El juego de las verdades

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El miedo es el camino hacia el lado oscuro, el miedo lleva a la ira,
la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro.

(Yoda a Luke Skywalker)

Mientras esperaba el salto de las tostadas, Julia le dijo a su marido que quería que se acostase con Vanessa, su mejor amiga.

—¿Este viernes?

—Sí, o antes, si puedes.

David arrugó la frente, juntó aún más las cejas, tomó un sorbo de café y dijo:

—Pues no le encuentro la gracia, la verdad. A estas horas voy un poco justo de humor.

—Te lo digo en serio —dijo Julia untando la segunda tostada —. ¡Joder! ¿Las prefería con miel?

—¿Qué querías decir con eso?

—Hace tres meses que voy a un psicólogo. Ayer me dijo que mi problema no son los celos. Es el miedo.

—¿El miedo? —dijo David colocando un cigarrillo sobre la mesa.

—Sí, el miedo a que me pongas los cuernos.

—Pues sí que es inteligente ese psicólogo.

—Me dijo que la única forma de superarlo, es enfrentándome a él.

—Sí, señor. Muy inteligente, ese psicólogo.

—Por eso necesito que lo hagas.

—¿Estás hablando en serio? ¿Vanessa? ¿Tu amiga Vanessa?

—Ya he hablado con ella, lo hará por mí.

—Pues sí que es buena amiga.

—Te llamará esta tarde para que se organicen.

—Ahora lo entiendo —dijo David tirando el cigarrillo a la basura y forzando la sonrisa.

—Mírame, David, esto va en serio, ¿me oyes? Si no lo haces, te juro que te dejo.

—Tengo que irme, llego tarde.

David recibió el primer mensaje de texto mientras entraba en la sala de profesores, decía algo así como:

“¿Hoy a las ocho en mi casa?”

David lo borró sin responder. No quería ni verlo. Cada veinte minutos recibía otro mensaje con el mismo texto. Abrir, borrar, ¿está seguro? Sí. Diez minutos después de borrar el cuarto mensaje, recibió una llamada de su mujer: “En cinco minutos tienes tu última oportunidad”, y cortó. Cinco minutos después recibió otro mensaje igual al resto. David miró el reloj, entró en clase y abrió el libro por el capítulo diez. Luego cogió el móvil y escribió: “Sí, me parece bien”.

—Buenos días. Hoy vamos a ver la integral de Riemann y las funciones integrables.

Puso el teléfono en silencio, lo guardó en la mochila y continuó con la clase.

Cuando me lo contaba en el almuerzo, no lo podría creer. Pero David no es el tipo de persona que pierde el tiempo con bromas. Sus conversaciones, hasta las cotidianas, siempre tienen un aire trascendental que captan la atención de los que le conocemos. Los que no, lo etiquetan como un tipo raro y buscan una intención oculta en sus palabras. Nunca la encuentran. Porque David es el tío más sincero y directo que conozco.

—No pienso ir. Me parece un juego infantil y de mal gusto —dijo.

—Haz una cosa —le dije —Pasa por la casa de Vanessa y habla con ella. Seguro que lo entiende, convencerá a tu mujer. Se conocen de toda la vida.

—Está bien. Pero tienes que venir conmigo. Quiero que alguien de confianza escuche todo lo que nos digamos. Julia pondría la mano en el fuego por ti, así que no se me ocurre nadie mejor.

David sacó un cigarrillo, lo dobló sin encenderlo y lo lanzó a una papelera.

 

¿A que parece un buen consejo? Eso pensé mientras David pagaba el almuerzo. Pues no. La jodí… y bien jodida. ¿Y qué me dicen de tener la posibilidad de estar presente en el momento clave? Sí, yo también creía que era una ventaja, pero no, tampoco lo fue.

David volvió a casa más temprano de lo habitual. Le extrañó que su mujer no estuviera esperando cargada con la batería de preguntas. Aún era temprano para la más clásica: ¿por qué llegas tan tarde? Tampoco era día para “¿Y ese olor a perfume?”, más típica de principios de semana. Si no fuera porque no se encontraba en casa, aquel día hubiera sido un día perfecto para un “¿Por qué llegas tan temprano?”.

