Encuentro en Berlín – Capítulo III

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Bienvenidos al paraíso.

Las ruedas traseras del avión golpearon con fuerza la pista. Salka sonreía con los ojos cerrados. Ya no rezaba. Yo la miraba y rogaba poder estar a su lado más tiempo. De esos momentos recuerdo sus ojos cerrados. Unos ojos sobre los que se balanceaban unas cejas negras, pobladas y libres. Los focos de la policía se colaban por la ventanilla parpadeando, y salpicaban de brillo los rizos de su melena. Como si de un ritual previo a la desgracia se tratara, se la había soltado instantes antes de aterrizar. El pelo era del mismo negro azabache que cejas y pestañas. Caía hasta la mitad de su espalda, lo hacía sin orden pero en armonía. Estaba a punto de morir y solo sentí no poder estar más tiempo con ella. Lo hubiera dado todo por ver sus ojos cada amanecer de mi vida. Ver sus ojos y escuchar su voz. Nunca había sentido nada así. Aprendí que estar a punto de morir, a veces, solo a veces, cuando no hay miedo, permite soñar con libertad. Con la inocencia de un niño y la ilusión de un adolescente, soñé con estar a su lado para siempre. Con la crudeza del pensamiento de un adulto, desperté sabiendo que no sería posible.

Miré por la ventanilla y vi que el avión giraba a la izquierda para salir de pista. Una hilera de vehículos policiales nos escoltaba. Ibrahim preguntó si el detonador tenía algún tipo de retardo. Salka le respondió que no, que algo debía haber fallado. La terminal quedó atrás, nos llevaban a una zona apartada de la pista. Sabía que nos dirigíamos a un andén en el ala sur del aeropuerto de Gran Canaria. Había estado allí antes.

—¿Lo tienes? —dijo Salka.

—Sí —respondió Ibrahim.

—¿Y Ahmed? ¿Lo has visto durante el vuelo?—dijo Salka quitándose el cinturón.

—Sabe lo que tiene que hacer —dijo Ibrahim.

Los pasajeros miraban por la ventanilla y buscaban a los auxiliares de vuelo. Pulsaban el botón de llamada del techo y se desesperaban al ver que nadie acudía. Las sintonías de encendido de los teléfonos móviles se mezclaban con un murmullo que empezaba a dejar de serlo. Muchos se miraban y se encogían de hombros. Escribían mensajes y llamaban por teléfono. Algunos lloraban antes y después de cortar la llamada. La mayoría eran turistas alemanes que venían a pasar sus vacaciones en la isla. Habrían visto las noticias y agradecerían haber salido de Berlín esa noche. La noche que puso fin a uno de los días más negros de la ciudad Fénix. Los que estaban a punto de morir, ni siquiera se imaginaban que sus corazones bombeaban las últimas oleadas de sangre. Yo tampoco.

—Lo que daría por un whisky —dije. Salka me miró y sonrió negando con la cabeza.

—Tengo que hacerlo —dijo Ibrahim.

—No, Ibra, no tienes que hacer nada —dijo Salka.

—¿Qué tiene que hacer? —dije mirando a Salka.

Ibrahim parecía nervioso y ausente. Sacó un cuchillo del interior de la chaqueta y lo puso sobre el regazo. Medía casi medio metro y tenía una hoja curvada hacia adentro. La empuñadura, que abrazaba por completo la mano, parecía un caballo esculpido en marfil o hueso. El contrafilo brillaba casi tanto como la hoja. Un tiempo después, me estremecí al ver algo parecido en un museo de Córdoba, era una falcata ibérica. Ibrahim la había heredado de su abuelo. También estaba entre los que murieron en el oasis de Mauritania, el día del cumpleaños de Salka.

—Joder, Ibrahim, guarda eso —le dije agarrándolo por el antebrazo.

