El retorno del Fredi

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A todos aquellos que huyeron para ser ellos mismos, en otro lugar, lejos de los suyos.

Elena descolgó el teléfono, giró el marcador seis veces y dijo:

—¡Pon la tele, ya!

—¿Qué pasa, Ele?

—Es él.

—¿Quién?

—Ponla, Cris, ponla ya, joder.

Cristina apoyó el teléfono sobre la mesa y dijo:

—Cielo, ¿puedes poner la primera?

Su marido se levantó y encendió la tele. Su hijo Jorge, el mayor de los tres demonios que vivían en el infierno privado de Cristina, dejó el cuento en el suelo y dijo:

—No, papi, no, anda, las noticias no.

—Claro, mi amor —dijo su marido.

—Gracias, cielo —dijo Cristina.

Un par de segundos, o menos, es lo que necesitó Cristina para reconocer los pómulos de Fredi. Aquel melenudo de barba desaliñada y mirada esquiva había sido, según decía ella misma, el amor de su vida, su alma gemela, la persona por la que renunciaría al cielo para quemarse eternamente en el infierno. Pero una cosa es ir al infierno a quemarse toda la eternidad y otra muy diferente es colarse en un barco ruso, con un macuto robado de la mili, cinco mil pesetas en el bolsillo y un secreto que solo compartía con su madre. Y justo eso fue lo que hizo Fredi, huir en la bodega de un barco, y lo hizo bebiendo lágrimas, porque sabía que se iba para no volver.

Y ahora estaba ahí, veinte años después, en un estudio de televisión, aceptando el cigarrillo de la presentadora. Al otro lado de la pantalla, el marido de Cristina se acarició la mejilla y dijo:

—Amor, ¿crees que debo afeitarme?

Cristina no respondió. Su marido se giró hacia ella y añadió:

—¿Qué te pasa, mi amor?

—Nada —espiró Cristina, casi sin aire.

—¿Quieres que te prepare un té?

—Vale.

Su marido puso el calentador sobre el infiernillo y dijo:

—¿Con miel?

—¿Qué? —dijo Cristina sin dejar de mirar la tele.

—¿Que si lo quieres con miel?

—¿Eh?

—Pero, Cristina, por favor, ¿qué es lo que te pasa?

—¿Sí?

—¿Amor? ¿Amor? ¡Amor? —insistió su marido.

—¿Pero qué coño quieres, Manuel? Sí, ponle miel o lo que quieras… !Joder! Y quítate de ahí.

—Papi, ¿hay que lavarle la boca a mami?

—No, hijo, no.

Su marido cogió la taza, la colocó sobre la mesita del salón y dijo:

—Bajo un momento a sacar la basura. Vamos, Jorge.

—Trae tabaco —dijo Cristina.

—¿Cómo? —dijo su marido.

—Palace. Dos cajetillas. Y un mechero.

—Mami, ¿tú fumas?

—No, Jorge, no fumo. Es para… tu tío.

—¿El tío fuma?

Cristina no respondió. Solo escuchaba al barbudo de la tele, y no, no fumaba desde hacía unos veinte años, el tiempo que hacía que no veía a Fredi, quizás algo menos, justo el que tardó en lamerse las heridas de su ausencia. Su hermano, el tío Román, el cura del pueblo, tampoco fumaba, nunca lo había hecho.

La presentadora se dirigió a su cámara con una media sonrisa y dijo:

—¿Veinte años?

—Sí, algo más —dijo Fredi.

—¿De verdad son caníbales?

—No —dijo Fredi —. No matan para comer.

—¿Pero es cierto que se comen a los muertos?

—Bueno, sí, pero… Es complicado, allí la vida es diferente.

—¿Cómo es posible que nadie haya contactado con ellos antes?

—No es fácil llegar.

—Doctor Rodríguez —dijo la presentadora—, ¿podríamos estar hablando del descubrimiento más importante del siglo XX?

—Mis colegas hablan del hallazgo más importante de la historia. Pero, claro, ellos también son antropólogos.

—Alfredo, ¿cómo se siente al oír una cosa así?

—Fueron ellos los que me descubrieron a mí —dijo Fredi.

