Encuentro en Berlín – Capítulo II

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Cuatro horas, una eternidad.

—[…] Señores pasajeros, les informamos de que aterrizaremos en unos cincuenta minutos. La temperatura en Gran Canaria es de veinticuatro grados, luce un sol estupendo y no hay rastro de nubes. Le agradecemos su confianza y le deseamos una feliz estancia. Bienvenidos al paraíso.

Cuando falló el detonador de Salka, cuatro horas me parecieron una eternidad. Sí, una eternidad y luego al paraíso. No tenía miedo a morir, o eso creía hasta ahora. Tengo que escribir rápido. He vuelto a mi asiento obligado por uno de los auxiliares de vuelo. Creo que han subido el nivel de seguridad. La señal de los cinturones no se ha apagado en todo el vuelo. El piloto ha informado de que no se pueden encender aparatos electrónicos, ni siquiera con el modo vuelo activado. La actitud de la tripulación de cabina ha cambiado, están atentos a cualquier movimiento de los pasajeros. Los acompañan al baño y se quedan esperando junto a la puerta. Desde aquí puedo ver a Salka. Hemos acordado mirarnos justo antes de tomar tierra. El dispositivo detonador de emergencia se activará en el mismo instante en que las ruedas traseras toquen la pista. Por primera vez desde hace años, tengo miedo.

—Cuatro horas de agonía —me había dicho Salka después del fallo de su detonador.

—Cuatro horas de vida —dije levantando el vaso de whisky.

—Me llamo Salka, con k de kilo —dijo mientras se inclinaba para sacar algo de su bolso.

—¿Sabes, Salka? No contaba con estas cuatro horas.

—Ni yo tampoco —dijo sacando un álbum de fotos de su bolso.

—¿Te importa que mire? —dije.

—No.

En cada página del álbum había una sola foto. En la parte inferior de cada una de ellas, manuscrita con caligrafía perfecta, yo diría que de Salka niña, figuraba la fecha y el lugar.

—¿Tu hermana?

—Sí. Ya la echo de menos. Siento como si una parte de mí hubiera muerto con ella.

—El parecido es increíble.

—Éramos gemelas.

—Lo siento.

—Ahora está donde quería.

—Tú también lo has intentado. ¿Qué culpa tienes de que haya fallado ese cacharro?

—Era mi responsabilidad. Me he preparado toda la vida para pulsar ese  botón.

—A los que vamos en este avión nos ha venido bien que haya fallado.

—No he podido ni mirar las caras de ninguno… Me han enseñado a odiarlos, pero ahora no siento odio por nadie. Y luego estás tú…

—¿Yo? —dije.

—Sí, tú. Eres diferente, parece que no tienes miedo a morir.

—Ya estaba muerto cuando te conocí. Qué bonito —dije mirando la foto.

—Es mi familia, en Mauritania. Ese día cumplimos ocho años. Mira, aquí estamos, soy la de la derecha, mi hermana es la que ríe.

—Tienes mucha suerte, yo soy hijo único.

—Ni siquiera pudimos salir todos. Hicieron fotos por grupos con mi bisabuelo, es el del centro, cumplía cien años.

—¡Cien años!

—Señor, le importaría volver a su asiento. Por medidas de seguridad, hoy no están permitidos los cambios —dijo el auxiliar de vuelo.

—Pero si está toda la fila vacía —dije.

—Lo siento, señor. Debe volver a su fila.

Cuando volví y me senté, vi que el auxiliar discutía con Salka. Se había inclinado lo suficiente para hablarle al oído. Cuando se levantó, forzó la sonrisa y recorrió el pasillo mirando a ambos lados y sonriendo a los pasajeros que le devolvían la mirada. Muchos dormían. Cuando llegó a mi fila, se acercó y me susurró:

—Ni se te ocurra volver con Salka, ¿me oyes?

—¿Perdón?

—Que no te muevas de aquí o… —me apretó el brazo y me sacudí apartándolo. Disimuló y  volvió al pasillo. Siguió su camino hacia la parte trasera. Me giré y me asomé por el lateral del asiento. Estaba vigilando. Al cruzar la mirada, levanté la mano y le saludé. Volví con Salka. Sonrió al verme, dio dos palmadas en el asiento contiguo y dijo:

—Venga, siéntate ya. Ni miedo a morir, ni miedo a un tío de dos metros. Estás como una cabra —dijo. Nos besamos. Le dije que la quería. Me sentí raro pero era lo que sentía. Sentí que debía saberlo. No recordaba la última vez que había dicho una cosa así, ni siquiera recordaba si lo había dicho alguna vez. Me miró fijamente y volvimos a besarnos. Nos volvimos a quedar sin palabras. Nos mirábamos de reojo y sonreíamos, pero no nos atrevíamos a decir nada hasta que quise ir más allá. La curiosidad. “Nunca aprenderás”, me decía Rocío.

