El entierro de Benito – Cogotazo al cura

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Relato no recomendado para menores de 12 años.

Aquel día fue uno de los más tristes de mi vida. Enterrábamos a un amigo, y a pesar de que lo hacíamos entre sonrisas por el recuerdo, teníamos los corazones destrozados por su ausencia.

Todo iba “bien”, todo lo bien que puede ir teniendo en cuenta las circunstancias, hasta que el nuevo cura, un joven pavo real de cola esbelta y sotana ajustada, que atraía “solteronas” de la misma forma que la mierda atrae a las moscas, empezó con su sermón de despedida.

—¿Saben qué?

Comenzó el desgraciado, con una sonrisa angelical que nunca olvidaré. Las “solteronas” de la primera fila, asintieron y sonrieron como palomitas oyendo el arrullo del palomo buchón. Y hasta ellas se encogieron de hombros y se miraron unas a otras cuando el cura dijo:

—Me alegro de que Benito haya muerto.

Rogelio, cuya alergia a los lugares sagrados era conocida por todos, había aguantado el tipo en segunda fila. Al oír al cura, empezó a revolverse en el banco como si sus palabras hubieran desencadenado una reacción alérgica. Yo le di un golpe en el hombro a Amancio, y éste, conocedor de la psique de Rogelio y más respetado por él, lo miró y giró la cabeza de forma enérgica. El gesto era claro y evidente: una invitación a salir de la iglesia. Rogelio asintió y levantó las manos. ¡Tenía que haberlo echado, coño! Decía Amancio unas horas después. No Amancio, le dije, lo que teníamos que haber hecho es no obligarlo a entrar, y en eso tuve mucho que ver yo.

—¿Y saben por qué me alegro? —continuó el cura —. Porque ahora Benito podría estar junto al Señor.

Hasta San Pedro, que sostenía unas llaves que parecían más de una furgoneta que de las puertas del Cielo, resopló aliviado por la explicación. Una aclaración, que aunque levantó sospechas por su carácter condicional, quisimos abrazar e imaginarnos a Benito junto a su querida Amalia, allá arriba, donde decía el cura.

—Espero que haya sido perdonado por su pecado —dijo cerrando el evangelio que tenía sobre la mesa.

Belinda, que apenas podía mantenerse en pie del dolor y el cansancio, levantó la cabeza y miró al techo de la iglesia. Su hermana le besó en la mejilla y le ayudó a sentarse. No sabría como explicarlo… Belinda fue para Benito como un velero. Un navío que pasó de casualidad cuando él estaba nadando, casi sin fuerzas, en las aguas turbulentas de ese mar al que llaman tristeza. Benito había “superado” la muerte de Amalia, su primera mujer, pero aunque no lo decía, no acababa de encontrar una razón para seguir viviendo. Malaquías “el loquero”, tan delicado, decía que tenía una depresión como un burro, yo decía que no era una depresión, que estaba en medio de una búsqueda, y que sería una depresión cuando se quedara sin fuerzas para seguir buscando. No sé si me explico… Da igual, continúo.

El cura, que parecía acalorado, continuó con su sermón.

—Porque aunque nos cueste admitirlo, ¡Benito vivió en pecado!

El grito del cura resonó el la iglesia y el eco se le metió de tal forma a Rogelio en la cabeza, que a partir de ese momento, ya no escuchó nada.

—¡El matrimonio! —dijo el cura mirando a Belinda —. ¡Es sagrado! ¡Nadie! ¿me oyen? Nadie puede romper la cadena que el fuego de Dios forja con el santo matrimonio. Ni siquiera la muerte.

Las palabras del cura no tenían ningún sentido porque Belinda ni siquiera se había acercado a Benito antes de la muerte de Amalia, su esposa. Ahora, después de tanto tiempo, imagino, deduzco, que como cura recién llegado al pueblo, solo conocía la historia después haber sido distorsionada por las palomas arpías. Sí, el coro de “solteronas” que se giraron en ese momento y encontraron a Belinda en mi fila. Amancio, murmurando Dios sabe qué improperios, le devolvió la mirada y levantó el brazo intentando espantarlas. Pero Belinda no pudo más y, sollozando primero, y rompiendo en un llanto que conmovió a los presentes, salió de la iglesia entre murmullos.

