En el salcai (Las movidas de Farfán)

Tiempo aprox. de lectura: 5 min

Puto jaco mierda. Todas las vidas merecen ser vividas.

Para quien no lo sepa, Salcai era el nombre de una de las empresas públicas de guaguas que operaban en Gran Canaria. Más tarde, después de una fusión de compañías, pasó a llamarse Global. Los viejos y los no tan jóvenes, seguimos cogiendo salcais cuando no tenemos coche. Así le sigo llamando yo a esos mastodontes cuadrados, antes verdes, ahora azul turquesa. Bestias metálicas que me llevaron acojonado por primera vez a la universidad, y me trajeron, desconojado y borracho, un montón de veces de fiestas y tenderetes. Los salcais transportaban vidas y experiencias en asientos de skay marrones. Siempre decorados con garabatos, rajas y agujeros. Tarea difícil, por no decir imposible, era encontrarlos intactos. Llegué a pensar que las primeras rajas y rayones venían de fábrica. De esa época tengo muchos recuerdos, la mayoría felices.

Y después de este pequeño homenaje a los salcais, inesperado para mí mismo, vayamos al grano. Cada vez que viajo en autobús, esté donde esté (como ahora en Barcelona), me vienen a la cabeza las movidas de Farfán. El día que lo conocí era un día como otro cualquiera. Se acercaban las navidades y volvía de la universidad con muchas ganas de siesta y pocas de estudiar.

—Al carajo —pensé viendo como salía la veintiuno del hoyo. Esperé media hora por la once, mismo destino, pero con más paradas.

—Chacho, patrón, ¡no me corto el pelo porque pim pam! —dijo Farfán entrando en el salcai. Nico le seguía. Creo recordar que estábamos en la parada de los juzgados, aún en Las Palmas.

Yo solo conocía a Farfán de vista y de oídas. En esa época, los drogadictos eran conocidos como jacosos, y todos los pueblos tenían un bar, esquina o dulcería donde se reunían. Aún se robaban los radiocasetes de los coches. Los comprábamos regateando con los indios en el puerto o en el sur de la isla. Sacaban la calculadora y decían: “ni pa ti ni pa mi, sun quince mil dusiento”. Y salíamos de la tienda sonrientes, orgullosos y engañados a partes iguales. Los modelos más nuevos se podían extraer para llevarlo en un bolso. Un verdadero lingote que paseábamos resignados hasta volver al coche. Un esfuerzo justificado para poder escuchar la música de Radio Futura o El último de la fila. Así era el yamaha que tenía en el Opel Corsa. En una de esas ocasiones, en las que pereza y fatalidad se juntan, me lo dejé puesto. Cuando volví, la carcasa forzada vomitaba los cables de colores arrancados del yamaha desaparecido. «Cabrones», pensé, «hijos de la gran puta».

Al día siguiente, pregunté por el pueblo, y como en los pueblos, todo se sabe, adivinen quién lo tenía… Pues sí, el mismísimo Farfán. Me lo devolvió a través de un conocido unos días después. Según él, nunca lo llegó a robar. “Si hubiera sabido que el pibe era del pueblo…”, dicen que dijo.

Esos tiempos empezaban a quedar atrás. La metadona hacía estragos en la cadena de distribución insular del jaco. Los camellos de los pueblos empezaban a sentirse solos, incomprendidos y menos vigilados. Los maderos se atrevían a entrar en El Polvorín, cosa nunca vista antes, salvo que corriera sangre en cantidades importantes. Los radiocasetes de coche ya venían con compact (disc) y solo tenías que llevarte el frontal. Yo estaba terminando filología hispánica. Compartía coche con mis hermanos y a menudo coincidía con Farfán en el salcai. Me imaginaba que había ido al Buque de guerra o al Rincón a ligar jaco, tripis, hachís o las tres cosas. No se cortaba a la hora de contar de dónde venía ni a dónde iba. Él no me conocía o no me recordaba. Al menos eso creía yo hasta aquel día.

—Shiah coñoooo… Farfán, me tienes loco la cabeza —dijo Nico cuando entró en el salcai.

—Cállese, coño. Nico los cojones… Señoooraaa, le molesta que me siente… —dijo Farfán sentándose al lado de una señora de unos sesenta años. Para hacerle espacio, la señora se apretó tanto a la ventana, que casi la revienta (la ventana) y sale despedida (la señora).

