El humo del romero

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Gabriel se miró en el espejo y vio su pecho abierto por una herida en forma de aspa. Detrás, a su izquierda, un desconocido con alzacuellos y sin cara le ponía sus manos sobre los hombros desnudos. Gabriel miró hacia abajo y vio que sostenía un corazón con incrustaciones de hielo y acero.

—¡Despierte, ahora! —dijo el doctor —. Tranquilícese, Gabriel, ya estamos cerca. Solo tenemos que profundizar un poco más. Pase por recepción y dígale a Mariano que le dé cita para el próximo miércoles.

Fuera ya había anochecido y una luna de sangre intentaba pasar desapercibida entre las nubes.

—¡Señor¡ Mire, es un presagio —dijo la gitana señalando la luna —. Mañana cambiará tu destino.

Se acercó y le dio una rama de romero. Colócala debajo de la almohada, y cuando despiertes, quémala con un cirio rojo. Gabriel le dio una moneda y tiró la rama al cruzar la calle. Aún si haberse dormido, oyó que alguien tocaba en la puerta. El reloj del salón dio doce campanadas mudas. Se levantó, abrió la puerta y vio que sobre el felpudo habían dejado la rama de romero junto a un cirio rojo y una moneda.

Gabriel entró en la casa, encendió el cirio y quemó la rama. El humo escribió en el aire:

“Debes extirpar el frío y proteger el calor, pues solo la verdad liberará tu amor”

Dos años después, Gabriel contó por primera vez su experiencia en una conferencia sobre pederastia. Al terminar la charla, le pareció ver a la gitana entre los asistentes. La siguió hasta la calle. Cuando la llamó, la gitana se giró, sonrió y se esfumó en la oscuridad.

FIN

GRR_

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