—Se llama Ibrahim —dijo Salka —. En el fondo es un trozo de pan. Está muerto de miedo.

—¿Qué te dijo?

—Que por qué no estábamos en el paraíso.

—¿De verdad crees en eso? —dije.

—Sí —respondió.

—¿Hasta el punto de quitarte la vida?

—Sí.

—¿Y la de toda esta gente? —dije levantado los brazos.

—¿Esta gente? —dijo —Esta gente no tiene ni idea de lo que pasa. Vota gobiernos que asesina gente inocente. Esta foto…

—Cuéntamelo.

—Con una condición: nada de preguntas ni interrupciones. Tampoco juicios.

—Ni preguntas ni interrupciones. Tampoco juicios.

—Esta foto… Cumplí ocho años el mismo día que mi bisabuelo cumplía cien. Mi bisabuelo seguía en el mismo pueblo en el que había nacido, una pequeña aldea de la costa de Mauritania, cerca de Nuakchot. Cuando lo llevaron a donde se celebraba la fiesta de cumpleaños, fue la tercera vez que salía de su pueblo.

—¿En cien años? —dije.

—Ni preguntas ni interrupciones.

—Lo siento, sigue por favor.

—Mis padres estuvieron más de un año organizándolo todo. Una fiesta el día de mi cumpleaños para reunir a toda la familia. Una oportunidad para que mi bisabuelo contemplara lo que había creado su amor por mi bisabuela. Asistirían más de ochenta personas, cuatro generaciones. Yo había nacido y crecido en Córdoba. No conocía a más familia que mis padres y mi hermana. Recuerdo que estuve días sin poder dormir, me hacía ilusión conocer a mis primos. El día que salimos hacia Mauritania, escuché a mi madre decir que tenía un mal presentimiento. ¿Lo estás grabando?

—Sí, sigue, por favor —dije.

—¿Por dónde iba?

—Se iban a Mauritania. Tu madre tenía un mal presentimiento.

—Fuimos los primeros en llegar al lugar de la celebración. Cuando nos acercábamos no parábamos de preguntar si la fiesta era en el desierto. Recuerdo salir corriendo del coche casi antes de que parara. Había palmeras, cultivos y camellos. En medio había una laguna de agua cristalina y de un verde esmeralda. Era un lugar que impresionaba. Una oasis en medio de la nada. A unos metros había una casa enorme. Mi padre dijo que era la casa del señor Moussa, el propietario de todo aquello. Tenía que ir a avisarle de que habíamos llegado. Mi madre insistió en que tenía un mal presentimiento y añadió que aquel lugar no le gustaba. Mi padre se enfadó con ella y nos llevó a mí y a mi hermana a la casa del señor Moussa. Nos pareció increíble que tuviera una piscina. Nos dijo que podríamos venir más tarde con mis primos.

—¿Una piscina en medio del desierto? —Interrumpí. Salka me miró —Lo siento. Continúa, por favor.

—Aquel día fue el más feliz de mi vida. Aún recuerdo la cara de mi bisabuelo intentando distinguirme de mi hermana. No lo consiguió y rió mientras nos abrazaba. Estuvo todo el día riendo y llorando. Lo habían sentado en una mesa con sus hijos. Dejaron dos sillas vacías con una foto de los hijos que habían muerto. Su mesa estaba colocada en un alto. Desde allí podía vernos a todos. En cada mesa tenía una silla reservada. Se levantaba con frecuencia, iba a las otras mesas y se sentaba. Pasaba un rato escuchando y volvía con sus hijos. Antes de que cayera la tarde, me acordé de la piscina y le pedí a mi padre que nos dejara ir a bañarnos con mis primos. Mi madre no estuvo de acuerdo pero accedió y fuimos. —Mientras contaba la historia, Salka miraba al frente, sonreía y cerraba los ojos por momentos. Se mantenía unos segundos en silencio, los volvía a abrir y continuaba.

—¿Puedo hacer una pregunta? —dije aprovechando uno de los silencios.

—Nada de preguntas ni interrupciones —dijo Salka sonriendo y continuó —. Cuando estábamos en la piscina, oímos el ruido de un avión. Nos quedamos mirando mientras se acercaba. Cuando pasaba sobre la casa, gritábamos y saludábamos con los brazos abiertos. Pasó dos veces, quizás tres. El señor Moussa nos dijo que corriéramos hacia la parte trasera de la casa. De uno en uno, nos fue colocando en el suelo, boca abajo y con los brazos protegiendo la cabeza. Cierren los ojos y no los abran hasta que les avise. —Salka cerró los ojos en el mismo momento que lo contaba. Continuó con los ojos cerrados —Pensaba que era un juego. Se oyó un silbido y tembló el suelo. Se llenó todo de polvo y empezamos a llorar. Recuerdo el sabor del polvo mezclado con las lágrimas… —Salka cerró la boca y abrió los ojos.

