El soldado y el capitán

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El ingeniero que diseñó aquel acorazado dijo que era indestructible. Una obra de arte destinada a ser el orgullo de una nación y el terror del enemigo. Grabó sus palabras junto a su nombre en una placa de cobre y la soldó en la entrada del puente de mando. Pero casi sin que la tripulación se diera cuenta, y sin haber disparado ni un solo proyectil, un torpedo G7e lo envió para siempre a las profundidades del océano pacífico.

El soldado se subió a la litera y dijo:

—¿Cuánto queda, señor?

El capitán miró el reloj y dijo:

—Veinte minutos.

—¿Cree que vendrán a buscarnos?

—No, hijo, no lo creo.

—¿Tiene miedo, señor?

—No.

El capitán estaba sentado en un escritorio. Se levantó y se sentó en el borde la la litera inferior. Sacó una foto de la cartera y sonrió al ver a una niña de unos siete años en un coche de feria. Sonreía y miraba hacia el señor que estaba sentado a su lado.

—¿Su hija?

—Sí.

—Es muy guapa.

—Sí que lo era.

—Lo siento.

El capitán guardó la foto, se bajó de la litera y se volvió a sentar en el escritorio. Sacó una pistola, le colocó el cargador y la puso sobre la mesa. Luego miró el reloj y dijo:

—Jamás pensé que moriría de esta forma.

—Señor, ¿por qué ha venido aquí?

—No quiero estar solo.

El capitán se levantó, se acercó al soldado y dijo:

—¡Cójala!

El soldado la cogió con cuidado y la puso sobre el colchón.

—Ni siquiera sé disparar, me enviaron a la cocina.

—En un barco como éste, la cocina es más importante que saber usar un arma.

—Eso decía el cocinero.

—Tenía razón.

—Señor, cree que hay un cielo.

—Sí, lo creo.

El capitán cogió la pistola, le quitó el seguro y cargó una bala en la recámara.

—Solo tiene que tirar del gatillo. Quiero morir como un soldado.

—No puedo hacerlo.

—Será rápido y limpio. Colocaré una almohada y solo tendrá que apretar el gatillo. Piense que estará llevándome con mi familia.

—¿Y su mujer?

—Murió.

El capitán se tumbó en la litera inferior, sacó una foto de la cartera y se la ofreció al soldado.

—Parece la misma.

—Sí, se parecían.

—¿Puedo hacerle una pregunta, señor?

—Adelante.

—¿Cómo murieron?

—Mi hija de tuberculosis, mi mujer, al dar a luz.

—¿No tiene más familia?

—Un hijo.

—¿Y vive?

—No lo sé.

—Tiene suerte, señor. Yo no he tenido tiempo de tener familia.

—¿Y sus padres? —dijo el capitán.

—No tuve.

—Todos tenemos padres.

—Yo no. Me crié en un convento, con unas monjas. Tenía la ilusión de formar mi propia familia cuando volviera de la guerra, pero ya ve, a veces las cosas no salen como uno quiere.

—Lo siento.

El soldado saltó de la litera y salió al pasillo.

—¿Ha oído eso?

—Es la presión del casco.

El capitán miró el reloj.

—Ya es la hora, hijo.

—¡No! Espere. ¿Y si han encontrado la forma de llegar?

—Estamos en el infierno, hijo, aquí abajo no se puede llegar vivo.

Algo sacudió el buque y se oyó un golpe seco en el casco. El capitán se agarró de la litera y el soldado entró corriendo al camarote.

—¿Ha visto eso?

—¿El qué?

—¡La luz!

—Es su imaginación, soldado, suele pasar.

—Creo que hay alguien fuera, capitán.

—Calle, un momento…

El capitán miró el reloj y frunció el ceño. Se levantó y se dirigió al pasillo. Todo era oscuridad. El sonido de los golpes venían de la cubierta. Estaban en una esclusa, aislados del resto del buque, eso les había salvado la vida después de las explosiones. El capitán lo vio como una tortura, una penitencia por algo que debió haber hecho durante su vida. En cambio el soldado, no perdía la esperanza y repetía una y otra vez que mientras hubiera vida, había esperanza. No me pregunte por qué, pero sé que saldremos de esta, capitán. No podemos estar vivos por nada.

—No puede ser —dijo el capitán.

El soldado salió corriendo por el pasillo de la esclusa. El capitán le siguió. Al final del pasillo vieron una luz. La escotilla estaba abierta. Un aire fresco y húmedo remojó sus labios, ya no estaban cuarteados por el racionamiento de los últimos días. No tenía hambre ni sed. Salieron a la cubierta. Miraron hacia arriba. Solo había luz.

—¡Hija! —dijo el capitán.

—¿Madre? —dijo el soldado.

—No puede ser —dijo la madre.

—¡Por fin, juntos! —dijo la hija.

—¡Por fin!

FIN

GRR_

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