El verdugo

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La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie (Víctor Hugo)

Diego entra en el patíbulo. Uno de los alguaciles le intenta cubrir la cabeza pero el condenado lo aparta con el hombro y le ordena que no lo vuelva a intentar. El alguacil niega con la cabeza y mira al alcaide, que asiente en un gesto de acatamiento extraño en él. Al otro lado de la barandilla del cadalso, la ausencia de Carmen, la mujer del condenado, tiene cara de ser ella la que tiene la correa ajustada al cuello y un tornillo esperando rompérselo, contiene la respiración, sentada, sola, vacía, no existe, no está, pero puedo verla, ahí, en primera fila, ansiosa por la sonrisa que su marido le prometió como despedida. El reo se sienta en la silla de madera. Le ajusto la altura del collarín. El tornillo, algo oxidado por olvido, espera ser girado para romper la vida de Diego y destrozar la de Carmen.

—¿Estás listo? —le digo.

—No tienes buena cara —me responde.

—Bueno, ya sabes que esto no me sienta bien.

—No te preocupes —dice sonriente—. Ya casi estamos. Alguien tendrá que hacerlo, ¿no? Y la verdad es que me alegro de que seas tú.

—Yo no me alegro tanto.

—Lo sé.

—Acabamos con esto o quieren que les traiga un café —dice el alcaide.

La noche anterior a la ejecución, según dictan las leyes y exige la tradición, a petición del condenado, visité su celda, una especie de caverna, sin luz, sin calor, sin vida, limbo terrenal, última estancia del condenado a una muerte anunciada, no por ello menos temida. Debo mantenerme distante como un carnicero se mantiene del animal al que debe dar muerte y descuartizar. No dar más información de la que se pide, responder —si se pregunta— sobre los detalles del ajusticiamiento, hacerlo con frialdad. Antes de despedirme debo escuchar los últimos deseos del condenado y transmitírselo al alcaide. Así funciona aquí, ahora.

—¿Cuánto vas a tardar? —me preguntó el condenado.

—Eso depende —dije—, si sale bien, ni se va a enterar.

—¿Y si no?

—Confiemos en que sí.

—¿Cuántas veces lo ha hecho?

—¿Y qué más da eso ahora?

—No se lo tome a mal, pero me gustaría saber lo que me espera.

—Cuarenta y dos.

—¿Cuarenta y dos? Son muchos. Es joven.

—Me llaman de todo el país. Cada vez somos menos.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Si supiera lo que pensaba mi madre.

—¿Por qué no lo deja? —dijo. Sonrió y añadió—: No me vendría mal que abandonara hoy.

—No crea, siempre hay alguien de guardia, el de mañana no se lo aconsejo.

—Estaba bromeando.

—Parece un buen hombre —dije—. He hablado con su mujer, no se puede querer a un asesino como ella lo quiere a usted.

El condenado miró una foto y dijo.

—El amor es ciego.

—¿Ese tipo de amor? ¿Esa mujer? No, su mujer no lo es, ella sabe lo que quiere.

—Los asesinos también tienen familia.

—Estuve diez años trabajando como carcelero y llevo en esto otros muchos, sé reconocer a un asesino, y usted no lo es.

—Usted solo ejecuta órdenes. Son los jueces los que deciden.

—En eso tiene razón, pero lo que uno siente al quitar la vida de una persona no lo siente el juez. En la distancia se ve las cosas de otra forma.

—Le conozco.

Acerqué el candil a su cara y deseé que se equivocara.

—No puede ser —dije.

—Eres Sánchez. Treinta de infantería.

—Y tú… Torres, Torres Gutiérrez —dije con dificultad—. No me lo puedo creer.

Y no me lo creía.

—¿Podrías renunciar? —dijo Diego.

—Es posible, pero no puedo hacerlo. Ya te lo dije, el otro es un sádico. El último ajusticiado tardó más de quince minutos en morir.

Diego sonrió y dijo:

—Por eso no te preocupes. No tengo prisa.

—Siempre los tuviste bien puestos.

—No creas, Sánchez, no creas. Ahora no sé ni dónde los tengo.

—Si no es por ti no salgo de aquel infierno.

—El sargento —dijo Diego—, ¿cómo se llamada aquel hijo de puta?

—Díaz. Díaz Moreno.

—Hijo de puta. Te la tenía jurada.

—Yo era un niño, nunca había salido del pueblo. Si no es por ti no salgo de allí. Nunca me dijiste qué le hiciste para que me dejara en paz.

—Eso ya no importa. Al final, ¿te casaste con…? ¿Cómo se llamaba?

