El fin del mundo

Tiempo aprox. de lectura: 9 min

Aquel día no se hablaba de otra cosa que del fin del mundo.

—Ríos de sangre —decía el loco del pueblo—. Si es que lo dije, coño.

Y es posible que lo dijera, pero eran tantos los disparates que salían de su boca, que nadie le hacía caso. ¿Quién iba a pensar que Marcial se convirtiera en el mismísimo ángel anunciador? Pues, solo él, la verdad, que lo venía repitiendo una y otra vez desde hacía años.

Los ríos de sangre estaban surcando el cielo desde las diez de mañana, poco más o menos. La raja de fuego apareció antes. Según Marcial, llevaba allí desde que el primer ángel del Apocalipsis, salió de las entrañas de la tierra, y a lomos de un dragón negro, rajó el cielo con una espada forjada en el infierno.

—¿Y cómo sabes que está forjada en el infierno? —dijo uno.

Marcial negó con la cabeza y dijo:

—Pues, joder, porque me lo dijo.

El primero en ver el cielo hendido fue el panadero. Después de preparar el amasijo y prender la aulaga que calentaba el horno de canto, maestro Manuel, como se le conocía en el pueblo por su pasado frustrado como albañil, salió al corral a fumarse un kruger, y buscando resquicios de un amanecer que él sabía que tardaría en llegar, vio una raya que partía el cielo en dos. La siguió con la mirada. Salía del mar que lleva a Venezuela, recorría todo el cielo y se perdía en las montañas.

Manuel, con la calma que le caracteriza y que tanto desespera a sus vecinos, buscó a Mariano, el sereno, y lo encontró borracho en el banco de la plaza de la iglesia.

—Hay que ver —dijo el panadero—, un sereno templado.

Lo cogió por el hombro y lo sacudió hasta que estuvo a punto de caer del banco. El sereno se soltó y se dio la vuelta hacia el otro lado. Manuel, viendo que no había forma de despertarlo, optó por la vía rápida: Lo agarró por los “fondillos”, lo levantó dos palmos de las tablas del banco y lo puso en pie. Luego le dio dos “cachetones” con más fuerza de la necesaria y dijo:

—El cielo está partido, avisa al alcalde.

Mariano se tambaleó, se restregó los ojos, miró hacia el cielo y dijo:

—Más se perdió en la guerra de Cuba.

Y volvió a cerrarlos. Manuel lo dejó sobre el banco y fue a la casa del cura. Por el camino se encontró con Marcial, y el loco lo puso al corriente de lo que estaba por pasar. Mira, Manuel, dijo Marcial, esos hilillos que se ven por ahí, son ríos de sangre. El panadero, más por costumbre que por intención, asintió sin prestarle atención.

Todo el pueblo sabía que al cura era de noches largas y mañanas cortas. Su sueño era pesado y sus sábanas, pegadizas. Así que Marcial golpeó la puerta con fuerza y el sacerdote abrió lo justo para dejar ver su mal despertar.

—¿Y?

—Padre, el cielo está partido.

—El fin del mundo —dijo el loco.

—¿Y quién eres tú hoy?

—Un ángel.

—Manuel, por amor del Dios, ¿cómo se te ocurre hacerle caso a este hombre?

—Mire, padre, haga el favor de mirar.

El cura asomó la cabeza, levantó la ceja y cerró la puerta. Salió colocándose la sotana y el alzacuellos. Se dirigieron a la iglesia y repicaron las campanas hasta que el pueblo entero se congregó junto a la puerta.

Tal y como había presagiado Marcial, los ríos de sangre ya surcaban el azul del cielo, y la raja, ahora sí, ya dejaba ver llamaradas de fuego que se difuminaban después de retorcerse como el rabo de un lechón. Según el loco, esa era la puerta al infierno por lo que entran los que no superaran el juicio final. Curioso, dijo el cura, la entrada al infierno es por el mismo cielo. Luego añadió:

—¿Alguien ha visto al alcalde?

—¡No!

—Seguro que hay una explicación para ésto —dijo el cura.

