El miedo de Josefa

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A los pies de la tristeza, junto a la dedicación en la que algunos solo ven sacrificio, se encuentra el amor verdadero.

El miedo de Josefa nació unos minutos después que su hijo, el pequeño Eduardo. La partera, empapada en sudor y con los brazos cubiertos de sangre hasta los codos, le dijo que algo había ido mal y que necesitaba ir a buscar a un médico. Manuel, el marido de Josefa, estaba tan borracho en aquel momento, que no se enteró de nada hasta el día siguiente. Josefa rezó para que si hubiera un dios, se la llevara a ella y dejara vivir a su hijo. Esperó por el médico con el niño pegado al pecho, azul, hinchado, cubierto de gelatina. Con mucho cuidado, colocó sus dedos sobre el pecho y le susurró que siguiera latiendo, por lo que más quieras, no te pares.

Unas semanas después del parto, el mismo médico que le había salvado la vida, le dijo a Josefa que no podría tener más hijos, y como las desgracias no suelen venir solas, su marido, al que le gustaba darle a la “picareta” más de lo que su hígado pudo aguantar, empezó a teñirse de amarillo y los dejó un domingo de mayo. Y allí, en un pasillo frío de hospital, el mundo de Josefa se estrechó tanto que la dejó sin aire. Dolores, su vecina, su amiga del alma, le besó la frente y cogió al pequeño Eduardo en brazos. Josefa recuperó el aliento. Dolores le dijo que todo iba a ir bien y el tiempo volvió a ponerse en marcha para Josefa. Sacó fuerzas de donde solo había dolor y siguió adelante, porque no hay otra forma de seguir viviendo sin seguir adelante.

Con dieciocho años recién cumplidos, el pequeño Eduardo hablaba un lenguaje de bondad y amor. Lo hacía a través de gestos y solo lo entendían su madre y Dolores.

—¿Sabes lo que me ha dicho este jodido? —dijo Dolores el día de su cumpleaños.

Josefa había llegado del médico con la cara desencajada, pero Dolores hablaba tanto, y tan seguido aquella tarde, que ni siquiera se dio cuenta de que tenía la cara hinchada de llanto reciente.

—¿Qué te ha dicho? —dijo Josefa secándose las lágrimas.

—Que me quiere tanto como a su madre, ¿a que sí, mi niño?

Las dos le miraron y Josefa dijo:

—No hay forma.

—Pero demonio de chico —dijo Dolores besando a Eduardo—, si solo era una mentira de nada.

Eduardo sonrió. Y a Josefa, una vez más, se le pasaron las ganas de llorar.

—¿Qué te dijo el médico? —dijo Dolores.

—Todo bien, como siempre.

—Vamos a la cocina —dijo Josefa cuando vio la cara de Dolores.

¿Cuántas historias se contaron en aquella cocina? ¿Cuántas desgracias? ¿Y alegrías? ¿Y secretos? Las respuestas se las llevó el tiempo. Las preguntas quedaron silenciadas para siempre en la pared de cal y canto de aquella cocina, levantada con el sudor de las espaldas de amigos y vecinos. Sí, eran tiempos en que los amigos trabajaban por amistad. Levantaban casas y las techaban, y reían, y se echaban los rones cuando caía la noche, y una lata de berberechos para que no les sentara mal los pizcos, o queso y bizcocho para recuperar las fuerzas. Luego volvían a sus casas con la cintura partida, los brazos destrozados y la manos cuarteadas por el cemento, volvían agotados pero orgullosos y satisfechos, y lo hacían por amistad, solo por amistad.

—¿Qué te pasa, mi niña? —dijo Dolores.

—Baja la voz, que nos va a oír el niño. Algo malo.

—¿Dónde?

—En el pecho.

—Pero ya se cura, mira a Maruca, lo bien que está. Y la nuera de Virginia, se operó hace más de diez años, y nada de nada.

—Tenías que ver la cara del médico.

—Los médicos son todos iguales. ¿Tú no ves que solo ven a gente enferma?

—No sé.

Josefa respiró hondo y salieron al salón. A Eduardo le costaba fijar la mirada pero siempre terminaba cruzándola con su madre. Ella le sonrió y él intentó dar las palmadas que tanto había entrenado con los hijos de Dolores.

—Casi —dijo Josefa.

