El poder de la hipnosis

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Martes de Carnaval. Alfredo despierta esperando encontrar el calor del cuerpo de una mujer, pero encuentra el cuerpo de un hombre. En un solo movimiento, se incorpora, se gira hacia la mesita de noche y se sienta en el borde de la cama. Se frota los ojos y ve dos preservativos junto al envoltorio de uno de ellos, el otro está en el suelo, junto a sus pantalones de arlequín.

—¡La Hostia! ¿Esto qué coño es? —dice mientras corre hacia el salón.

—Espera, cariño —dice un desconocido desperezándose.

Alfredo no está en su casa, ni sabe cómo había llegado allí. Busca el baño porque su vejiga pide volver a su tamaño normal, pero no lo encuentra. Oye la cisterna y luego un bostezo sonoro. Baja las escaleras y sale a la calle. Una anciana se queda mirándole y se tapa la boca con una mano. Levanta el otro brazo como si quisiera pedir ayuda, pero está paralizada por lo que está viendo.

—¿Pero qué haces, tío? —grita un joven dando unos pasos hacia atrás.

—¡Fuerte loco, mi hermano! —dice su acompañante.

Alfredo se mira reflejado en el escaparate de una tienda y corre calle abajo hasta que encuentra un callejón por donde meterse. Aunque quiere correr, decide caminar rápido, piensa que así llama menos la atención, pero no funciona. Todos miran. Llega al patio interior de un bloque de viviendas y busca una esquina. No la encuentra.

—¡Sinvergüenza! ¡Qué hay niños, pervertido! —dice un anciana desde la ventana.

Un anciano asoma la cabeza a su lado y contagia la risa con unas carcajadas que recuerdan un gallo afónico. Enfunda el sable, Sandokán, grita sin parar de reírse. El escándalo hace que más vecinos se asomen a sus ventanas. Unos miran y ríen, otros miran y toman fotos. Una joven escribe en la pantalla de su teléfono móvil, toma una foto, la envía junto a un mensaje de voz: «cari, mira esto no te lo vas a creer».

—Juan, no dejes que salgan los niños —dice una señora con rulos en la cabeza.

—¿Alguien puede ayudarme? —grita Alfredo.

Todos callan esperando más explicaciones a la pregunta. Alfredo susurra:

—Creo… No sé… ¿Me han drogado?

—¿Cómo? ¡Sube la voz! —dice la señora de los rulos.

—No hables con ese salido, Juana —dice un señor con boina gris desde atrás.

El desconocido con el que Alfredo ha dormido entra corriendo en el patio y lo cubre con una manta. Luego lo abraza y le pide que se calme. Alfredo siente su calor y le devuelve el abrazo. Quiere quedarse para siempre entre sus brazos. Se besan durante unos segundos. Cesan las risas y los gritos. Los vecinos empiezan a aplaudir. Se oye un viva los novios.

—Uno, dos, tres, despierte ¡Ahora! —dice el psiquiatra.

Alfredo despierta de la sesión de hipnosis. Está desorientado. No recuerda nada.

—¿Y bien? —dice mirando al psiquiatra.

—Usted está perfectamente, Alfredo. No le pasa nada —dice el psiquiatra dándole una palmada en la espalda.

—No le entiendo, doctor. ¿Y ese odio que le tengo a los…?

—Usted no es homófobo, Alfredo. Usted es homosexual. Solo tiene que aceptarlo.

Alfredo sale de la consulta y se para en el pasillo. Un sol se cuela por una ventana y se entromete en su camino. El calor que nota en el costado le recuerda a alguien, pero no sabe a quién. Sonríe después de mucho tiempo y llega a casa más feliz de lo que había salido.

FIN

GRR_

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