El olor de la lluvia

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El olor de la lluvia me transforma en el niño que fui. Miro por la ventana y me entran ganas de comprarme unas botas de plástico, correr por la calle, saltar por los charcos y embarrar las suelas hasta que pesen casi más que mis piernas.

Abrir el paraguas y sostenerlo durante un minuto, lo justo para que nos pierda de vista nuestras madres, luego esconderlo detrás de las piedras y pisar más charcos. Salpicar a mis amigos y tener cuidado con los mayores (las quejas llegaban a casa antes que tu padre). Y reír, y correr y volver a reír.

Buscar pencas de palmera para hacerles un agujero en la parte superior, introducir unos  soldaditos de plástico y ver cómo una barcaza de guerra americana surca el océano pacífico, y esquiva el ataque de un escuadrón de cazas japoneses. Meterte hasta las rodillas en el fango y lavarte en los charcos antes de volver a casa.

Cruzar las fronteras del barrio “San Fernando” y coger caracoles en el “Barranco del Ancón”, babosos que nunca comeríamos. Sentirnos tentados a bañarnos en las aguas verdes de la única piscina que conocimos, el “lejano y peligroso” estanque de “La Huesa”.

Luego volver corriendo por “La Charca” y aprovechar el viaje para coger ranas. Llevarlas a casa en cacharros y (des)obedecer a nuestras madres para que la devolviéramos a su casa. Pobres ranas, si hay un cielo para ellas, espero que me oigan, porque les ruego perdón por tantas tropelías sin más fin que el entretenimiento. Lo pido también para lagartos, lagartijas y perenquenes, saltamontes y escarabajos. Pido perdón a todos ellos en mi nombre y en el de mis amigos. No cargaré con tanta culpa en soledad, pues la gamberrada (en mi mundo), siempre contó con la complicidad de al menos un camarada.

El olor de la lluvia.

FIN

GRR_

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