El robo del siglo

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El nombre de mi hermana no lo sabía nadie, ni siquiera ella, por eso fue el mío el que ficharon el día que robamos los guantes. El jefe de seguridad nos miró desde arriba, negó con la cabeza y sonrió al ver a dos mocosas fingiendo tener miedo.

Qué pensaría ahora, con su cara de bueno, viéndonos frente al mismísimo papa maniatado, haciendo justicia y pensando en cómo repartir los tesoros del Vaticano. Si lo hubiéramos dejado con vida, me imagino que sentiría orgullo, o quizás satisfacción, por habernos dicho que nosotras también teníamos derecho a calentar las manos.

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