¿Qué cómo sé todo esto? Pues por dos razones. Por un lado, siempre he sido una especie de buzón de quejas y reclamaciones, tanto de Julia como de David. En varias crisis de pareja, y luego de matrimonio, fui una especie de negociador. Escuchaba las dos versiones, reflexionaba y daba mi opinión. Al principio era imparcial. Pero poco a poco, casi sin darme cuenta, fui acercándome a Julia y alejándome de David. ¿Por qué? Lo fácil es pensar que por la atracción que sentía hacia ella. Todos se sienten atraídos por Julia, ni siquiera en eso soy especial, y seguro que ha tenido que influir. Sin embargo, la razón principal, y de esto sí que estoy seguro, es la necedad. Cuando intento aconsejar a David, me siento un imbécil, un idiota. ¿Cómo puedes aconsejar a Da Vinci sobre pintura cuando no has cogido un pincel en tu vida? Bastante más fácil era aconsejar a Julia. Resulta más sencillo entenderse entre necios. Al fin y al cabo, hablamos el mismo idioma.

David, aún extrañado por no haberse encontrado con su mujer, se presentó en mi casa diez minutos antes de la hora convenida, y fuimos juntos a la de Vanessa.

—Pasa —dijo Vanessa después de abrir la puerta —. ¿Y éste qué hace aquí?

—Viene conmigo —dijo David —. Necesito hablar contigo.

—Sí, pero entra en casa. Tú te esperas ahí —dijo Vanessa señalándome.

Ellos siguieron hasta el dormitorio y yo esperé en el salón.

—No cierres la puerta, por favor —dijo David —. Quiero que Marcos escuche lo que voy a decir.

—Con testigos, está bien —dijo Vanessa.

—¿Qué se supone que tienes que hacer?

—Ya sabes, Julia te lo dijo muy clarito, ¿no?

—No pienso entrar en este juego. Es ridículo.

—Se lo prometí.

—Escúchame, Vanessa, por favor. Julia debe estar mal para pedirte una cosa así. Y tú no tienes por qué entrar en un juego que nos hace daño a todos. ¿Qué haces?

—¿Es que no lo ves?

—¿Estás loca, Vanessa? ¿Es que no me has oído?

—¿Loca? ¿Yo? ¡Mírame, capullo! ¡Que me mires, joder! —dijo Vanessa llorando.

—Nunca le he sido infiel a Julia, y nunca lo seré. ¡Yo no soy así! ¿Lo entiendes? ¿Lo oyes bien, Marcos?

—¡Sí! Lo oigo.

—Ven aquí, Marcos. Así escuchas mejor lo que voy a decir —dijo Vanessa.

—No lo hagas.

—Yo no voy a hacer nada, ¿es que no has oído a David? Pero para no aburrirnos, vamos a jugar a las verdades. Empiezo yo. No, mejor, empieza tú, Marcos

—Esto es una locura, Vane. Déjalo ya —dije.

—Está bien, pues empezaré yo. Primera verdad: Julia, tu mujer, la que ha organizado todo esto, es una de las peores personas que conozco. Está en ese vestidor esperando que me beses. Te toca —dijo señalando a David.

—Déjalo ya, Vanessa.

—¿Marcos? ¿Alguna verdad?

Vanessa le dio dos patadas a la puerta del vestidor y, con los brazos en jarra, dijo:

—¿Por qué no sales, amiga? Así participas en el juego. Lo estamos pasando como nunca ¿no, Marcos?

—Ya está bien, Vanessa —dije.

—Esto no le hace ningún bien a nadie —dijo David.

—Sí que me lo hace. Otras dos verdades y ganaré la partida. Ahí va la segunda: Marcos, este capullo que dice ser tu amigo, es el amante de tu querida Julia. Él es un idiota más de una lista enorme. Una lista que empezó a escribirse el mismo día de tu boda.

Vanessa se sentó en el borde de la cama y se puso las manos en la cara. Estaba llorando. David sentó a su lado y dijo:

—Vete, Marcos.

Vanessa se secó las lágrimas y dijo la tercera de las verdades, la suya, la que había mantenido en secreto durante más de cinco años.

—David, te quiero desde la primera vez que te vi.

David la miró extrañado. Luego le susurró algo al oído.

—¿Julia? Si estás en ese vestidor, no es necesario que salgas. En una hora pasaré a recoger mis cosas. Si no estás en casa, mejor.

Lo que dijo David a continuación, aún no he sabido interpretarlo, pero se volvió hacia Vanessa y dijo:

—Los almendros ya deben haber florecido. Llevan un año esperando para ser contemplados. Seguro que le encantará que le hagamos una visita.

Vanessa asintió sin dejar de mirar al suelo.

Julia salió del vestidor y dijo:

—Dejaré tus cosas en la entrada. No estaré cuando pases a recogerlas.

Nadie dijo nada. El juego de las verdades había acabado.

FIN

GRR_

 

 

 

 

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