El avión se paró y las luces de cabina se encendieron. Los coches de la policía se colocaron formando una elipse alrededor del avión. También había militares. Los vehículos de los bomberos y las ambulancias formaban una segunda línea. Se oyeron dos disparos en la parte delantera de la cabina. Me levanté y traté de ver qué había sido.

—Viene uno de tus compañeros —dije mirando atrás.

—No lo hagas, Ibra, por favor —dijo Salka.

—Guarda eso ya, joder —dije. El auxiliar de vuelo estaba solo a cuatro o cinco metros. Avanzaba rápido. Ibrahim empuñó el cuchillo, cerró los ojos e inspiró de una forma exagerada. El auxiliar ya estaba a una o dos filas. Ibrahim aguantaba la respiración. Con la mano izquierda, se agarró del asiento de delante e hizo el gesto de levantarse. Apretó la empuñadura con la mano derecha. El auxiliar pasó de largo y continuó hacia la parte delantera. Le puse la mano abierta en el pecho y lo empujé para que se volviera a sentar. Se sentó sin resistencia y cerró los ojos. Sudaba y respiraba de forma acelerada.

—Guárdalo, por favor —dijo Salka.

—Lo siento —dijo Ibrahim sonriendo y mirándola. Se levantó y se dirigió a la parte delantera.

—¡Somos hijos de arena y lágrimas! —dijo Ahmed arrancando la cortina que separaba el compartimento de los auxiliares. Tenía un fusil de asalto, un AK-47. Un hombre corrió por el pasillo desde la parte trasera gritando y tirando objetos. Ahmed disparó dos veces y lo abatió. Ibrahim se mantenía a unos pasos. Salka lloraba. Intentó levantarse pero se lo impedí. Ibrahim se colocó a mitad de cabina con el cuchillo levantado y dijo:

—Somos hijos de arena y lágrimas. ¡Si alguien se levanta, será ejecutado!

Se oyeron nuevos disparos. Ahora en ráfagas. AK-47, son treinta cartuchos por cargador, pensé. Me levantaré cuando tenga que recargar y acabaré con esta locura de una vez, le dije a Salka. Te matará, Jon, no lo dudará, respondió. Nadie se levantaba. Muchos rezaban y contenían los gritos. Después de los primeros disparos, solo se oía un murmullo de llantos y rezos. Ahmed siguió avanzando. —Bitte nicht, bitte nicht,… —Nueva ráfaga y silencio. Siguiente fila, súplicas, ráfaga y silencio. Fila, súplica, ráfaga y silencio.

—¡Joder! Hay niños —dije desesperado.

—A los niños no les pasará nada —dijo Salka mirando por la ventanilla y llorando.

Se oyó un golpe en la parte trasera. Ahmed corrió y se colocó de rodillas a la altura del respaldo de nuestros asientos. Miró a Salka y sonrió. No parecía tener miedo, tampoco parecía sentir odio. Solo tuvo tiempo de disparar una o dos veces antes de que cayera sobre la moqueta del pasillo. Se intentó levantar y volvieron a disparar. Salka se tapó los ojos con las manos y se retorció en el asiento. Intentó levantarse, se lo impedí. Ibrahim gritó algo que no entendí y corrió desde la parte delantera. Ahmed movía la cabeza en el suelo. Intentaba respirar pero no podía. Se oyeron más disparos y un golpe sordo en el suelo. Salka intentó levantarse pero se lo volví a impedir. Ahmed ya no se movía, tampoco intentaba respirar. Ibrahim no se movía ni respiraba.

—Están muertos —susurró Salka.

—¡Mantengan la calma! —dijo alguien desde la parte trasera —Irán saliendo de uno en uno, muy despacio. Empezaremos por la parte trasera. —Tradujeron a alemán y luego a inglés.

—Van a matarme —dijo Salka intentando levantarse.

—Si lo haces, iré contigo —dije agachándome para coger el fusil de Ahmed.

—¿Qué haces, Jon?.

