El retrete del Comandante

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Del inframundo de la política local hasta el infinito. ¡Y más allá!

Marcial entró en el Comandante rojo como un tomate para salsa. Teniendo en cuenta el tamaño de la cabeza y el volumen corporal, poca sangre le circularía de cuello para abajo. El hombre venía del edificio de enfrente, el ilustre ayuntamiento, construcción recién reformada, de recias oficinas con ecos rebotados en paredes albeadas, límites de un ecosistema donde los ciudadanos se desesperaban con los funcionarios, los funcionarios desconfiaban de los concejales y estos últimos, agotados y sufridos, acataban cabizbajos los designios de la más alta instancia de aquel microcosmos municipal, el casi siempre ausente, pero a la vez omnipresente, alcalde sideral. El circuito de desesperación, resignación y poder visitaba con cierta frecuencia el despacho de la secretaria. Mujer profesional, foránea, confidente y, según las malas lenguas, coincidente de ciertas ausencias inesperadas y sospechosas del alcalde.

Marcial se dirigió al baño del Comandante sin dar las buenas tardes. Se echó mano al pescuezo y dijo:

—Chacho, chacho, chacho.

—El baño está cerrado —dijo Álvaro, gerente y camarero.

—¿Y eso?

—Tupido.

—¿Y ahora?

—Eso digo yo —dijo Juanjo, el ferretero—. Llevo veinte minutos meándome.

—Al ayuntamiento —dijo Álvaro—. Allí hay retretes de sobra. Y ellos tienen perras y tiempo para arreglarlos y tenerlos como los chorros del oro.

—Si no fueras tú, Álvaro —dijo Virgilio—, pensaría que es una puya al ayuntamiento.

—El que se pica es porque ajos come —dijo Juanjo.

—De allí vengo yo —dijo Marcial—. Me tienen hasta los huevos con el jodido permiso.

—¿Qué permiso? —se interesó Juanjo.

—Déjame, déjame —dijo Marcial—, que me enciendo otra vez. Cualquier día me va a dar algo con estos cabrones. Y encima te miran por encima del hombro, como si trabajaran en el pentágono. Tranquilícese, señor, dice, o llamo a seguridad. ¿Tú puedes creer que iban a llamar a la policía?

—Un permiso para el cuarto de aperos de la finca —dijo Rogelio—. Yo pensé que eso estaba ya, Marcial.

Marcial no oyó la aclaración de Rogelio porque seguía despotricando del personal del ayuntamiento. Subió un tono de rojo, se echó mano a la frente, sacó un pañuelo y dijo:

—¡Dos meses y medio! ¡Me cago en todo lo que se menea! Estos hijos de puta me tienen envenenado. Que si este papel de aquí, que si la copia de su puta madre, que si el certificado de los cojones. Dos meses y medio para un cuchitril de tres metros cuadrados. Y en medio del quinto coño de la puta de la hostia. En Dios.

—Los trámites son los trámites —dijo Virgilio, incauto, deflagrador—. Y son necesarios. Y después nos quejamos del destrozo que hacen otros por ahí.

Marcial subió otro tono de rojo. El color de las orejas ya estaba más cerca del violeta de los obispos que del rojo de los comunistas. Rogelio le cogió el brazo tembloroso y le dijo:

—Sal y coge un poco de aire, anda. Y tú, Virgilio, por qué no te vas a tocarle los huevos a tu cuñado. ¿No es el nuevo concejal de urbanismo?

—Ya veo, ya veo —dijo Virgilio—, aquí no se puede hablar.

Virgilio no era un parroquiano. Tampoco un visitante habitual ni bienvenido. Entraba en el Comandante cuando tenía algún roce con los compañeros de la oficina técnica del ayuntamiento. Solo entonces, para evitarlos en el bar donde desayunaban con la paciencia de un maestro zen y la puntualidad de un caballero inglés, entraba en el Comandante, bar donde se le respetaba la entrada a cualquiera, sin que por ello no se produjeran silencios incómodos, resoplidos, miradas al vacío y otros gestos y comportamientos que dependían del historial y la naturaleza del visitante.

—¿Qué te pongo, Marcial? —dijo Álvaro.

—Lo de siempre.

—Sí, Álvaro, tú métele fuego a éste. Para que después vaya al ayuntamiento a armar escándalo.

Marcial era un hombre de carácter fuerte pero de buen beber. El ron le templaba los nervios, le apaciguaba los prontos y lo convertía en un hombre de compañía agradable, simpático, hasta ingenioso en lo que respecta al humor. Las palabras de Virgilio molestaron a los que le conocíamos porque además de ser agresivas y mal intencionadas, eran falsas. Rogelio se acercó a Virgilio, le quitó el vaso de la mano y lo cogió por el brazo. Le aligeró el paso, y con un ligero empujón final, lo puso en la puerta.

—Venga, salpica —dijo.

—Suéltame —dijo Virgilio.

Se revolvió con timidez y añadió:

—¿Cuánto hace que esta mierda no tiene licencia?

—Vete, coño —dijo Rogelio—. Y dile a tu cuñado, el ministro de exteriores, que venga mañana, que aquí lo espero, con estas dos copias de la licencia y el certificado de Marcial.

