que te conviertas en la quinta.

—¿Dónde están? —preguntó ella, le temblaba el labio—. La tercera, ¿cómo era?

—No la recuerdo —dijo él sonriendo—, ¿morena y delgada?

Ella levantó el brazo y se acercaron tres tipos sin cara. Lo acorralaron al final del callejón. No hay salida, dijo uno de ellos. Le dieron una paliza. Él no se resistió. Perdió el conocimiento. Lo arrastraron hasta un coche y luego lo llevaron al Puente Vyton, el del ferrocarril. Lo subieron a la barandilla.

—La tercera se llamaba Anna —dijo ella llorando—. Era mi hermana.

Lo golpearon en la cabeza con una barra de hierro y lo lanzaron al río.

La mañana siguiente, ella salió de casa algo más temprano de lo habitual. De camino al trabajo, compró el periódico y se sentó en una terraza. Pidió un café.

—¿Ha oído lo del periodista? —le dijo el camarero a un joven.

—Sí. Primero lo de las mujeres y ahora ésto.

—¡Oiga, señor! —dijo ella—. ¿Ha dicho periodista?

—Sí, lo han encontrado esta mañana, en el río.

—Era un tipo raro. Dicen que estaba mal de la cabeza —dijo el joven—. Se pasaba las noches recorriendo los callejones del castillo y mirando al cielo. Siempre con una libreta, de aquí para allá. Creían que se había caído, pero no, tiene golpes por todo el cuerpo y la cabeza abierta. El Moldava no puede hacer una cosa así. Créame, señor, conozco bien este río.

Ella sonrió sin dejar de mirar su taza de café.

—Y por si fuera poco —añadió el camarero—, ha desaparecido otra mujer.

—¿Otra mujer? —dijo ella.

—Sí, la quinta. Yo no entiendo cómo siguen saliendo durante las noches. Deberían quedarse en casa hasta que lo cojan.

—Está seguro de eso —dijo ella.

—Sí, señorita —dijo el camarero —, es la sobrina de un vecino.

—No puede ser —dijo ella.

el joven se levantó, se acercó a su mesa y le mostró el perfil. Tenía una cicatriz reciente. Luego le dejó una nota sobre la mesa, se anudó la bufanda y se alejó. La nota decía:

“¿Matar por contar estrellas? Y yo que pensé que lo mío era crueldad”

FIN

Foto: Puente Carlos (Praga)

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