Le dio un beso en la mejilla y volvió a la cocina para picar la verdura del potaje.

—Deja eso para mañana, Josefa —dijo Dolores al verla—, te voy a traer lentejas, que hice un montón, y el jodido chiquillo no me viene a comer hoy.

—¿Qué estaba estudiando?

—Nunca me acuerdo, mi hija, para ingeniero sé que es, pero no sé si para los puentes o los canales, qué se yo, algo así era.

—No sé cómo voy a hacerlo, Dolores.

—¿El qué?

—El tratamiento.

—Pues como todas —dijo Dolores—, yendo para el hospital y descansando cuando vengas para abajo.

—¿Y el niño?

—¿Cómo que el niño? —dijo Dolores —. Del hombre de la casa me encargo yo.

—Nunca te lo he dicho, Dolores, pero…

—¡Ni falta que hace! —interrumpió Dolores cogiéndole la mano —. Eres como una hermana, Josefa, no se lo digas a nadie, pero te quiero más que a mi propia hermana.

—No digas eso.

—Lo digo y punto. Esa cabrona me tiene agita.

—Por el amor de Dios, Dolores, no hables así de tu hermana.

—Josefa, escúchame bien, eres la mujer más fuerte que conozco, pero sé que algo te tiene angustiada, ¿qué es lo que te preocupa?

—Es el niño, Dolores, qué va ser de él cuando yo no esté.

—¿Y a dónde vas a ir tú ahora?

—Aunque salga de ésta, me iré antes, así debería ser.

—¡Y te digo yo que saldrás! Josefa, óyeme, mira para acá, de ésta vas a salir como Dolores que me llamo. ¿Cuándo me he equivocado yo?

—Nunca, Dolores, nunca, pero aunque salga de ésta, yo ya tengo una edad, y sé que más pronto que tarde tendré que irme.

—Será tarde. Y te irás como nos vamos todas, porque aquí no se queda nadie.

—¿Y qué será del niño?

—Tu niño ya es un hombre, y es más fuerte de lo que tú te crees.

—Pero solo pensar en verlo en un centro de esos, ¿viste el parte ayer?

—Sí, pero eso fue en la península.

—Desgraciados también los hay aquí.

—No te voy a decir que no, pero la mayoría son buenos. En la dichosa tele solo sacan lo malo. Escúchame, Josefa, si tu te vas antes, te juro por mi madre que a tu hijo no le va a faltar de nada, te lo juro por lo que más quiero. ¿Te queda claro?

—Ya lo sé, Dolores, ya lo sé.

El presagio de Dolores se cumplió y Josefa superó la enfermedad. Los tratamientos, las pruebas, la incertidumbre, todo eso que acompaña al cáncer, poco a poco, muy poco a poco fue quedando atrás, pero el miedo de Josefa, como mala hierba, enraizada, que aprovecha hasta la última gota del rocío, siguió creciendo. Cada vez que soplaba las velas de una tarta de Eduardo, el miedo volvía envalentonado y la aturdía. Pasaba noches sin dormir, buscaba una solución que no aparecía, lloraba y esperaba el amanecer con el deseo de que algo cambiara, con la esperanza de que el futuro de su hijo no dependiera de ella. Cariño y amor, solo eso, ni dinero ni comodidades, cariño y amor, mi niño necesita solo eso, ¿es tanto pedir? De qué sirve tu existencia allá arriba si no eres capaz de dar eso, cariño y amor. En soledad, entre sollozos, repetía una y otra vez las mismas palabras. Si me voy, déjame que me lo lleve conmigo. Luego se arrepentía y lloraba, y se sentía aún peor, ¿quién era ella? ¿Quién? Se decía agarrando una medalla que colgaba de su cuello, un trozo de plata que le había dejado su madre, ¿quién era ella para decidir si su hijo debía vivir o no? Pero nadie respondía, nadie, ni siquiera el dios del que tanto le hablaban las monjas, aquel dios que era todo amor y comprensión, ni siquiera ese dios, ni siquiera él le respondía. Y ella solo pedía cariño y amor para un ser que era todo amor. Al mismísimo infierno, Josefa habría ido al mismísimo infierno, si con ello hubiera conseguido el cariño y el amor para la vida de su hijo.