—¡Agente! —dije —¡Tengo el fusil!

—¡Deje el arma en el suelo! ¡Despacio! —dijo el policía.

Puse el fusil en el suelo, fuera del alcance de Salka y me levanté con los brazos en alto.

—¡Agente! Mi mujer tiene un ataque de pánico, está embarazada. Por favor, déjenos salir —El agente se mantuvo en silencio unos segundos y asintió. Avancé por al pasillo, Salka me siguió. Me di la vuelta y le susurré:

—Si lo haces, iré contigo.

Cuando llegamos a la parte trasera, dos policías nos esposaron y nos llevaron hasta una ambulancia que había a unos metros.

—La chica está mal. Llévatelos de aquí. ¡Rápido! —dijo el policía que nos escoltaba.

Nos llevaron a una sala de la terminal de salidas. Tranquila, le susurré a Salka, no has hecho nada, dame tu bolso. No están registrando a nadie, deben estar seguros de que no hay más… Terroristas, dijo Salka. Saqué el dinero y el álbum de fotos, revolví lo que quedaba dentro y lo tiré a una papelera. Varios policías comprobaban la documentación de los pasajeros que iban llegando esposados y escoltados. Esperamos en silencio durante unos minutos. Un agente me quitó las esposas y me pidió el dni.

—Aquí tiene. Soy de aquí, agente. Ella es mi mujer, perdió el bolso en el avión.

—Quédense aquí hasta que podamos identificarla.

—Señor, tenemos a una chica que ha perdido la documentación en el avión —dijo el policía.

—¿Está acompañada? —dijo el que parecía mandar allí. Vestía un traje gris oscuro con una placa colgando del cuello. Sonreía y transmitía un tranquilidad inesperada y perfecta para la situación. O está muy acostumbrado a esto, o no acaba de creerse lo que está pasando, pensé al verle dar órdenes.

—Sí. Es la mujer de este señor, es de aquí —dijo el policía acercándose.

—Está bien, cójale los datos y que se vayan —dijo señalándome —. Haz un informe y ponlo ahí. —Señaló a una mesa improvisada con una placa de metacrilato y cuatro papeleras cilíndricas por patas.

El agente me pidió los datos de contacto. Comprobó el número de teléfono fijo haciendo una llamada. Le dije que la atendería mi abuela.

—No se asuste, señora ¿Podría decirme los apellidos de su nieto?

—Sánchez Larramendi. ¿Qué ha hecho? ¿Está bien? Está enfermo, señor. Si ha hecho algo malo es por el trastorno, es un síndrome raro que tiene. Le puedo dar el teléfono de su psiquiatra. No lo deje solo, por favor. ¿Dónde dice usted que está?

—No, señora. Tranquilícese, por favor. No ha hecho nada malo, está perfectamente. Le paso con él.

—Hola, abuela, soy Jon, no se preocupe. Estoy bien. Se me ha perdido el carnet y me ha parado la guardia civil. No pasa nada. Acuéstese tranquila. Llegaré… llegaremos dentro de un rato. —Colgué y silencié el teléfono. Mi abuela sabía que estaba mintiendo y volvería a llamar.

—Señora, en cuanto llegue a casa, busque algún documento de identificación. Con el carnet de conducir será suficiente. Preséntelo en la guardia civil a primera hora o irán a detenerla. Si no tiene ninguno, ponga una denuncia de extravío. No olvide decir que ha sido en el vuelo secuestrado.

Salimos de la sala y recorrimos la terminal en dirección a la salida de la parada de taxis. Vi a varios policías nacionales en las puertas. Los de fuera fumaban, los de dentro hablaban con los brazos cruzados o en jarra. Le dije a Salka que teníamos que salir por la nueva terminal. Allí todo parecía estar en calma. Cuando pasamos junto a las ventanillas cerradas de los coches de alquiler, sentí como si hubiera despertado de una pesadilla. Mientras caminaba, pensaba en cómo salir evitando a la policía. Temía que hubieran recibido más información de Berlín. Teníamos que salir rápido. Saqué el teléfono móvil de la mochila.

