El día del beso

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El día del beso, Maika llegó algo más tarde que su familia a la exposición; el trabajo, siempre el trabajo. Tú y el curro, decía Alejandro, organizador del evento, un certamen de pintura rápida. Maika cogió el brazo de su marido y dijo:

—Tengo que ir baño.

—¿Quieres que te acompañe, cariño?

—No te preocupes, ahora vuelvo.

Alejandro estaba a unos veinte metros, junto a los baños químicos, una zona oscura y maloliente que él mismo había decidido ubicar allí cuando organizó el evento.

—Lo que me faltaba —dijo Maika al verle.

—Joder, qué susto —dijo Alejandro espirando el humo—. ¿Vienes a darme caña para que lo deje?

—Vete a la mierda, capullo, tú y tus porros.

—¿Cuánto hace? ¿Quince años?

—Dieciocho —dijo Maika esquivando la mirada.

—Estás igual.

—Tú no. Estás más flaco —dijo Maika. Ladeó la cabeza y añadió—: ¿Y ese pendiente? ¿La crisis de los cuarenta? Igual de macarra, sí, eso sí, pero más arrugado y canoso.

—Buf, frena, Mai, frena. Ya veo, tú sí que estás igual. ¿Aquel es tu hijo?

—Sí.

—Se da un aire a tu hermano Fran.

—Se parece al padre.

—Tiene tu mirada —dijo Alejandro tratando de cruzar la mirada con Maika—. Espero que no le haya…

—¿Qué? ¿Que no haya qué?

—Déjalo.

—Venga, quiero oírlo.

—Tu mala leche, Mai —dijo Alejandro sonriendo—, que espero que no le haya tocado tu mala hostia.

—Pues no. Es un encanto, lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Sí, tú también lo eras, casi siempre. No sabía que te habías casado.

—¿Cómo que no? Te lo dijo Marcos.

—¿Marcos?

—Sí, se lo dije a tu coleguita, me imagino que tú andarías perdido en alguna de tus movidas vitales… ¿las llamabas así, no? Siempre me he preguntado si ellas también las llamaban así.

—¿Alejandro? ¿Estás bien? —dijo Penélope—, estabas tardando.

—Sí, no te preocupes —dijo Alejandro—, me encontré con una vieja amiga.

—Soy Penélope, puedes llamarme Pe, encantada. ¡Dios, qué mal huele aquí!

—Maika. Un placer. Ya me iba, me alegro de verte, Ale.

—No, espera, tía —dijo Penélope agarrándole el brazo a Maika—. ¿De qué se conocen?

—¿Tía? —dijo Maika soltándose—. Que te lo cuente tu príncipe… Tía.

—Espera, Mai, no te vayas —dijo Alejandro. Luego se giró hacia Penélope y dijo —: Pe, puedes dejarnos a solas, solo será un segundo. Después te lo explico, ¿vale?

—Vale, tío, pero no tardes, porfa.

Penélope se alejó.

—¿Tienes una aprendiz de macarra? ¿De dónde has sacado a esta pija?

—Es encantadora, y muy buena persona.

—Joder, Ale, ¿encantadora y buena persona? ¿De quién coño estás hablando? ¿De tu pareja o de tu tía Josefa? ¿Cuánto tiempo llevas con ella? ¿Dos meses? ¿Dos semanas?

—Tres años.

—¿Tres años? Increíble, debes estar chocheando, ¿ya has empezado con las pastillitas azules?

—Pues no, Mai, no, las azules no. ¿Quieres?

—No quiero, joder, tira eso ya, no va a ver alguien.

Alejandro apagó el porro y dijo:

—No sé, Mai, lo que pasó fue raro, cinco años juntos y desapareces.

—Fueron seis. Seis años de mi vida con un niñato.

—Lo respeté, estuve jodido, ¿sabes?

—¿Jodido, tú? Dos semanas después estabas con aquella… ¿Cómo se llamaba? Eras un capullo inmaduro y yo quería evolucionar.

—¿Evolucionar? No, Mai, no, tú lo que querías era un calzonazos sentado en el sofá.

—No me hables así, ¿vale? Venga, vete con tu princesa. Ya debe estar preguntándose por qué no vuelves. O no, igual se pregunta si vas a volver.

El hijo de Maika se acercó y dijo:

—¿Mamá? ¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes, Alejandro, vete con tu padre. Yo voy ahora.

—¿Lo ves, Mai? —dijo Alejandro—. Tiene tus ojos. Hola, chaval, ¿cómo va eso?

—Bien.

—Venga, vete con tu padre, ahora voy.

—Papá dice que no tardes, tenemos que volver.

—Ahora voy.

—Eh, chaval, ¿Qué edad tienes?

—Dieciocho.

—Buena edad, sí señor, disfrútalos, a tope.

El hijo de Maika sonrió y volvió con su padre.

—Joder —dijo Maika—. ¿Disfrútalos a tope? ¿No se te ocurre decirle otra cosa?

—Tiene tu mirada —dijo Alejandro mirando a los ojos a Maika.

—No es mi mirada.

Después de mirarse unos segundos, se besaron. Mientras Maika le limpiaba la pintara de labios a Alejandro, éste le dijo que nunca había dejado de quererla.

—¿Y qué más da eso ahora? —dijo Maika mientras se alisaba el pelo.

Luego se dio la vuelta y se alejó. Alejandro la siguió y dijo:

—¿Se lo vas a decir?

—No —dijo Maika.

—¿En serio?

—No, no se lo diré —dijo Maika sonriendo—. Y no, no lo digo en serio.

Maika se colocó el cuello de la blusa, volvió con su familia y besó a su marido en la mejilla. Alejandro volvió con la ausencia de Penélope, que supo que había perdido la batalla con el fantasma, la sombra, el espectro que pintaba Alejandro en sus cuadros, una y otra vez, siempre con una mirada sombría y una sonrisa que pertenecía a un pasado en el que ella aún no existía.

FIN

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