El alcalde entró en la plaza balanceando la tripa financiada por los cuatro terratenientes que tenían al resto del pueblo esclavizado. Tres de ellos le acompañaban en su entrada a la plaza. Nadie sabía nada del cuarto desde hacía unas semanas. El alcalde se abrió camino entre el tumulto mientras se ajustaba el cinturón y terminaba de abrocharse los botones de la camisa. Calzaba dos zapatos diferentes y un sobrero de copa más ladeado de la cuenta.

—¡No saben que está prohibido reunirse sin permiso?

Los dos guardias civiles del pueblo, que habían llegado unos minutos antes, se cuadraron y le siguieron hasta el altillo de la entrada. El sacerdote señaló hacia el cielo y alcalde, después de mirar unos segundos, dijo:

—No hay excusa para incumplir las ordenanzas.

—Dice el loco que es el fin del mundo —dijo el cura.

—¿Y usted qué cree? Se supone que es la máxima autoridad en el asunto, ¿no?

—No lo sé —dio el cura—. No recuerdo leer nada de ríos de sangre en las Santas Escrituras. Recuerdo trompetas, dragones, corderos y hasta prostitutas, pero de ríos de sangre y rajas de fuego, nada de nada.

—Pues pongámonos en el peor de los casos. ¿Qué hay que hacer?

El cura se echó mano al cogote, agachó la cabeza y dijo:

—Confesarse.

—¿Todos? —preguntó uno de los guardias civiles.

El cura miró hacia la multitud, luego hacia el cielo y dijo:

—Bueno, no, yo creo que bastará con pedir perdón.

—¿Seguro? —dijo el loco—. Mire que estamos hablando del juicio final.

—¿Y los asesinos? —dijo alguien.

—¿Y los infieles? —dijo otro.

—¿Y los niños? —dijo una madre.

—Eso, ¿y los niños? —dijo otra—, ¿Qué culpa tiene este infeliz?

El niño miró hacia su perro y dijo:

—¿Y qué pasa con los perros, mami?

El sacerdote cruzó la mirada con el podenco, y agobiado con tanta pregunta, habló de que Dios perdonaría a todo el que se arrepintiera de corazón. Hasta a los perros, dijo, y todos las criaturas de la Tierra. También dijo que en un caso como este no sería necesario el sacramento de la confesión, que teniendo en cuenta las circunstancias, estaba seguro de que Dios haría la vista gorda y pasaría por alto las formalidades.

—¡Arrepentimiento sincero! —sentenció el cura orgulloso de su creatividad.

—¿Solo eso? —insistió el asesino—, mire que…

—Por cierto —le dijo uno al asesino —, y al final, ¿fuiste tú?

—Sí, pero en defensa propia. Mira lo que me hizo.

El otro miró el perfil del asesino y asintió.

—Guarden silencio, por favor. El señor del parche, hable.

—Padre, ¿qué pasa si no cuela?

—No te entiendo.

—Si no se lo traga, hombre, si Dios no se lo traga en el juicio.

—Un poco de respeto —dijo una anciana —, le está hablando al cura.

—La señora tiene razón —dijo la madre.

—Pues, que sintiéndolo mucho, irás al infierno —dijo el cura.

—Joder, ¡qué putada! —dijo el asesino.

—Ave María Purísima —dijo la anciana.

—Marcial, venga aquí un momento.

El loco salió de entra la multitud, miró de reojo hacia uno de los guardias civiles y se colocó entre el cura y el alcalde.

—Padre, por Dios, que es el loco del pueblo —susurró el alcalde.

—Pero, señor alcalde, dice que es el ángel anunciador.

El alcalde se dirigió al loco y le dijo:

—¿Tú? ¿Ángel anunciador? ¿Con qué autoridad?

—Con la del Creador —dijo el loco.

Uno de los guardias civiles se acercó y le dijo algo al oído al alcalde, que asintió, esperó que el agente se alejara y dijo:

—Una prueba.

—¿Una prueba? —preguntó Marcial.

—¿Te crees que cualquier loco puede agenciarse un cargo en mi municipio sin más?

—No es por nada, señor alcalde —dijo maestro Manuel —, yo de ésto no sé mucho, pero creo que…

—¡Silencio! —dijo el alcalde.