—Vete con ella —le susurré a Rogelio.

—Lo veo mal, Amancio —dije.

—Tranquilo, ya queda menos.

—Éste la arma, Amancio, la va a armar.

—No, flaco, no te preocupes, le hablé muy clarito antes de venir.

—¡Silencio! —dijo el cura —. ¡Estamos en la casa del Señor!

El cura, alternando miradas celestiales con gestos demoníacos, tenía a los feligreses trastornados. No sabíamos muy bien cómo encajar aquellas palabras que empezaban a quemar las entrañas a todos los que conocíamos a Benito. Porque todo el que le conocía, lo quería, o como poco, lo apreciaba.

Después llegaron unos minutos de oratoria eclesiástica protocolaria o como diablos se llame, durante los cuales, se firmó una tregua en el templo. Pero duró poco, casi nada, porque el sacerdote puso la mano sobre el féretro y negando con la cabeza, dijo:

—Es que tengo que decirlo.

En ese momento, Rogelio entró con Belinda cogidos del brazo. Con ellos volvió el murmullo, y la mirada acusadora del palomo buchón, hizo levantar el vuelo de sus palomitas, que, arreboladas, murmuraron sin complejos cosas que prefiero no citar. ¿Y qué será lo que tiene que decir éste tío? Pensé, y no tardé en salir de dudas.

—¡Me negó la extremaunción! —dijo.

Se la tenía guardada, susurró Amancio, este cabrón se la tenía guardada. Sonreímos recordando el momento en el que el cura había llegado a la casa de Benito. El cojo esperaba su momento. Estaba tendido en el sofá porque no quería morir en una cama (como su madre). Tenía más del cuarenta de fiebre, convulsiones y delirios. Que yo recuerde, esa noche solo dijo dos cosas con cierto sentido. La primera fue que había querido a sus dos mujeres con locura, y que deseaba de todo corazón, que Belinda lo recordara con cariño, pero lo justo para poder rehacer su vida y volver a ser feliz en compañía. La segunda fue un deseo. Nos pidió a los amigos que estuviéramos pendientes de ella y que nos dejáramos secar los naranjeros de la finca en la que tantos y tantos tenderetes despachamos. Después de eso, todo lo que dijo fueron palabras en las que mezclaba recuerdos, deseos y algún que otro arrepentimiento (muy pocos).

Cuando ya estaba más calmado, el cura, en traje de gala, entró por la puerta grande, con un incensario en las manos, erguido, sonriente y con una actitud solemne que hizo que el silencio se volviera absoluto en aquella fúnebre estancia.

—Hola, hijo —dijo con una voz que parecía más de niño cantor de Viena que de sacerdote.

Benito abrió los ojos y lo miró extrañado. A juzgar por el gesto, me atrevo a decir que estaba pensando: ¿Quién coño es éste?.

—Soy el nuevo sacerdote —respondió.

—Ah —dijo Benito.

—¿Quieres arrepentirte de algo?

—No —dijo Benito con dificultad —, bueno, sí.

El cura sonrió y dijo:

—Dime, hijo, confiesa, Dios te escucha.

—Si no le importa —dijo Benito.

Pasó la lengua por las comisuras y añadió:

—Lo trataré con su jefe directamente.

El cura, presa de un arrebato, se revolvió, me empujó y dijo:

—¿Quieres la extremaunción o no?

Benito ya no podía o no quería contestar y se mantuvo en silencio.

—Déjelo, padre, está muy débil —dijo Marcial, médico y amigo de Benito desde la infancia.

—Espere, padre, le acompaño a la puerta —dijo Belinda.

El cura la miró con desprecio y salió del cuarto empujando a todo el que se le ponía delante. En este maldito pueblo, hasta los moribundos son… el final del despotrique no lo oí porque ya había salido de la casa.

—¿Qué le pasó al buchón? —dijo Rogelio, que había salido a fumar a la calle —. Parece que ha visto al maligno, ¿recuerdas, Benito?