Virgilio cruzó la calle a una velocidad considerable y se perdió por la puerta del ayuntamiento. Al día siguiente se esperaba la visita del concejal y su séquito. En general, Virgilio no era tan mala gente, pero el hombre estaba pasando por una mala época. Su mujer y un querido que lo sustituía los fines de semana y algún que otro día laboral, lo traía de cabeza, y aquel día le tocó pagarlo al pobre Álvaro y a nuestro Comandante.

Rogelio esperó en la puerta del bar desde primera hora de la tarde, antes incluso de que llegara Álvaro para abrir la puerta. Todos sabíamos que el Comandante no tenía licencia de apertura, nunca la tuvo, y que si había una inspección del ayuntamiento, cerrarían el bar y pondrían un precinto. También sabíamos que ese precinto duraría hasta el mismo instante en que Rogelio lo tuviera a mano, y que una línea más en su historial policial lo llevaría una temporada a uno de los módulos de la urbanización privada y vigilada que él ya conocía bien.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —dijo Álvaro.

—Estaba aburrido —dijo Rogelio.

—No quiero problemas con el ayuntamiento, ¿me oyes?.

—Ahí vienen. Los cabrones, estaban esperando que llegaras.

—¿Quién es ese? —preguntó Álvaro.

—El concejal. El cuñado de Virgilio.

—Rogelio, por favor te lo pido, deja la fiesta en paz.

—El otro es el perito. Santana, primo de maestro Macario.

Primero entró el perito. A dos pasos, el concejal.

—El piso está mojado —dijo Rogelio.

—Buenos días —dijeron, casi al unísono, concejal y perito.

—Buenos días —dijo Álvaro—. ¿Qué es lo quieren?

El concejal abrió una carpeta y dijo:

—Es usted el señor Álvaro Ramírez.

—Sí.

—Este es el señor Santana, funcionario del ayuntamiento. Aunque este tipo de inspecciones no me compete, he querido venir porque considero de gran importancia conocer a los vecinos y sus preocupaciones. Ya sabe que soy nuevo y me gustaría que no se lo tomara a mal.

—¿El qué? —preguntó Álvaro.

El concejal miró el documento y dijo:

—Es por un informe de la oficina técnica.

—¿Un informe? ¿De qué?

—Tenemos una denuncia de un vecino y hay que hacer la inspección correspondiente. Es es el protocolo.

—¿Puedo ver la denuncia? —dijo Rogelio.

—No —dijo el perito.

—Pues sin denuncia no hay inspección —dijo Rogelio.

El concejal miró al perito y cerró la carpeta.

—¿Puedo ver la licencia de apertura? —dijo el perito.

—¿Puedo ver la orden? —dijo Rogelio.

—¿Es que voy a tener que llamar a la policía? —dijo el concejal en un momento de valentía inesperada.

Rogelio se revolvió de la forma que se revuelve un pejeperro cuando se le saca del medio acuático con un anzuelo clavado en el moflete, buscando la libertad, luchando por su vida, evitando la muerte que no le toca. Luego sacó pecho, dio un paso hacia el concejal, el concejal dio un paso hacia atrás, y Rogelio, con la barbilla a un centímetro de la frente del concejal, dijo:

—Llame a la policía o a quien le salga de los cojones.

—Oiga, señor concejal —dijo el perito en voz baja—, yo creo que es mejor consultarlo con la secretaria y el abogado.

—Sí —dijo Rogelio—, yo creo que va a ser mejor.

—Señores —dijo el concejal—, que tengan un buen día.

—Ya pasaré por aquí —dijo el perito.

—Ah, una cosa, señor alcalde —dijo Rogelio.

Se acercó y le dijo algo al oído que cambió el semblante del concejal y debió exprimirle la frente, porque una gota de sudor salió por la sien y le hizo sacar un pañuelo para secarse el cogote. Guardó el pañuelo y cruzó la calle aún más rápido que Virgilio, presunto denunciante de la supuesta denuncia.

Dos días después, Rogelio pasó por el ayuntamiento a solicitar un certificado de empadronamiento para un no sé qué trámite que no me supo explicar. Cuando el concejal se enteró de su visita, quiso saludarle personalmente, pero Rogelio estaba muy ocupado y no pudo pasar por su despacho.

Al siguiente día de su visita, los cuatro baños del ayuntamiento se obstruyeron y el personal del consistorio peregrinó durante cuatro días a los bares cercanos. Una peregrinación que dio conversación y vida al pueblo durante meses. Conversaciones que incluyeron una porra sobre las frecuencias y tiempos de evacuación de los ediles y el señor alcalde. Una porra que ganó y nunca cobró Octavio, el sargento de la policía local. La peregrinación se realizó a todos los bares cercanos excepto al Comandante, donde su retrete volvió a tragar de una forma rápida y ágil todo aquello que los cuerpos de los parroquianos desechaba por una u otra razón y/o vía.

Virgilio no volvió al Comandante. Dicen las malas lenguas, que la suya, bífida y maligna, escupía porquería sobre los sinvergüenzas y desvergonzados que frecuentaban el Comandante. Borrachos, gandules, incultos y provincianos todos ellos. Su cuñado, el concejal, cuando llegaba a la puerta del consistorio, desde el otro lado de la calle, nos miraba de reojo y con cierto reparo y mucho disimulo devolvía el saludo a Rogelio. El secreto que les unió aquella tarde quedó en el baúl de los secretos de Rogelio. Un baúl que se abre algún que otro día, pero no será hoy uno de ellos.

FIN

GRR_

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