El niño y el faro

Tiempo aprox. de lectura: 9 min

Toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma (Charles Dickens)

Hasta bien cumplidos los diez años, yo vivía en una aldea sin nombre separada del mar por un cerro al que llamaban “Cerro de la muerte”. Por donde quiera que miraras, la costa era algo parecido a un infierno de aguas cortadas por rocas negras. Fueron tantos los barcos que tocaron aquellos fondos abismales, que los aldeanos, aún sin tener nada para llevarse a la boca, juntaron cuanto tenían y construyeron un faro sobre el peñasco más alto de los que emergían del fondo del mar.

Contaban los viejos que en él vivía el farero, y que una noche en la que la luna lloraba sangre, unos piratas berberiscos se acercaron en busca de agua y víveres. Para evitar que pudieran verlo, el pobre farero, asustado, apagó la linterna del faro y esperó a que el barco se alejara. Pero la tozudez del capitán hizo que se empecinara en seguir navegando en medio de la oscuridad hasta que encalló y hundió su nave. Los mejores nadadores lograron llegar a la peña del faro y decapitaron al farero. Desde entonces, dicen, su cabeza vigila que la linterna no se apague. Esa es la leyenda que cuentan los viejos, pero que yo nunca creí.

—Pregúntale a tu padre —decía mi madre.

—Olvídate de ese lugar, hijo —decía mi padre una y otra vez.

En el fondo, yo sabía que ese faro estaba unido a mi familia de alguna forma, y a esa edad, tanto el silencio como la prohibición, no hacía más que acrecentar mi interés, hasta el punto de que se convirtió en una obsesión. Tanto insistí en aquel lugar, que mi padre, a sabiendas de que iría como quiera que fuera, y a pesar de la mirada acusadora de mi madre, decidió llevarme. ¿Pero cómo se te ocurre llevar al niño a allí? Entiéndelo, mujer, si no es conmigo, irá con sus amigos, y será peor. Tú sabrás lo que haces. No te preocupes, estaremos de vuelta antes del anochecer y así se olvidará de ese lugar.

Aquel día nos levantamos con el día y llegamos al faro antes de que el sol calentara. Si me despisto, avísame a las seis, me dijo mi padre mientras preparaba los aparejos. Cuando mi padre pescaba, se concentraba tanto, que perdía la noción del tiempo y había que llamarle varias veces para que hiciera caso. Sus amigos de la infancia, entre risas, contaban que una vez pasó toda la noche pescando en el muelle sin darse cuenta. Cuando llegó a casa por la mañana, todo el pueblo estaba buscándolo. Él, extrañado, dejó la caña en el suelo y empezó a buscar junto a los demás. Cuando lo vio su madre, lo abrazó y rompió a llorar. Él, extrañado le dijo: madre, ¿quién diablos se ha perdido?

—Hijo, avísame a las seis, sin falta —replicó mi padre —, si sube la marea no podremos salir de aquí hasta mañana.

—Podríamos nadar hasta la otra orilla, solo son unos metros.

—No, hijo, no, cuando cae la noche, aquí la mar se vuelve rabiosa. Es como un perro con los ojos rojos en medio de la oscuridad. Y ese fondo que ves ahí, está lleno de muertos olvidados.

—Padre, ¿tú has visto el perro con los ojos rojos?

—No, pero me lo puedo imaginar —dijo sonriendo.

Las palabras de mi padre eran parte de la leyenda que le contó el suyo. No muertos, perros con ojos rojos, remolinos que se tragan barcos, pulpos gigantes, olas en forma de brazos que arrastran al fondo…

Lo cierto es que cuando cae la noche, las aguas que rodean el peñasco comienzan a agitarse, y en unos pocos minutos, aquel lugar, de aguas más tranquilas durante el día, aún sin ser calmas, se convierten en un monstruo que vomita espuma, remolinos y olas que rompen en todas las direcciones. Nadie ha sabido explicar el fenómeno que hace de aquel lugar un infierno, sobre todo durante las noches de pleamar.

—Guárdalo, hijo, y no lo mojes.

—No está en hora —dije.

—Sí que lo está, es la hora de un lugar lejano, tienes que quitarle seis horas —dijo mi padre mientras me colgaba su reloj en la muñeca.

—¿Seis horas? ¿Dónde son las diez?

—Muy lejos.

Cuando mi padre no quería hablar respondía de forma seca y sin mirar. Mi madre me decía que cuando una persona no quiere hablar sobre algo, muchas veces es por el dolor, y que insistir solo consigue abrir más la herida.

Me acerqué al borde de la roca y miré hacia el fondo. Mi padre me miró de reojo y dijo:

—Los muertos olvidados solo aparecen de noche.

—Padre, ¿Qué le pasó al abuelo?

—Tu abuelo es uno de ellos.

—Pero yo no lo he olvidado.

—Pero se olvidará, hijo, tiempo y recuerdo luchan por la distancia entre muerte y olvido, pero siempre gana el tiempo, siempre lo hace, el muy condenado.