—Encarna.

—Sí, eso, Encarna, ¿te casaste? Se veía que te quería con locura.

—No, aquello no acabó bien. Cuando volví ya se había casado con uno del pueblo .

—¿Te casaste?

—No. Eso no es para mí, Diego, no. Tuve varias novias, sí, algunas muy buenas, pero siempre acababa mal. Luego me ofrecieron esto y como tenía algunas deudas de mi vieja, lo acepté.

—Si te sirve de algo, me alegro de que seas tú, sé que lo harás bien.

—Te juro por mi madre que no vas a sufrir.

—Si te digo la verdad, a mí ya me da igual, de sufrimiento ya estoy curtido. Lo único que pido es que no sufra mi gente. Tienes que prometerme una cosa. Mañana, si mi mujer no sale de la sala, no le des al tornillo, pídele a quien sea que cumpla con mi último deseo y la haga salir, aunque sea a rastras. Lo mismo con los periodistas, no les dejes publicar nada de lo que ocurra, mi madre no podría soportarlo, le llegarían los chismes, y ya sabes cómo es la gente. No quiero que muera con esto en la cabeza.

—¿Los mataste? —pregunté.

—Sí —dijo Diego sin dudar—. Tuve que hacerlo, iban a fusilar a diez inocentes. Aquellos pobres no habían hecho nada, solo denunciar el abuso de sus hijos. Pensaron que si lo hacían juntos, el patrón no podría hacer nada, pero no fue así.

—Pero los guardias civiles dijeron que…

—Los guardias civiles no tenían ni idea de lo pasó allí. Ellos no estaban, llegaron al día siguiente, al juez le contaron lo que le ordenó Gómez, y ya sabes cómo se las gasta Gómez.

—¿El sargento? Ese sí que es un hijo de puta. No hay nada más peligroso que un idiota con poder.

—Sí, el compadre del patrón. No hacían mas que meterle mano a las trabajadoras de la finca, aquello era una locura. Había que estar allí para saber el miedo que pasaba esa pobre gente. El patrón pagaba las fiestas y las putas, y Gómez callaba. Aquel día los iba a fusilar, a todos, si no llego a tiempo estarían muertos. Ya tenían la zanja preparada. Lo volvería a hacer. Sin dudarlo ni un segundo. Solo cometí un fallo.

—El capataz.

—Le perdoné la vida porque me lo dijeron los trabajadores.

—¿Y por qué no se calló la boca?

—Ya da lo mismo. No me arrepiento. Una vida por diez.

El crepúsculo, presagio de un nuevo día, el último de Diego Torres, se asomó por el horizonte, y la mujer del condenado esperó en la puerta de la cárcel. Llevaba una bolsa de cartón con tortillas de carnaval, un bote de miel de palma y un trozo de queso curado, los otros últimos deseos materiales de su Diego. Los periodistas se dieron media vuelta sin insistencia ni reclamación. Nunca supe lo que hablaron Diego y su esposa en la celda, minutos antes de la ejecución, pero ella salió con una sonrisa que me recordó a la de la foto que me había enseñado.

—Sé quien eres —me dijo Carmen al cruzarse—, se alegra de que seas tú, y yo también, pronto estaré con él, antes de lo que él piensa.

—No sé qué decirle, señora.

—No diga nada. Haga su trabajo rápido. Que no sufra.

—Me dijo que me asegurara de que saliera de la sala.

—No se preocupe por eso. Ya me voy. Ya tengo su sonrisa, me agarraré a ella para siempre.

—Es el hombre más valiente que conozco —le dije.

—Ahora mismo lo prefería cobarde y libre —dijo su mujer—. Pero sé que en el fondo no es lo que siento, habla mi sufrimiento, no yo. Lo quiero como es, también con la valentía que le va a quitar la vida, la valentía que me condena a su ausencia.

—Ya es la hora —dijo el alguacil.

—¿Qué prisa tiene? Aún queda diez minutos —descargué.

—Haga su trabajo —dijo Carmen.

Se acercó, me abrazó y susurró:

—Que sea rápido. No merece sufrir.

Por primera vez en mi vida sentí que no podía hacerlo. Que me fallarían las fuerzas al girar la palanca. La intensidad con la que giraría el tornillo no sería suficiente para romperle el cuello, moriría estrangulado, agonizando durante una eternidad. Supe que sería mi última ejecución.

Ya es la hora. Espero la orden del alcaide. El gobernador civil está presente por petición expresa de la familia del patrón. El alcaide da la orden.

