El libro

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Hay historias que es mejor no escribir, ¿o sí?

Siendo seguido por la mirada de ella, él se sentó en el banco, cruzó las piernas y abrió un libro. Aún sin pasar una página, sacó el teléfono del bolsillo y lo lanzó a una charca que había enfrente. Ella, que estaba sentada justo otro lado, miró dentro de su bolso. Él dejó el libro abierto sobre el banco, se levantó, se acercó a la charca, sacó el teléfono del agua, y después de sacudirlo, lo metió en el bolsillo de su chaqueta. Luego metió las manos en los bolsillos del pantalón y se alejó. Se detuvo para encender un cigarrillo y se dirigió a la salida del parque.

—Oiga —dio ella—. Se ha dejado el libro.

Lo cogió y sonrió al ver la portada.

—¿Lo conoces? —dijo él.

—Sí —dijo ella—, lo leí hace unas semanas.

—¿Y qué te pareció?

—Bueno, no sé, esas historias…

—¿Lo terminaste?

Ella dudo un instante.

—No lo terminaste —afirmó él.

—No —dijo ella—, no pierdo el tiempo leyendo tonterías.

—Haces bien.

—¿Por dónde vas? —dijo ella—. El libro estaba abierto casi por el final.

—Estoy a punto de acabarlo.

—Tiene mérito.

—Sí, hace falta paciencia —dijo él cerrando el libro.

—Espera, espera ¿Cómo acaba? Soy Eva. ¿Y tú?

—Si quieres saber el final —dijo él—, tendrás que leerlo.

—Venga ya, no me hagas eso.

Él le puso el libro en las manos y dijo:

—Para ti.

—No, déjalo, tengo uno igual.

—Y yo más de diez mil.

Ella arrugó la frente y le dio la vuelta al libro. Miró al foto y dijo:

—No puede ser.

—Tengo que irme —dijo él.

Le dio la espalda, sacó un cigarrillo, lo encendió y caminó hacia el aparcamiento.

—¡No, espera! —dijo ella.

—No te preocupes, tienes razón, es muy malo.

—No es que sea malo —dijo ella—, es que la historia parece rebuscada.

—¿Ah, sí?

—Es que, no sé… La trama no se sostiene, ¿sabes? El protagonista, ¿cómo va a aguantar todo eso?

Él asintió.

—Y luego está ella. No sé, ¿cuál era tu nombre? —Él no respondió y ella continuó —: La mala malísima tirándose a todo lo que se le pone por delante. De hecho, lo dejé en la escena en la que se iba a acostar el amigo de él. Joder, no me lo podía creer, ¿y el muy estúpido no se enteraba de nada? Imposible, no puede haber nadie tan tonto.

—No creas, hay mucho gilipollas suelto.

—Que va, imposible, no se puede ser tan tonto. ¿Tantos años? ¿Sin darse cuenta? No, hombre, no. Imposible.

—Encantado, Eva. Tengo que irme.

Se puso el casco y se montó en la moto.

—¿Una Sporter 1200? —dijo ella.

Arrancó el motor y dijo:

—Sí.

—Como la del…

—La misma —dijo él sonriendo.

—¿Cómo te llamabas?

—Como el del…

Sonrió detrás de la visera del casco, quitó la burra y se perdió al final de la calle.

—¡Espera, el libro! —gritó Eva.

Abrió el libro por la última página y leyó:

[…] Y el bramido de la Harley Sporter 1200 se perdió en el abismo.

—¡Sí! —gritó mientras caía.

Cerró los ojos, extendió los brazos y voló. Y cumplió su sueño.

—No —susurró Eva.

FIN

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