Y no fue Dios. No, no fue él, fue Dolores, su vecina, su amiga del alma, la que una mañana entró en casa de Josefa con una noticia que sin saberlo cambiaría las vidas de Josefa, Eduardo y la de una familia recién llegada del extranjero.

—¿Se puede? —dijo Dolores aquella mañana.

—Entra, mi niña —dijo Josefa —. Ven para la cocina.

—Entra, Consuelo, entra, Josefa es como una hermana.

Consuelo y su familia había huido de Venezuela. Arsenio Calderín, su abuelo, un herrero nacido y criado en un barrio de Telde, al sureste de la isla de Gran Canaria, había cruzado el charco después de que un vecino lo denunciara a la guardia civil. Según figuraba en la denuncia, Arsenio era un comunista de los que esperaban el momento para alzarse contra la patria. Nadie supo quién demonios había puesto la denuncia, aunque todos creían que había sido un tal Manuel, un falangista con el que Arsenio había tenido una disputa por una higuera a la que se le había ocurrido crecer en el linde de los cercados de Arsenio y Manuel. Lo cierto es que Arsenio se embarcó una madrugada sin saber qué tierra pisaría en el caso en que llegara a puerto. ¿Cuba? ¿Venezuela? ¿Qué sabía yo dónde acabaría aquel cascarón? Quién le iba a decir al viejo Arsenio que su nieta volvería a su tierra huyendo de lo mismo, huyendo del odio, de la carne putrefacta de poder, siempre presente, siempre renovada, esculpida a base de sufrimiento y muerte, moldeada a imagen y semejanza de su creador, el ser humano, el bicho más cruel de la creación.

Consuelo llegó a la isla con sus cinco hijas, ocho nietos y una maleta recién estrenada en la que pudo meter todo lo que tenía. Los ahorros de su familia, los de toda una vida, le daba para sobrevivir unos pocos meses. Unos familiares de unos vecinos de Caracas afincados en Gran Canaria desde hacía tres años, encontraron un piso en el que se cobijaron los primeros meses. En cuanto se detuvo el avión junto a la terminal del aeropuerto, en la existencia de Consuelo germinó un tipo de miedo desconocido, era el tipo de miedo que nace de la incertidumbre de quienes llegan a tierras extranjeras. El mismo miedo que sintió su abuelo al llegar a Venezuela, el mismo que sintió Joaquín, su primogénito, el único varón, al pisar Florida después de enamorarse de una turista americana en Isla de Margarita.

Ahora Consuelo estaba en Canarias, la tierra en la que ocurrían las historias de miedo que le contaba su abuelo de niña. Santa compaña, almas en pena, la casa del piano que se toca solo, la cochina que persigue a borrachos noctámbulos que desaparecen para siempre, y otras tantas historias que a la Consuelo niña le encantaba escuchar bajo la luz de una lámpara de petróleo, y que el viejo Arsenio contaba cada noche con una sonrisa contenida, y el brillo de unos ojos en el que se reflejaban los de su nieta, su querida Consuelito.

—Es la nieta de Arsenio Calderín —dijo Dolores.

Consuelo sonrió con la timidez del viejo Arsenio.

—¿El panadero? —dijo Josefa.

—Sí, ha vuelto con su familia.

Josefa se acercó a Consuelo, le acarició el brazo y dijo:

—Ay mi niña, mi abuela y la tuya eran como hermanas.

—¿Cómo se llamaba su abuela, señora? —dijo Consuelo.

—Marcela, pero todos la llamaban Celita.

—¿Celita Vega?

—Sí.

—Mi abuela me contó que cuando la mandó a buscar mi abuelo desde Caracas, lo que más le dolió fue despedirse de Celita. Siempre contaba que si no llega a ser porque tenía un niño en camino, tu abuela se habría marchado con ella a Caracas.

—Sí —dijo Josefa —, la niña que venía en camino era mi madre.

—Siéntate, Consuelo —dijo Dolores —. Ya que Josefa no nos invita, voy a hacer un café yo misma.

Dolores se dirigió a la cocina y Consuelo se sentó en el zaguán.

—¿Es su hijo? —dijo Consuelo.

—Trátame de tú, muchacha —dijo Josefa —. Somos casi familia.