El cura había levantado el dedo índice para darle la palabra al panadero, al fin y al cabo, maestro Manuel siempre había demostrado ser un buen cristiano y un hombre de muy buen juicio, honrado y trabajador donde los hubiera, pero el cura bajó la mano al oír al alcalde.

—Una prueba o desaparezca de aquí —dijo el alcalde.

El loco levantó los brazos y miró hacia el cielo.

—Ya le oye, Señor. El alcalde quiere una prueba.

Todos se callaron durante unos segundos. El alcalde empezó a reírse a carcajadas, y la risa tonta, como suele ser habitual, se fue contagiando al resto de los presentes.

—No, hombre, tampoco hace falta ponerse así —dijo el loco sin dejar de mirar hacia el cielo.

Las risas subieron de tono y hasta el cura, al que nadie le había visto reír nunca, se dobló hasta poder besarse las rodillas. El pobre Marcial, que parecía estar escuchando las palabras de alguien, asintió, y con una voz que no parecía la suya, dijo:

—¡Y reduciré a polvo a todo aquel que ose burlarse de un ángel anunciador!

Cuando resonaron esas palabras, todos se callaron menos el alcalde, que seguía poseído por la risa.

—¿A polvo? —dijo —. ¡Ay mi madre, qué me meo!

—A polvo —repitieron los guardias civiles.

El loco se encogió de hombros, negó con la cabeza y cuando se abrió hueco entre los asistentes para salir de la plaza, se abrió un boquete en el cielo, poco más o menos que del tamaño de un sol de verano, y se vio un resplandor que cegó a los presentes durante unos segundos.

—Huele cochino quemado —dijo un niño.

—Sí, como cuando padre los quema —dijo su hermano.

—¡La madre de Dios hecha hombre! —dijo el asesino con las manos en la cabeza.

Ya no había alcalde ni guardias civiles, solo cenizas que se levantaban del suelo al mínimo movimiento de aire.

—Ave María Purísima —volvió a decir la anciana.

—¿No quería una prueba? Ahí la tiene —dijo Marcial.

—Ven aquí, hijo —dijo el cura mirando hacia el loco—, yo te creo. ¿Y a qué hora es el juicio?

Marcial miró el reloj y dijo:

—Calculo que a las doce.

—¿Y qué viene ahora?

—Por lo visto, se va a abrir la tierra y saldrán bestias.

—¿Qué tipo de bestias?

—Ni idea, padre, hasta ahí llego.

—¿Y luego?

—Dice que oscuridad. Mire, ya empieza.

La tierra empezó a temblar, y algo parecido a un eclipse, pero que empezaba desde el centro, y crecía rápido y concéntrico, empezó a cubrir el sol hasta que la única luz que se podía ver era la que desprendía el fuego del cielo.

Los vecinos empezaron a correr de un lado para otro. Cuando se tocaban entre ellos, pensando que habían topado con una de las bestias de las que había hablado Marcial, miraban al cielo y soltaban todo lo que le pasara por la cabeza y que consideraba pecado. Y entre ruegos, oraciones y otros comentarios que es mejor olvidar, entró el sereno en el plaza con la mano en la cabeza.

—¿Y eso? —dijo maestro Manuel, que hasta en una situación como esa, mantenía una calma.

—Sí, maestro Manuel, dos buenos cuernos —dijo el sereno.

—¡El maligno! —dijo Marcial.

—Bueno, no, más bien uno de sus mensajeros.

—¡Fuera de aquí! —dijo el cura.

—Solo vengo a decir una cosa.

—Pues, dígala, cristiano —dijo el panadero mirando al cielo—, que de tiempo vamos justos.

—Que dice él, que el que quiera salvarse solo tiene que decirlo.

—¿Y ya está? —dijo el asesino.

—Eso dice. Yo ya me apunté —dijo el sereno.

—¿Cómo hago para apuntarme?

—Firme aquí y listo.

—Espera —dijo Marcial.

El asesino le quitó el pergamino al sereno y firmó sin leerlo.

Y mientras se formaba una fila para apuntarse en la lista del maligno, el panadero se acercó a Marcial y le preguntó que si podía hablar con Dios a solas.

—¿Y qué quiere decirle?