—Dale recuerdos a mi madre. Nos veremos pronto —susurro.

—No tengas prisa. Serán dados —responde Diego sonriente.

—¡Alto! —grita alguien desde el otro lado de la barandilla.

El alcaide se acerca y me susurra:

—¿Es que no me has oído?

—¡Paren esta locura! —vuelve a gritar el desconocido—. ¡Iban a matarlos! ¡Iban a matarlos! ¡A todos! ¡A los niños también!

El gobernador se levanta y pregunta:

—¿Hay algún periodista aquí?

Todos se miran unos otros y se encogen de hombros.

—¡Alcaide! ¡Pare esto! —dice el desconocido.

—Es el capataz —dice Diego con la serenidad de un no vivo.

—¡Mentí! ¡Le mentí a juez! ¡El patrón los iba a matar! —dice el capataz.

—¡Traidor! —dice uno de los hijos del patrón—. ¡Lo haré yo mismo!

—¡Justicia! —dice otro de los hijos.

—Que no se mueva nadie, ¡coño! Verdugo, suelta la correa, y quédate ahí, no te muevas.

El gobernador se acerca al capataz y le susurra algo al oído. El capataz se echa manos a la cabeza y le responde. El gobernador niega con la cabeza y dice:

—¡Alcaide, suspenda la ejecución!

—¡Estás muerto! —le dice el hijo del patrón al capataz. Luego se dirige al condenado y añade—: Y tú también. Ahora morirás, pero sufriendo.

La mujer del patrón explota de rabia y se dirige al sargento de la guardia civil:

—¡Inútil! ¿Es que no vas a hacer nada?

El sargento intenta salir de la sala.

—Que no se mueva ni Dios, ¡coño! —dice el gobernador—. ¿Es que no me han oído? Alguacil, cierra esa puerta con llave. Si intenta salir alguien, lo detiene, ¿me ha entendido? Si es necesario, use la fuerza, toda la fuerza.

—Sí, señor gobernador.

—Alcaide, suelte al reo, que vuelva a su celda.

El gobernador se dirige a los hijos del patrón. El mayor dice:

—Se arrepentirá de esto.

—Alguacil, arréstelo. ¿Y tú? —le pregunta al hermano, que se vuelve a sentar.

El gobernador se acerca al capataz, le pone la mano en el hombro y le pregunta:

—Hijo, ¿estás seguro de lo que estás diciendo?

—Sí, señor, los iba a matar.

—Cálmate y responde a lo que te voy a preguntar. Pero tómate tu tiempo… ¿Entendido?

El capataz asiente. El gobernador pregunta:

—¿Has dicho que el condenado disparó porque el patrón iba a matar a alguien?

—Sí —respondió el capataz, sin dudar.

—¿A quién?

—A ocho jornaleros, señor, y dos niños, los hijos de él, diez en total.

El capataz señala al que está a su lado.

—¿Usted confirma lo que ha dicho este señor?

El jornalero asiente en silencio.

—¿Usted confirma lo que ha dicho este señor? ¿Sí o no?

—Sí, señor, sí.

—Alcaide, llame al juez, dígale que se no salga de la ciudad.

—No sabe lo que está haciendo —dice la viuda del patrón.

—Que se calle, ¡coño!

—Señor gobernador —pregunta Diego—. ¿Puedo pedirle un favor?

—Adelante, pero suba la voz.

—Sería tan amable de decirle a mi mujer que sigo vivo.

—Alcaide —dice el gobernador—. Mande a buscar a la mujer del reo.

—Señor Alcaide —digo—. Podría encargarme yo mismo.

—Estaría bien —dice Diego—. El mismo que me ha matado, que me resucite, pero que sea rápido, que mi mujer ya debe estar poniéndome una.

—Venga, dese prisa, pero quítese eso de la cabeza antes de salir.

—Alguacil, encierre a todo el mundo en celdas separadas y llame al juez.

—¿Todos, todos, señor?

—Todos menos usted y su compañero.

—¿Y el alcaide?

—¡Todos! ¡Coño! ¡Todos!

—A sus órdenes.

Busco a la mujer de Diego y la encuentro en la ermita, enciende una vela.

—¡Señora! Apague eso. Ya no es necesario —le digo—. Diego sigue vivo.

Carmen sonríe y se desvanece. El cura se acerca y entre los dos conseguimos reanimarla. Carmen abre los ojos y dice:

—He tenido un sueño. Diego sigue vivo.

—No ha sido un sueño, señora, su marido la espera.

¿Continuará?

GRR_

Imagen: Fotograma de El verdugo (Luis García Berlanga)

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