—¿Ale?

—¿Jon? ¿Qué has hecho ahora? ¿Jaime, otra vez?

—No, soy yo. ¿Podrías venir al aeropuerto?

—Son las tres, Jon. espero que tengas una buena razón.

—La tengo. Por favor, date prisa. Te espero en el aparcamiento que está detrás de la gasolinera. No, espera… mejor, en la rotonda de la base de Gando, en la que está por encima de la autopista.

Salimos de la terminal del aeropuerto. Cruzamos el aparcamiento y luego el túnel que nos permitía cruzar la autopista. Calculé unos veinte minutos caminando rápido y en la oscuridad.

—No merezco que hagas esto por mí —dijo Salka. Me paré y nos abrazamos —. No sé cómo he podido… —dijo.

—Te entiendo, Salka. Es una locura, no la comparto ni la justifico, pero la entiendo. Además, tú no has hecho nada.

—Lo he intentado.

—Pero no lo has hecho. El azar debe tenerte preparado algo más importante.

—Todos han muerto. No me queda nada, Jon. Y luego estás tú.

—¿Yo? Venga, tenemos que darnos prisa. No quiero que Ale se pare en la rotonda.

—Sí, tú, ayer paseabas tranquilo por Berlín y hoy eres cómplice de terrorismo.

—No me conoces bien.

—Puedes pasarte el resto de tu vida en la cárcel.

—Ayer estaba muerto. Luego te conocí y morí otras dos veces. Y ahora, aquí, en medio de la oscuridad, me siento más vivo que nunca. Si me cuesta la cárcel volver a la vida, el precio no es tan alto.

Caminamos rápido y en silencio durante unos quince minutos. La noche estaba perfecta para pasear en la oscuridad. Una luna casi llena iluminaba el sendero que conocía desde niño. Nos acercaba al punto donde nos iba a recoger Alejandro. Nos paramos un poco antes detrás de unos matorrales. Nos ocultarnos y esperamos invisibles fuera de la carretera. Hablamos del mundo al que había renunciado Salka. Sus padres adoptivos, sus amigos y su trabajo. También de lo poco que conocía sus raíces y lo mucho que quería a su hermana. Creo que explicarme el por qué llevaba el detonador, fue su forma de empezar a convivir con el arrepentimiento. Yo trataba de comprenderla, pero el planteamiento me parecía contradictorio, como contradictorio era mi sentimiento de amor incondicional hacia ella. Me centraba en lo que sentía y evitaba juzgar. El amor es ciego, dicen por ahí. Cuando me habló de su adolescencia, una etapa de su vida marcada por el adoctrinamiento, el amor a su grupo y el odio al mundo occidental, vimos cómo se acercaba un coche.

—Arranca, rápido, Ale. A casa de mi abuela, por fuera, no te metas en la autopista.