Josefa perdió el equilibrio y cayó de lado sobre el sofá. Consuelo le ayudó a incorporarse y le preguntó si se encontraba bien. Sí, mi niña, no te preocupes. Es la edad, que no perdona. Pero no era la edad, eran los primeros síntomas de una enfermedad que fue apagando el cuerpo de Josefa, un cuerpo trabajado, curtido de sufrimiento; eran los primeros síntomas de una enfermedad que alimentó su miedo, el mismo que nació un poco después que su hijo. Josefa no necesitó médicos ni pruebas para saber lo que le pasaba, ella había visto los mismos síntomas en su tía Prudencia.

Dolores la obligó a ir al médico, y éste, el mismo neurólogo que había atendido a su tía, le confirmó lo que ella ya sabía. La calmó diciéndole que ahora era diferente. Los nuevos tratamientos están funcionando muy bien, y se está investigando mucho y muy rápido. Josefa quiso creer en las palabras del médico porque lo conocía y sabía que don Jacinto no era precisamente un médico sensible, él jamás tendría la delicadeza de mentir u ocultar parte de la verdad para que sus pacientes se sintieran mejor. Don Jacinto, según palabras de su propia hermana, era un “animalito”, ajeno al dolor de sus pacientes, uno de esos médicos que ven a sus pacientes como un carnicero ve a sus animales, carne divisible con partes prescindibles, objeto de instrumental, escalpelo, cuchillo, tijeras, serrucho. Que fuera precisamente don Jacinto el que le dijera que los nuevos tratamientos estaban funcionando tranquilizó a Josefa, pero el optimismo del neurólogo, infundado o no, solo consiguió apaciguar el miedo durante el tiempo que tardó en apagarse su cuerpo. Y luego volvió embravecido como nunca, y Josefa lo guardó debajo de la almohada, una almohada que se convirtió en su confidente, en el dios que escuchaba sus plegarias. A ella le pedía lo mismo que había pedido al otro dios, a ese del que le tanto le hablaban las monjas del colegio. A la almohada le pedía lo mismo: cariño y amor para Eduardo cuando ella no estuviera. ¿Es tanto pedir? Amor, ¿no es eso lo que repetía una y otra vez el dios de las monjas? ¿Es tanto pedir? ¿Amor? ¿Cariño y amor? ¿Es tanto pedir, eso? Luego se dormía y cantaba el dichoso gallo de Ramiro “el perdigón”.

Una tarde de octubre, los rayos de un sol anaranjado entraron por la ventana del dormitorio de Josefa. Entraron sin permiso, iluminaron su anillo de casada, ese que nunca se había quitado del dedo que ya no podía mover, que casi no sentía, extremo de un brazo que yacía igual de inmóvil al borde de un viejo colchón vencido por el tiempo. A su lado, Eduardo la miraba de una forma que Josefa no conocía, aquella mirada, la de aquella tarde de octubre, aquella mirada de Eduardo no era un cruce fugaz de miradas de amor entre una madre y un hijo, aquella era una mirada fija, eterna, una mirada que formaba parte de una sonrisa, también eterna, una sonrisa que dejó un hueco en el corazón de Josefa, un hueco del tamaño de su miedo, un vacío que llenó de amor hasta el día en que Dolores le dijo a Consuelo que Josefa se había ido con su hijo. En el velatorio de Josefa, a Consuelo no le tembló la voz cuando le dijo a Dolores que jamás los olvidaría, que se sentía afortunada de haberlos conocido, de cuidar de ellos los últimos años, de sentir el amor de Josefa, de conocer a Eduardo, su bondad, su amor.

Consuelo era mi abuela, murió en Caracas hace dos meses después de pedirme que escribiera la historia de Josefa y Eduardo. Me contó que en el momento en que se paró el corazón de Eduardo, yo tenía cuatro años y jugueteaba con él sobre su regazo. Me bajé de su silla, me subí a la cama de Josefa y me abracé a ella. Yo no recuerdo nada eso, me crié escuchando sus historias y no distingo recuerdos propio de contados, supongo que algo normal en niños de esa edad.

Una historia como esa no puede perderse en el olvido, me dijo mi abuela unas horas antes de reunirse con ellos. Yo le dije que era una historia muy triste y ella me respondió algo que nunca olvidaré. A los pies de la tristeza, junto al amor y dedicación en la que algunos solo ven sacrificio, se encuentra el amor verdadero.

FIN

GRR_

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