El niño y el viejo

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…Y la felicidad navegó en aguas de injusticia sin culpable.

La madre cogió al hijo con cuidado y lo puso en pie. El niño fijó la mirada en el viejo, se tambaleó, consiguió mantener el equilibrio, abrió los brazos y adelantó un pie. Luego, con la inseguridad de la falta de costumbre, adelantó el otro. Se detuvo. Dobló las rodillas. Se cae, dijo el viejo con los ojos, intentó levantarse de la silla de ruedas pero su cuerpo, como en los últimos treinta años, no le respondió. Con esfuerzo consiguió dibujar una sonrisa. Los ojos se abrieron de forma exagerada. El niño lo miró y dio otros tres pasos. Sigue, sigue, dijo su madre. Coge al niño, que se cae, dijo la abuela. El niño dio un último paso y se agarró de la pierna del viejo, que quiso cogerlo y abrazarlo, pero no pudo, y levantarlo, y ponerlo sobre su regazo, y besarlo, y arrebujarle la pelusa que empezaba a teñirse de negro, pero no pudo, y el viejo, una vez más, solo pudo esperar. La madre levantó al niño y lo colocó de pie sobre el regazo del viejo. El niño abrió los brazos, se abrazó al cuello del viejo y le mojó la mejilla de saliva, miel que salía de las comisuras de sus labios, fríos, ríos, afluentes de mofletes rechonchos. Los ojos del viejo se llenaron de felicidad y la miel se mezcló con una lágrima. El niño separó la cara, se secó el moflete y sonrió. Es tu abuelo, dijo la madre, dale un beso. Papá, este es tu nieto. Y el niño aprendió lo que es la verdadera tristeza, y lo cerca que puede estar de la felicidad, tan lejos de la alegría. Todo eso aprendió el niño en un instante. Demasiado pronto. El niño no volvió a llorar, el viejo tampoco, el niño por algo desconocido en su consciencia, el viejo por ausencia.

…Y la felicidad navegó en aguas de injusticia sin culpable.

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