—Hombre, viendo lo visto, no sé si apuntarme con el sereno.

—Usted mismo.

—No, hombre, no se ponga así. Solo es para saber lo que me espera en el juicio.

El sereno, que estaba escuchando lo que decían, interrumpió diciendo:

—Eso que dicen del infierno… Nada de nada, para meter miedo.

—¿Y lo de quemarse eternamente? —preguntó maestro Manuel.

—Mentira cochina.

—Lea —dijo el sereno entregándole un pergamino.

—Pues no parece mal asunto, la verdad.

—Pero, hombre, piénselo bien, que se va al infierno —dijo Marcial.

—Escuche, Marcial, tu jefe llenó de sangre el cielo y luego le pegó fuego. Ahora dices que van a venir las bestias y luego la oscuridad. No me diga usted, que no es para desconfiar un poco.

—Sí, bueno, pero eso es porque está el hombre algo enfurruñado.

—¿Y qué culpa tengo yo? ¿Y este alma de Dios? —dijo el panadero.

El niño, que estaba en brazos de su madre, detuvo el llanto y miró hacia el sereno, que dirigió la mirada hacia el cielo y balanceó la cabeza. Entre las llamas que cubrían el cielo, se abrió un hueco y de él salió una luz que solo vio maestro Manuel. El reloj del campanario se detuvo.

—¿Dónde estoy? —dijo el panadero.

—Conmigo.

La voz venía de todas las direcciones.

—No me parece bien —dijo el panadero.

—¿Acaso podrías hacerlo mejor?

Y el panadero por primera vez en su vida, dejó de lado su humildad y dijo:

—Pues, sí.

—Pues, adelante —oyó.

Manuel despertó aturdido en una cama que no conocía. Se levantó y recorrió una casa que tampoco había visto nunca. Salió a la calle y se dirigió al ayuntamiento. Mientras caminaba se encontró con varios vecinos, los saludó, pero ninguno le devolvió el saludo. Cuando llegó al despacho del alcalde, estaba reunido con los tres empresarios.

—¿Y qué gano yo con eso? —dijo el alcalde.

—Un treinta por ciento —dijo uno de los empresarios.

—¿Y los campesinos? Lo perderán todo.

—El progreso tiene su precio —dijo otro de los empresarios —. Ya se irán buscando la vida como puedan.

—¿Y qué pasa con el otro?

—De ese ya nos hemos encargado. No dirá nada.

—¿Seguro?

—Seguro.

El alcalde asintió y firmó el contrato.

—¿Has sentido eso? —dijo el alcalde.

—¿El qué? —dijo uno de los empresarios.

—No sé, serán cosas mías.

El panadero se dirigió a la iglesia. El cura estaba con el recuento mensual de la limosna. Un buen mes, sí señor, dijo. Por cada diez monedas que contaba, metía tres en su monedero.

—¿Pero, padre, qué hace? —dijo el panadero.

Pero el cura ni siquiera le miró.

El panadero estuvo de un lugar para otro, siempre viendo como muchos de los vecinos pecaban de un montón de formas. Cuando se le agotó la paciencia por primera vez en su vida, se sentó en la ermita de la colina y se tapó la cara con las manos. Luego miró al cielo y grito:

—¡Quiero despertar de una vez!

Y oyó a la misma voz del sueño diciendo:

—¿A que no es tan fácil, eh, Manuelito?

Pero el panadero se repuso, cogió el lápiz que siempre tenía sobre la oreja, luego abrió la agenda que usaba para apuntar los pedidos y anotó:

“Lunes: Hacer lista de los buenos.

Martes: Hacer lista de los malos.

Miércoles: Enviar notificaciones.

Jueves: Escuchar quejas y reclamaciones previas al juicio.

Viernes: Juicio Final.

Sábado: Apocalipsis. Rápido y sin dolor.

Domingo: Descansar.”

Cerró la agenda y dijo:

—Un cigarrito y empiezo.

Y empezó.

—¿Quién diablos te habrá dado esa paciencia? —dijo Dios.

Y el maligno sonrió y dijo:

—A todo cochino le llega su San Martín.

FIN

Imagen: Pintura de ZDZISLAW BEKSINSKI.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.