El extraño caso de Benjamín el flaco

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Nunca subestimes los efectos psicotrópicos de un vino en mal estado.

Aquella tarde de Enero, Benjamín “el flaco” volvió de la oficina más tarde de lo habitual. Como en otras muchas ocasiones, decidió entrar en el Bar La Esquina, un local que no era un bar ni estaba en una esquina. Era una panadería con una barra de aluminio y dos mesas de plástico. No había mejor excusa para tomarse unas cañas, que bajar a por el pan y el periódico. Con esa idea de empresa, abrió Amancio una panadería en la que casi siempre faltaba pan, pero nunca el periódico. Con esa misma filosofía, plantaba almas en pena en la barra y las regaba con buen ron y el peor de los vinos. En honor a su propietario o por miedo a su hija, nunca se molestó en quitar el rótulo del bar de su suegro.

Benjamín era una de esas almas. Un muchacho algo solitario pero amable y noble. Tenía un problema que todos conocían, pero del que nadie hablaba en su presencia. Había muerto hacía dos semanas. Una trombosis lo dejó tieso y azul en la panadería de Amancio. Cuando lo fuimos a enterrar, yo era uno de los que cargaba con el ataúd. Caía la tarde con un naranja que barruntaba una noche tranquila y sin luna. Acercándonos al lugar del enterramiento, notamos que algo se movía en la carga. “Se habrá metido una rata”, dijo uno. “Ya me parecía a mí que pesaba mucho”, dijo otro. “Imposible”, dijo el de la funeraria desde atrás. Paró el temblor y seguimos con nuestra marcha fúnebre. Llevábamos a nuestro amigo Benjamín a su lecho eterno, o eso creíamos nosotros. Cuando estábamos junto al nicho dónde el sepulturero, con cara de querer irse, tenía preparado sus aperos, se oyó:

—¡Que me saquen!  —Luego se escucharon tres o cuatro golpes que retumbaron en todo el cementerio y añadió: —¡Cabrones!

Una cuarta parte de los asistentes salieron corriendo ladera abajo. Muchos pasaron por el centro de salud con magulladuras. Otros, la mayoría, llegaron con lo que el médico llamó una crisis de ansiedad. Amancio decía que estaban cagados de miedo, en algunos casos de forma literal. Los más valientes, se echaron manos a la cabeza y miraron al de la funeraria.

—¡Bendito sea Dios! A quién se le ocurre enterrar a un cristiano vivo —dijo una señora mirándole de reojo.

—Y en el siglo veinte —dijo otra.

—Veintiuno, abuela —dijo su nieta.

—¿Qué culpa tengo yo, señora? Vaya a quejarse al médico, que le dio el certificado de defunción.

—¡Que me saquen, coño! —decía Daniel desde su ataúd.

—Abra la caja, cristiano —dijo Amancio, el de la panadería.

Cuando Daniel salió del ataúd, lo hizo insultando a los presentes, ausentes, santos, vírgenes y reliquias varias. Allí solo quedábamos los portadores del no muerto. Conservaba su mirada y sus gestos, pero le faltaba el color de la vida. Tenía otro color, el mismo color incoloro que habíamos estado viendo en el velatorio. Con más insultos, éstos dedicados a los que insistimos en acompañarle al médico, llegamos a su casa y llamamos a Aureliano, el médico.

—Este chico está muerto —diagnosticó el experimentado doctor.

—Deme eso, cristiano —dijo Amancio quitándole el estetoscopio.

—¿Pero tú sabes usarlo, Amancio? —dije.

—¡Que sí coño, cállese! Del cuartel, tres benditos años —dijo Amancio.

Luego le cogió la muñeca y negó con la cabeza. Le colocó los dedos índice y corazón en el cuello y volvió a negar. Ya desesperado, puso su oreja sobre el pecho y, como el mismísimo San Pedro, negó por tercera vez.

—Este chico está muerto. Que en paz descanse —sentenció persignándose.

—Muerto por aquí  —dijo Benjamín agarrándose y sacudiendo sus partes nobles.

Se fue a su casa y al día siguiente fue a trabajar como si nada hubiera pasado. En el trabajo le ofrecieron unos días libres. Los rechazó alegando que necesitaba mantener la cabeza ocupada. A medida que pasaban los días, el aspecto de Daniel era cada vez más de muerto. Y si el aspecto puede ignorarse con cierta facilidad, con el olor no era tan fácil. Todo el pueblo, de orilla a orilla, olía a Benjamín. El cura mandó a los monaguillos a quemar incienso de sándalo por todos los rincones. El sahumerio funcionó durante los primeros días. Pero al final, los monaguillos se cansaron de hacerlo, y el cura se cansó de insistir para que lo hicieran.

Con el registro de entrada del ayuntamiento desbordado de quejas y reclamaciones, el alcalde convocó un pleno extraordinario. Tenía un único punto en el orden del día: El extraño caso de Benjamín el flaco. Trataron de evitar que Benjamín estuviera presente.  Pero apareció justo en el peor momento.

—Sintiéndolo mucho, como alcalde, me voy obligado a presentar una moción de expulsión del vecino Benjamín Montes. «Expulsión… Expulsión…Expulsión» —retumbó de forma lenta y rítmica en el pensamiento de Benjamín.

—¡Despierta, Benjamín!  —dijo Amancio —Mira cómo me tienes la barra llena de baba.

—Tira ese vino, Amancio, ¡por dios! —dijo Bermúdez al ver la cara de Benjamín. —Tiene al pobre chico trastornado.

—¡Estoy vivo! —dijo Benjamín —¡Otro vino, Amancio!

FIN

GRR_

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