Cogí el reloj con cuidado y me centré en el movimiento del segundero. Cuando llegué al límite de mi paciencia y no pude más con el aburrimiento, solo había pasado un minuto. Solo ha sido un minuto, pensé, y parece una eternidad.

—El tiempo es un mentiroso —susurré.

Mi padre sonrió, le dio un tirón a la caña y recogió el sedal. Un pez se había clavado el anzuelo en la vientre e intentaba zafarse sin conseguirlo.

—Déjame sacarlo, padre.

—Venga, pero ten cuidado de pincharte.

—Es muy pequeño, ¿podemos soltarlo?

—A éste le ha llegado su momento, hijo. No sobrevivirá a una herida como esa, y si lo devolvemos al agua, sufrirá hasta morir.

—Lo siento, pez.

Coloqué el reloj sobre las rocas y puse el pez moribuendo en el charco. Mi padre me cogió el brazo, levantó la ceja y torció la boca. Esa era la forma que tenía de pedir perdón. Siempre decía que el perdón era el primer paso hacia la paz del alma, y que sin esa paz, por mucho que tengas, no se puede ser feliz. Me gustaba la aspereza de sus manos, me hacía cosquillas y siempre estaban calientes. Es algo de familia, hijo, mi padre las tenía aún más calientes. Nunca pudo lanzar bolas de nieve porque se les derretía en sus manos, dijo sonriendo. Volvió a colocar carnada en el anzuelo y lanzó el sedal una vez más. El tiempo, que tan lento se había revelado cuando se sintió acechado, pasó tan rápido que olvidé avisar a mi padre hasta que ya habían pasado las seis y media.

—Vete recogiendo tus cosas, hijo —. Tenemos que irnos.

—Padre. Es verdad eso que dicen del faro.

—¿Qué es lo que dicen?

—Ya sabes, lo que cuentan, que hay un fantasma sin cabeza y todo eso.

Mi padre me miró a los ojos por primera vez desde que habíamos llegado.

—Son tonterías, historias que los viejos inventan cuando están aburridos.

—Entonces, ¿no es verdad?

—Claro que no. Venga, date prisa, tenemos que irnos.

El mar ya había rodeado el peñasco. El agua nos llegaba por las rodillas. A unos metros, podíamos ver como empezaba a retorcerse y levantarse dejando hilos de espuma que flotaban unos instantes y desaparecían. Agárrate de la caña y no te sueltes, aunque te caigas, no la sueltes. Cruzar aquellos diez o doce metros se hizo eterno; cuando hacías fuerza para evitar ser arrastrado por la corriente, ésta, de forma repentina, cambiaba la dirección y me hacía perder el equilibrio. Me caí varias veces, mi padre se giraba, me cogía por el cinturón y me ponía en pie de un tirón. Los últimos dos o tres metros me agarró por el brazo y me lanzó hacia la orilla.

—¡No! —dije —¡El reloj!. Lo dejé sobre las rocas, no quería que se mojara.

Mi padre apenas tenía aliento para hablar.

—Ya lo encontrará alguien.

Pero yo sabía lo que significaba ese reloj para él. Siempre contaba que lo había traído de la gran guerra. Que era del abuelo de un compañero con el que había compartido los cuatro años que estuvo en el frente. Yo era un flacucho asustado que casi no aguantaba el peso del fusil, contaba, y él me dijo que no me preocupara, que si me mantenía a su lado, no me pasaría nada. ¿Ves ésto? Es un amuleto, mientras lo tenga en mi pecho no nos pasará nada. Lo importante es que no te separes de mí. Pero el amuleto le falló y unos pocos días antes del final de la guerra, murió en los brazos de mi padre. Antes de morir, le dijo que su reloj había pertenecido a su padre, y antes a su abuelo. Le pidió que se lo quedara, y que si algún día tenía un hijo, se lo diera al casarse, para así continuar la tradición de su familia.

No tardamos en llegar a la aldea. Mi madre nos esperaba en la puerta. Al vernos llegar por la calle, entró y encendió el infiernillo sobre el que tenía la tetera. No dijo nada.

—Se me ha quedado el reloj, madre —dije.

—Ya te he dicho que no te preocupes, mañana lo encontrará alguien —dijo mi padre.

—No se te ocurra volver a ese lugar —dijo mi madre.

—Pero, padre, si mañana lo encuentran, no sabrán que es tuyo.

—Si alguien lo encuentra, lo llevará a la misa del domingo —dijo mi madre.

—Solo es un reloj, hijo, un reloj —dijo mi padre.