—Lo siento.

—A aquella fiesta fuimos ochenta y cuatro personas. Cuatro generaciones de mi familia. El día de mi cumpleaños murieron cincuenta y dos. En los siguientes cuatro días, catorce más. Solo sobrevivimos los dieciocho primos que fuimos a la piscina del señor Moussa. Aquel día conocí a mi primo Ibrahim, también estaba allí y tenía diez años. Ocho años después estaba en la academia de auxiliares de vuelo. El copiloto de este avión se llama Ahmed, era el más pequeño de los que sobrevivimos, tenía cinco años. Hoy han muerto otros nueve en diferentes partes de Berlín. Allí, en la parte trasera de la casa del señor Moussa, el piloto del avión al que saludamos, siguiendo órdenes de un desconocido que hablaba desde Berlín, plantó la semilla del odio en la fértil inocencia de dieciocho niños. Germinó con las miradas de rechazo de nuestra niñez truncada. Creció regada por la rabia y la frustración de una adolescencia marcada por el desarraigo. Y el resto de la historia, ya la sabes.

—¿Quién ordenó aquello?  —dije.

—Un comando alemán de la OTAN. Según el informe oficial: un ataque a un campo de entrenamiento de terroristas en el oeste de Mauritania. Lo más extraño es que aún hoy, lo que más recuerdo de ese día, es la cara de mi bisabuelo riendo.

—No tenía ni idea.

—No salió en las noticias. Estudié historia y para mi tesis quise recopilar toda la información sobre lo que pasó. No encontré nada en la hemeroteca. Tampoco se publicó en televisión ni en radio, ni en España ni en Alemania. Conseguí un informe de la OTAN aprovechando un contacto que trabajaba en la base de Rota.

—No sé qué decir…

—Eres el primero en saber todo esto.

—Y dadas las circunstancias, el último —dije.

—¿Quién eres? —dijo mirándome.

—Jota… no, Jon.

—Sí, Jota no Jon, pero, ¿quién eres?

—Es complicado.

—¿Más complicado que lo mío? —dijo sonriendo.

—Más complicado.

—Intenta explicármelo, aún tenemos tiempo.

—Lo médicos lo llaman trastorno de identidad disociativo.

TID, lo conozco. Personalidad múltiple ¿Eres una especie de doctor Jekyll y mister Hyde? Te estás quedando conmigo, ¿no?

—Soy más como el de “Múltiple” ¿La has visto?

—Sí, me encanta James McAvoy. ¿Cuántas personalidades?

—Creo que once o doce.

—No te he notado nada extraño.

—Soy Jon, la personalidad primaria. Los médicos no saben explicarlo, pero solo cambio de personalidad cuando estoy en mi entorno.

—Podrías mudarte.

—Ya lo he intentado varias veces, la última hace dos años. Estuve viviendo tres meses en las afueras de Berlín.

—¿Acompañado?

—Sí. La conocí en España y nos mudamos pensando que funcionaría.

—¿Sabía lo tuyo?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

—Lo de siempre. Recaí y se asustó. Estaba en Berlín para disculparme, pero no quiso verme.

—Cuesta creerlo.

—Lo sé. Ni los psiquiatras me creían. No me mires así, no me convertiré en mister Hyde antes de aterrizar —dije.

—¿Qué diablos estás haciendo? —dijo Ibrahim, el auxiliar de vuelo, sentándose a mi lado.

—¿Dónde está? —dijo Salka.

—En el baño de la parte delantera —dijo Ibrahim levantándose.

—¿Por qué crees que no habrá explotado? —dijo Salka.

—Ni idea, eso era cosa tuya —dijo Ibrahim.

—¿Hay esperanza de que no explote? —dije.

—No —dijeron Salka e Ibrahim a la vez.

—Tripulación de cabina, a sus puestos. Maniobra de aterrizaje.   

Estamos sobrevolando el sureste de Gran Canaria. Deben quedar unos dos minutos para el aterrizaje. Ibrahim sigue sentado a mi lado. Me ha cogido la mano derecha y hace unos minutos que está rezando. Mira sin ver hacia el techo. A mi izquierda, Salka también reza, pero con los ojos abiertos y mirando por la ventanilla. Me hubiera gustado conocer Gran Canaria, dice sonriendo. La mano derecha aprieta la mía, la izquierda presiona la foto de su cumpleaños contra el pecho. Yo no rezo, solo pienso en el oasis de la foto de Salka, en la sonrisa de su bisabuelo y en la de su hermana. Intento recordar a mis padres, pero no lo consigo. Ya no tengo miedo.

—Nos vemos en el paraíso. ¿Cuándo las ruedas toquen la pista? —digo mirando por la ventanilla.

—Sí —dice Salka.

—¿Ahora? —pregunto.

—No, faltan unos segundos… Espera… Espera… Ahora.

¿Continuará…? 😉

(GRR)


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