—¡Un poco de respeto, Farfán! —dijo el chófer mirando por el retrovisor.

—Vale, jefe. Perdone, señoooraaa, ha sido un error. No volverá a ocurrir —dijo Farfán serio y solemne, esforzándose para vocalizar sílaba a sílaba. Se levantó y añadió: —Triquitraque, simbombaque, pim, pam, pum. Vamos pa’trás, Nico…

—Paso, tío, tengo que bajarme en Telde. —Yo era la primera vez que veía a Nico, pero me pareció que se conocían bien.

—Tú mismo, ¿oíste? —dijo Farfán caminando pasillo atrás.

—¿Qué pasó, pollo? —me dijo cuando llegó a mi fila. Yo estaba en la penúltima. Siempre que podía, me sentaba ahí. Estaba más tranquilo para poder dormir un poco durante la hora de trayecto. Farfán se sentó en la misma fila, pero al otro lado.

—Hola —respondí serio. Me giré hacia la ventanilla.

—Yuoh, tengo un pase la hostia. Mierda jaco ésta —dijo tambaleándose en el asiento y añadió: —Ni Maradona ni hostia… Tonono, compadre, mejolahistoria es Tonono! ¿Oíste, pollo? —Me miró. No le hice caso.

—¡Pásate a la meta, Farfán! ¡Estás rayando al pibe! —dijo Nico desde delante.

—¡A lo suyo, Nicolaso cabrón!

Pasamos el barrio de San Cristóbal y Farfán, ya más tranquilo y callado, había apoyado las dos rodillas sobre el respaldo del asiento de delante. Cuando entraba alguien y lo veía, se paraba a medio salcai y buscaba asiento. Algunos daban media vuelta y se volvían a la parte delantera. Me puse los auriculares y traté de dormirme. Sentí un golpe, más por la vibración que por el sonido. Me quité los auriculares y vi que Farfán estaba en el suelo. Mantenía la postura fetal que tenía en su asiento. No se movía.

—¡Chófer, pare un momento! —dije accionando el botón de parada.

Se detuvo en la parada del Cruce de Melenara.

—¡Farfán, Farfán! —dije cogiendo y sacudiendo su brazo derecho. Tenía espuma en la comisura de la boca, los párpados ligeramente abiertos y los ojos descolocados. Abrió los párpados casi por completo, colocó los ojos con esfuerzo y dijo:

—La viejita, Dani, la viejita. —Se trató de incorporar pero no pudo. Me sorprendió que supiera mi nombre, pero no le di importancia en ese momento. Estaba asustado (él y yo). Nadie hacía nada ni se movía. “Yo no lo movería hasta venga el juez”, dijo una señora. “Sácale la lengua”, dijo otra. El chófer se comunicó con la central a través de la emisora.

—En la residencia del pueblo, dile que estoy bien.

—Tranquilo, Farfán.

—Gabriel, me llamo Gabriel. La viejita, vete mañana y dile que estoy bien.

Pero no lo estaba. Perdió el conocimiento y esperé junto a él hasta que llegó una ambulancia. A la altura de La Laja, se detuvo su corazón por primera vez. Un enfermero al que recuerdo incansable, con una cara que alternaba miedo y resignación, trató de reanimarlo durante todo el trayecto. “Si es una sobredosis, estamos jodidos”, le decía al conductor. “Mantenlo, ya casi estamos”. Entrando en Las Palmas tuvo la segunda parada. Más rápido Ángel, o se nos va…

Pero no se fue. Farfán se quedó. Y aquí sigue, fuerte como un pino canario. Que se quema y brota verde desde un tronco negro y lleno de vida. Lleno de vida como Farfán cuando me cuenta sus movidas. Historias de una vida, la suya, sorprendente y apasionante. Una vida con la que aprendo, río y lloro. Porque así son sus movidas, las movidas de Farfán.

—Hola, campeón —le dijo al auxiliar que empujaba la camilla —¿Qué pasó, pollo? ¡Vaya movida! —me dijo antes de entrar en la uvi —Puto jaco mierda —dijo mirando al techo.

GRR_

Siguiente movida: La viejita de Farfán y mi primer porro (próximamente).

*Ilustración: Navina M. Müller

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.