Rogelio le cogió el brazo y Benito sonrió dejándonos el recuerdo de su última sonrisa. Y se apagó su luz.

El cura, que se había marchado sin despedirse de nadie, ahora estaba ahí, en el altar mayor, despechado y me atrevería a decir que algo desequilibrado. Ese niño no estaba bien. Si le hubiera visto la cara a Rogelio, habría encontrado el equilibrio de forma inmediata, pero desgraciadamente se la vio cuando era demasiado tarde, junto después de decir:

—Si de mi dependiera, vuestro hermano iría al Cielo, peeeero…

¿El llanto de Belinda o el murmullo del palomar? Rogelio, arrepentido en el cuartelillo de la Guardia Civil, no supo decir cuál fue el detonante de su reacción, pero yo creo que fue una combinación de ambos. El hecho es que se levantó sin decir nada, recorrió la nave lateral de la iglesia y pasó frente a la sacristía. El único en la iglesia que no lo vio venir fue el cura, que lo tenía en el ángulo muerto del rabillo del ojo. Rogelio, casi sin detenerse, le dio tal cogotazo al cura, que tiró al suelo la custodia y estuvo a unos pocos centímetros de cabecear el cáliz sagrado. Amancio se echó manos a la cabeza y el pobre cura se agarró la sotana y salió corriendo por el pasillo central de la iglesia. Cuando llegó a la altura del coro, se giró, parecía que quería decir algo, pero Rogelio, que seguía en el altar, le dijo: “¿Qué?”, y el cura dio unos pasos de espalda, se trastabilló con los cuatro o cinco escalones de la entrada, rebotó en el suelo y siguió corriendo.

Al día siguiente, Rogelio entró en el Comandante con una sonrisa y una copia de la denuncia del cura. El parte médico decía algo así como que había sufrido un leve esguince cervical (de grado 0) y graves daños psicológicos y/o emocionales.

—Aún no me lo creo —dijo Rogelio —, mirando a la esquina de Benito.

Álvaro había colocado un retrato sobre su banqueta, la que cada tarde traía de casa y cada noche devolvía a su cuarto de baño. Nadie recordaba cómo ni cuándo, pero había llegado al bar.

—Nadie sentará ahí —dijo Álvaro desde la barra.

—¿Cómo que nadie se sentará ahí? —dijo Rogelio —, lo que faltaba.

Se levantó, se dirigió a la esquina y cuando se sentó, las tres patas de la banqueta se partieron y salieron rodando por el suelo. Rogelio, el retrato y la copa cayeron al suelo entre las risas del resto.

—Ha sido él —dijo Amancio —, desde el Cielo.

—Sí —dijo Álvaro —, ha sido Benito y los ciento veinte kilos de Rogelio.

Marcial, de la misma quinta de Benito, solía contar una y otra vez las desventuras que vivieron juntos en la península. Los dos habían estado en el frente y decían que la sangre derramada une más que la heredada. Marcial era hombre de poca palabra y lágrima fácil. Sus hijos no lo dejaron ir al entierro porque estaba algo delicado del corazón. Se levantó tambaleándose, sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se dirigió a la esquina. Cogió el retrato de Benito del suelo, le dio un beso, sobó el cristal con el pañuelo y dijo:

—¡Párroco, parroquianos, me voy a la puta calle!

Recogió la banqueta y las patas, se las puso debajo del brazo y se fue calle abajo. Al día siguiente la devolvió a su sitio arreglada y barnizada.

Después de ese día, al final de cada noche, siempre hubo un parroquiano que recitara las palabras con las que Benito, después de despertarse borracho en su esquina, se despedía de los que habíamos tenido la suerte de sentir su presencia.

Esa noche, la primera sin Benito, fui yo quien se tabaleó borracho para salir del bar calle arriba. Y aproveché que no había banqueta, para tomarme la libertad de cambiar la despedida:

—Va por ti —dije —, siempre estarás con nosotros.

…Y, a partir de ese día, no dejaron de pasar cosas extrañas en el Comandante… Pero, como decía Michael Ende en su Historia Interminable, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

FIN

GRR_

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