En el Viaducto de Segovia

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Rafael, don Rafael para los vecinos, era un hombre solitario, de sonrisa fácil y poca palabra, un enamorado del silencio, un noctámbulo que arrastraba su silueta quijotesca por los parques de Madrid. Unos decían que buscaba recuerdos en los rincones, otros, que desde la muerte de su esposa, Rafael andaba buscando su fantasma en los bancos donde se solían sentar juntos. El paseo diario siempre acababa junto a la barandilla del Viaducto de Segovia, también conocido como Puente de los Suicidas por el macabro servicio que prestaba a la ciudad, además del de prolongar la calle Bailén, salvando el desnivel con la calle Segovia. Allí rezaba el viejo cada noche por el alma de su esposa, también lo hizo en la última noche de su vida, una noche en la que, de vuelta a casa, se sentó en un banco del Parque de Atenas para coger aire y sintió que por fin era hora de volver con su Manuela.

Esa misma noche, una joven se subió a la barandilla del viaducto y dijo:

—Señor, ¿me haría un favor?

Rafael se acercó con cuidado. No recordaba cómo había vuelto allí, no entendía cómo era capaz de andar sin su bastón, un “gayato” de castaño que lo sostenía desde que sus rodillas le pasaron la factura por el servicio prestado a la minería.

—Dígame, señorita.

—¿Podría hacerse cargo de mi perro?

—Cálmese y no se mueva.

—Es un buen perro, créame, señor, ha aprendido con los mejores adiestradores del país.

Rafael no miró al perro. Se acercó lo suficiente para ver el perfil de la joven.

—Haga el favor de bajarse de ahí y hablamos de su perro y de lo que usted quiera.

—Tiene que prometerlo, señor, no podría dejarlo solo en esta ciudad.

—Lo que usted quiera, pero bájese de ahí.

Rafael se acercó con cuidado. El perro lo miró, ladeó la cabeza y movió la cola.

—No tenga miedo. No le hará nada. Coja la correa y váyase de aquí.

—Lo sé. Escúchame, Manuela, es hora de irse.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Mírame, cariño, soy yo, Rafael.

—¿Rafael?

Rafael la cogió por la cintura, le ayudó a bajarse de la barandilla y dijo:

—Es hora de irnos.

—¿De verdad eres tú? —preguntó Manuela.

—Sí.

—¿Dónde has estado todo este tiempo?

—Vivo. He estado vivo, pero eso ahora no importa.

Manuela cogió el brazo de Rafael y preguntó:

—¿Adónde vamos?

—¿Ves eso? —respondió Rafael.

—¿Qué es?

—Un buen comienzo después de un mal final.

El perro se separó de ellos.

—¿No viene? —preguntó Manuela.

—Aún es pronto para él.

En el mismo lugar pero en otro plano (por llamarlo de alguna forma):

—Dicen que fue aquí mismo —dijo un desconocido—. Se lanzó desde ahí. Y que el perro saltó con ella y murió ahorcado.

—Joder, ¿ahorcado? —dijo otro.

—Sí, con la correa.

—Vaya historia para acabar la noche, ¿y por qué lo hizo?

—¿Quién sabe? La gente se suicida y punto.

—Creo que va a ser la historia más triste que has escrito.

Uno de los desconocidos comenzó a estornudar.

—¿La alergia? —dijo el otro sonriendo—. A ver cómo coño lo explicas ahora. Mira que te lo he dicho un millón de veces, tú-no-tienes-alergia-a-los-perros, seguro que es por el polen, el polvo, las flores, o lo que coño que sea, pero no son los perros, cariño, no son los perros. Si me dices que son los gatos, pues bueno, vale, normal, esos cabrones que solo piensan en sí mismos, interesados, egocéntricos, normal que causen alergia a las personas.

—Ya te lo he dicho un montón de veces: son los perros. El médico lo dejó claro, y tú estabas en la consulta.

—Pues llámalo, y que te diga ahora dónde está el perro.

—Oye, cariño, escúchame, no vamos a tener un perro, ¿vale?

—Vale. Tampoco un gato.

FIN

GRR_

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