El tiempo de las brujas

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El viejo estaba más nervioso de lo habitual, habían matado a la cochina y no se estaba quieto en su cuarto. Mi abuela resoplaba cuando lo oía, empezaba a impacientarse.

—¡Brujas! —gritó el viejo desde su cuarto.

—Cállate o voy para allá —dijo mi abuela.

—¡Rameras de Lucifer!

—Vete a la cocina —me dijo mi madre.

La abuela entró en el cuarto del viejo y le colocó un bozal para que no mordiera. Luego lo azotó con una vara y le acortó la cadena, decía que así no podría moverse y salpicar de mierda a la cochina. Él se revolvió, dijo algo que no se le entendía y se tumbó en el suelo. Golpeó el bozal contra las rodillas varias veces y estuvo tirando de las cadenas hasta que se cansó. Luego lloró.

—Eso, rómpete las muñecas —dijo mi abuela sonriendo.

—¿Por qué no lo hacemos ya? —dijo mi madre.

—¿Le has echado de comer?

—No, madre, aún no he terminado de recoger.

—¡Desgraciado, hoy te quedarás sin comer!

El viejo comía lo mismo que la cochina, pero como ya no tenía dientes, solo conseguía tragar las partes blandas. Como no le ponían más comida hasta que vaciara el comedero, esparcía el resto en el suelo. Yo lo veía desde mi cuarto, pero sin saber por qué, nunca le dije nada a la abuela. En cambio mis primos, que eran más obedientes, sí que se chivaban siempre que lo veían intentar romper la cadena o hablar conmigo.

Nunca supe cuándo ni por qué lo habían amarrado junto a la cochina. Tampoco supe por qué mi padre podía estar suelto por la casa. A mí no me gustaba entrar el ecuarto del viejo porque olía mal, pero mi padre, siempre a escondidas, entraba y hablaba con el viejo durante tardes enteras. Luego volvía a mi cuarto y me contaba historias de cuando ellos eran libres. La última vez que habló con el viejo fue para despedirse.

—Bueno, padre, hasta aquí hemos llegado.

—¿Y no vas a hacer nada?

—No.

—Aún puedes escapar.

—No puedo salir.

—Malditas brujas, conmigo no han podido, ¿cuándo lo van a hacer?

—Creo que hoy.

—¿Te importaría darme un abrazo? —dijo el viejo.

Y mientras yo molestaba a Mariana, que es como le llamábamos a la gallina más vieja del corral, ellos se dieron un último abrazo. El viejo negó con la cabeza y se ocultó detrás de la cortina que le habían colocado, según decía mi madre, para que no le molestara la luz al dormir. El viejo decía que era para no ver la mierda sobre la que le hacían comer. Como cada noche, mi padre volvió a nuestro cuarto y a la mañana siguiente, cuando desperté, él ya no estaba.

A la siguiente tarde, escuché a mi madre decir que iban a matar al viejo, y que sería mejor emborracharlo antes. Le preguntó a la abuela si podían envenenarlo, pero la abuela le respondió que no, que para que su alma no las persiguiera, tenían que seguir el ritual de sangre. Desde por la mañana, la abuela nos dijo que fuéramos a jugar a la calle, pero yo me quedé en mi cuarto, y es que me dolía la barriga desde que me dijeron que no volvería a ver a mi padre. Mi cuarto estaba enfrente al del viejo, justo al otro lado del corral. La abuela y mi madre estaban en la cocina.

—¿Cuándo vino el afilador? —preguntó mi abuela.

—Ayer —dijo mi madre.

—¿Qué te dijo?

—Creo que no sabe nada.

—¿Qué cuchillos le llevaste?

—El cebollero y el mondador.

—Bien. Lo haremos hoy.

A mediodía llegaron mis tías.

—¿Listas? —dijo mi abuela.

—Venga, madre, cuanto antes mejor.

—Espérense aquí —dijo la abuela.

—¿No necesitas ayuda? —dijo mi madre.

—¿Para este desgraciado? —dijo la abuela—. Yo lo traje y yo misma lo llevaré al infierno.

La abuela entró en el cuarto del viejo con un cuchillo mondador.

—Niño —susurró el viejo.

Fui a su cuarto y vi a la abuela sentada junto a la cochina. El viejo me dijo que no me preocupara, que despertaría en el infierno por todo lo que le había hecho. Luego me dijo que yo tenía los ojos de mi padre y que cuidaría de mí hasta que su corazón dejara de latir, y que eso sería dentro de mucho tiempo.

—Viejo, si mi madre me ve hablando contigo, me va a castigar —dije.

—Puedes llamarme abuelo —dijo el viejo—. Y ella no es tu madre, es solo una bruja.

—Pero la abuela me ha dicho que…

—La abuela ya no dirá nada. Tenemos que irnos, hijo, antes de que nos descubran.

Y nos fuimos lejos, muy lejos, a las aldeas a las que no habían llegado las brujas.

FIN

Imagen: El Aquelarre, pintura negra de Francisco de Goya (fragmanto).

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