—Los científicos dicen que técnicamente son de otra especie.

—Es un asunto muy discutido —dijo el antropólogo—. Según el resultado de los estudios que hemos hecho en seis universidades, son neandertales. La primera prueba de que no se extinguieron por completo hace cuarenta mil años.

—Cuarenta mil años —repitió la presentadora.

Mientras el científico hablaba de neandertales, del misterio de su desaparición y de la importancia del descubrimiento, la cámara no dejaba de tomar planos de Fredi. Cristina volvió a coger el teléfono y dijo:

—¿Ele?

—Mira, Cris, está horrible, demasiado flaco, y esas pintas.

—Sí.

—¿Cris? ¿Me oyes?

Cristina no la oía. Volvió a subir el volumen de la tele.

—Hablemos de su experiencia —dijo la presentadora—. ¿Quién es Alfredo?

—No creo que sea el más indicado para responder a eso —dijo Fredi sonriendo.

—¿Qué pensarán ahora en su pueblo?

La presentadora sonrió y miró hacia el antropólogo.

—Fredi es… —dijo el antropólogo sonriendo—. Es… El doctor Livingston del siglo veinte.

—¿Cuántos países ha visitado? —dijo la presentadora.

—No sé —dijo Fredi—, cien, o más, no sé, la verdad.

—Y con cinco mil pesetas —dijo la presentadora.

Todos rieron y el antropólogo añadió:

—Bueno, sí, y un macuto robado del cuartel.

—Espero que no lo haya oído el sargento —dijo Fredi.

—Sí, un viaje muy barato —dijo la presentadora—, aunque tengo entendido con no muy cómodo.

—Mírala a ella —dijo Cristina—. Qué graciosa, ¿te traigo un babero?

—¿Cris? —dijo Elena—. ¿Sigues ahí?

—Desde que leí el guión —continuó la presentadora—, no dejo de preguntarme qué razón puede tener alguien para dejarlo todo. Alfredo… ¿Por qué? ¿Qué pasó por la cabeza del joven que lo dejó todo?

Fredi miró hacia la cámara y agachó la cabeza.

—¡Eso, eso! ¡Que lo diga! —dijo Cristina—, a ver si eres tan valiente.

—¿Cris?

—Sí, calla, Ele.

—¿Estás viendo eso?

—¿Qué? Sí.

El marido de Cristina entró en el salón, dejó las cajetillas de Palace sobre la mesita y se dirigió al cuarto de los niños.

—¿Lo digo yo? —dijo Cristina dirigiéndose a la tele—. ¡Quieres que lo diga yo?

—¡Decías algo, cariño? —dijo su marido desde el cuarto de baño—. No te oigo, me estoy afeitando.

—¿Por miedo a dar el paso? —dijo Cristina—. ¿Porque te hablé de boda? ¿Fue eso? ¿O fue porque te dije que quería tener niños?

—¡Cris! —gritaba Elena desde el otro lado del teléfono.

Su marido volvió al cuarto de su hijo y cerró la puerta. Fredi seguía sin responder.

—¿Por qué? —insistió la presentadora.

—Lo sabe, Cris —dijo Elena—, esta cabrona lo sabe.

—Claro que lo sabe, joder.

—Si no lo dice usted —dijo la presentadora—, lo diré yo.

Fredi entró en plano. Asintió y sonrió.

—Por amor —dijo la presentadora.

—No —dijo Fredi sonriendo—, no fue por amor. Él llegó más tarde.

—¿Ha dicho él? —dijo Elena.

—¿Él? —dijo Cristina.

—¿Entonces? ¿Por qué? —dijo la presentadora fuera de plano.

—Era una época difícil… Y yo necesitaba ser quien era —dijo Fredi.

Una de las cámaras había preparado un encuadre perfecto del sofá en el que estaban sentados Fredi y el antropólogo. Se habían cogido la mano y entrecruzado los dedos.

—Lo sabía —dijo Elena—, era maricón.

—¡Sí! —dijo Cristina—, un puto maricón de mierda.

—Amor, podrías bajar la voz —dijo su marido—. Te van a oír los niños.

—¡Manuel! ¡Dónde está ese puto mechero?

FIN

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