El secreto de don Matías

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Don Matías vivía en segundas nupcias con doña Matilde. Todos los domingos por las mañana se perfumaba y se endomingaba para ir a la ciudad. Sacaba veinte billetes de una jarra y los metía en un sobre. Antes de salir, doña Matilde lo miraba de arriba a abajo, le colocaba el cuello, le daba un beso en la mejilla y frotaba la solapa de su chaqueta para retener su olor. Cuando salía de casa, bajaba la cabeza y se preparaba para recibir a sus nietos. Don Matías cogía el primer autobús de la mañana en dirección a la ciudad. Aquel domingo, como en otras ocasiones, entró dándole los buenos días a Jaime y se sentó en la parte trasera.

—Vaya con el viejo Matías —dijo Jaime arrancando el motor —. Las pastillitas azules van a acabar con los viejos —Miró por el espejo retrovisor e intentó cruzar la mirada conmigo, lo evité simulando buscar algo en mi mochila. Jaime era una especie de voz del pueblo. En su monólogo de los domingos se resumía los chismes de toda la semana.

—Debe ser que Matilde ya no da para más —dijo Jaime —. Dicen que siempre va con la misma. Por muy puta que sea… Mucha necesidad hay que pasar para estar con un viejo como este.

Don Matías escuchaba con resignación. Su rostro mezclaba tristeza y alegría, ésta última contenida en una sonrisa que reflejaba bondad. Cuando llegamos a la ciudad, salió por la puerta trasera del autobús para evitar la mirada de Jaime.

—¡Adiós, don Matías! —dijo el chófer sonriendo y negando con la cabeza.

Le ayudé a bajar del autobús y le acompañé hasta el parque del centro. Yo tenía que hacer una entrega por la zona. Sabía que algunas prostitutas esperaban por los clientes en cafeterías y terrazas de aquel lugar. Pensé en desviarme para evitar que don Matías se sintiera incómodo, pero me pidió que le acompañara.

—¡Ahí está! —dijo.

—Adiós, don Matías. Tengo que seguir por aquí —dije.

—¡Abueeeloooo! —dijo una niña mientras se acercaba corriendo. Con esfuerzo y torpeza, don Matías se puso de rodillas en el suelo y extendió los brazos.

—Hola papá, ¿cuántas veces te he dicho…? —dijo una mujer mientras le ayudaba a levantarse. Me miró, sonrió y saludó levantando la mano.

—Es que necesito abrazar a mi princesa —dijo don Matías. A escondidas de su nieta, le dio el sobre a su hija.

—El viernes estuve en una entrevista. Si hay suerte, empiezo la semana que viene.

—No te preocupes, mi niña —dijo don Matías mientras miraba a su nieta —. Tienes la cara de tu abuela.

—Tiene una nieta preciosa —dije despidiéndome.

—Sí, ha salido a su madre. Y a su abuela —dijo don Matías, feliz y orgulloso, mirando al cielo.

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