Pero yo sabía que no decía la verdad. No se separaba de él desde hacía más de veinte años y solo se lo quitaba para dormir. Cada noche le daba cuerda antes de acostarse y por las mañanas, con mucho cuidado, lo ponía sobre la mesa, junto al tazón de leche. Un día me contó que se le paró y lo llevó al único relojero de había en la ciudad. El relojero le dijo que nunca había visto algo así, que debía ser uno de los primeros relojes de pulsera que se había fabricado, que lo dejara en su taller y que lo avisaría cuando estuviera listo. Cuando lo tenga, le mandaré el recado con el párroco, dijo. Ni hablar, dijo mi padre, no me moveré de aquí hasta que haya acabado. El relojero lo miró con cara de extrañeza y le preguntó por qué le tenía tanto cariño a ese reloj. Mi padre le contó la historia de su compañero, y el relojero, que también había estado en la guerra, se puso manos a la obra y lo reparó esa misma mañana.

Cuando me acosté, no podría dejar de pensar en que aquel reloj se perdería para siempre. Esperé a que mis padres se durmieran, me levanté, cogí un candil y me dirigí a la peña del faro. Recuerdo que la niebla cubría el empedrado de las calles de la aldea, y que debía ir muy despacio para evitar tropezar o meter la pierna en algún agujero. No había luna y la niebla cubría buena parte de la colina que debía atravesar. El candil solo iluminaba lo justo para poder seguir avanzando. Para no tener miedo, recordé un truco que me enseñó mi abuelo materno. Debes hablar contigo mismo sobre algo que te haga feliz, me dijo, pero debes hacerlo sin parar, y cuando no se te ocurra nada que decir, debes levantar los brazos y reír.

Bajé la colina hablando del día que fui por primera vez al cine. Cuando llegué a la orilla, hablaba de que no había podido dormir en toda la noche, y que solo pensaba en cómo ahorrar dinero para volver el siguiente mes.

Tal y como me había dicho mi padre, el mar se había vuelto violento e imprevisible. Los instantes de silencio se rompían por rachas de viento que hacían que las olas susurraran sonidos extraños. El mar salía y golpeaba las rocas con tal fuerza, que retumbaba en mis oídos, luego se recogía resoplando. En medio de las idas y venidas de la marea, un enjambre de olas aplaudían contra la pared de la roca desde la que tenía que lanzarme para cruzar.

Me lancé al agua y buceé por el fondo hasta que me quedé sin aire. Cuando volví a la superficie, aún me quedaba más de la mitad del recorrido. Cuando las olas me dejaban ver el faro, tuve la impresión de que no me movía, pero miraba hacia atrás y veía que me estaba alejando de la otra orilla. Inspiré todo el aire que me cabía en el pecho, volví a zambullirme y buceé hasta que me vacié de nuevo. Noté un golpe en las manos y luego en cabeza. Aún debajo del agua, me agarré a la roca y traté de llegar a la superficie. Todo era oscuridad y silencio, hasta que alguien dijo:

—¡Agárrate!

Estiré el brazo y noté cómo una mano me agarraba por la muñeca. Yo estaba helado, pero noté como el calor me recorría todo el brazo. Luego sentí frío y todo se volvió oscuro.

—¡Hijo, despierta! —dijo mi padre.

—¡Lo he visto!

—Tranquilo, respira, tranquilo. Nunca pensé que harías una locura como ésta.

—He llegado, padre, he llegado al otro lado. He visto al farero.

—Lo has soñado. La corriente te ha devuelto a la orilla. Te has golpeado en las rocas.

—Los he visto, y tenía la cabeza.

Mi padre me cogió en brazos y me llevó a casa. Nunca había visto llorar a mi madre como lo hizo esa noche al vernos entrar en casa.

—No le pasa nada. Solo ha sido un golpe —dijo mi padre.

—Gracias a Dios.

—He llegado al faro, madre. He visto al farero.

Mi madre y mi padre se miraron fijamente.

—Ha sido el golpe —dijo mi padre.

Mi madre me abrazó y noté algo duro debajo de mi camisa.

—¡Tiene el reloj! —dijo mi madre.

Colgaba de un trozo de sedal.

—Debe haber estado siempre ahí —dijo mi padre.

Cogió el reloj y lo miró. Se dejó caer sobre el borde de la cama y dijo:

—No puede ser.

—¿Qué te pasa? Parece que has visto un fantasma —dijo mi madre.

—¿Qué hora es? —dijo mi padre.

Mi madre miró el reloj de pared y dijo:

—Las doce y cuarto.

—¿Las doce y cuarto? —dijo mi padre —No puede ser…

Y lo vi llorar por primera vez mientras recordaba su última conversación en la trinchera donde se quedaron las vidas de miles de jóvenes inocentes.

—¿Qué hora es, flacucho? —dijo su amigo cubierto de lodo y sangre.

—La doce y cuarto.

—Buena hora para ver a mi padre.

—Saluda al mío —dijo mi padre —, dile que lo quiero, y que siento no habérselo dicho antes.

—¿Cómo puedo saber que es él? —dijo su amigo sonriendo.

—Busca el el faro.

—Ahí están… —dijo mirando al vacío.

Y como si tuviera miedo de despertarlo, mi padre le cerró los ojos con cuidado, le besó la frente, y al notarlo frío, lo cubrió con su chaqueta.

FIN

GRR_

Foto: Faro de Tevennec (Punta de Raz, Bretaña francesa)

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.