Conocí a Alejandro en una convención sobre el trastorno de identidad disociativo. Era uno de los ponentes de la charla en la que intervine. En medio que aquel auditorio, me sentí como uno de esos cadáveres diseccionados, de los que se exponían en las clases de anatomía del siglo diecinueve. En lugar de estar mostrando las entrañas con el tórax o el abdomen abierto, intentaba abrirme para transmitir lo que se sentía siendo muchas personas. No lo conseguía y creo que la mayoría de los asistentes me consideraron un charlatán. Aún no sé cómo me convencieron para exponerme de esa forma. Es posible que tuviera la esperanza de que entre tanto loquero, al menos uno pudiera ayudarme. Tuve la sensación de que todos los asistentes miraron hacia otro lado. Todos menos Alejandro. Él se acercó cuando terminé con mi charla y se dijo: “¿Qué hace un canarión como tú en un lugar como este?”. Le respondí que también me gustaba la música de Loquillo, pero con Los Trogloditas. Él me dijo que le parecía tremenda la metáfora que me acababa de marcar: “un loquillo en medio de un montón de trogloditas”. Le dije que me sorprendía la opinión que tenía de sus colegas. Respondió que la vanidad le había alejado del gremio. Le gustaba su profesión, pero no quería saber nada de cenas, comidas, golf, visitadores médicos, ni otras chorradas organizadas por el colegio de médicos. La mayoría de los que están aquí, lo están porque han sido invitados. Aprovechan para huir de sus familias y estar de fiesta unos días. Quiso saber más de la parte de mi relato que decía que el whisky me mantenía alejado de mis otros yos, especialmente del famoso Jaime. Le dije que no siempre funcionaba, pero que cuando lo hacía, el J&B obtenía el mejor resultado. Me respondió que tenía suerte: medicación barata y sin receta. Seguro que tiene menos efectos secundarios que las que receto cada día. No creas, le dije, no subestimes los efectos del J&B en momentos delicados.

—Me debes una —dijo Alejandro mientras daba marcha atrás para evitar entrar en la autopista.

—Sí, una más. Gracias —dije cogiéndole el hombro.

—¿Otro marronazo?

—Sí, y este es de lo buenos.

—¿Jaime, otra vez? No, espera, esta vez no quiero que me cuentes nada.

—Mejor.

—¿Lo sabe? —dijo bajando la voz.

—Sí —dijo Salka desde atrás.

—Casi todo —dije —Aún no hemos tenido tiempo.

—Quiero a este loco más que a nada en el mundo —dijo Alejandro mirando por el espejo retrovisor —. Recuerda lo que te dije, Jon. Lo tuyo se puede controlar. El origen, tienes que buscar el origen. Aunque te duela y tengas miedo, es la única forma.

—Ahora no, Ale, estoy hecho polvo.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

—Ni idea.

Durante el trayecto, no encontramos controles policiales ni nada fuera de lo habitual. Era tarde y muy pocos se habían enterado de lo que había pasado. No tardamos en llegar a la casa de mi abuela.

—¿Estás bien, mi niño? —dijo mi abuela desde que abrí la puerta. Estaba esperando recostada en el sofá.

—Estoy bien. Le presento a Salka, una amiga.

—Hola, señora.

—Dame dos besos, mi niña. ¿Ya comiste?

—No —dijo Salka.

—Acuéstese tranquila, abuela, es muy tarde. No se preocupe, yo preparo algo.

—Gracias a Dios que estás bien. Cuando me llamó la policía…

—No ha pasado nada.

—Ay, Jon, nunca aprenderás a decir mentiras. En la nevera queda un poco de sopa. Tu abuelo no estaba muy católico de la barriga.

—Dame un beso, mi niña. —Mi abuela abrazó a Salka y le susurró algo al oído. Salka asintió y sonrió. Creo que en ese instante, con las palabras de mi abuela, esas que nunca quiso desvelarme Salka, y una sonrisa de complicidad entre ambas, se creó un lazo que perduraría para siempre.

Mi abuela se despidió y nos sentamos en la mesa del comedor. Le pregunté a Salka si quería probar la sopa. Me dijo que no sería capaz de comer nada. Yo tampoco. Me serví un whisky. Era tarde, no quedaba mucho para que los primeros pájaros hicieran su particular saludo al sol. Un sol que aún tardaría unas dos horas entrar por la ventana del dormitorio. Salka dudó en dormir en mi habitación. Yo no quería dormir en el salón. No porque quisiera sentir su calor cerca, sí, ese calor que desprende un cuerpo deseado, que siempre había temido y que ahora no era capaz de evitar. Tampoco porque quisiera saber lo que se siente al dormir junto a alguien a quién quieres. Bueno, sí, por todo eso. Sabía que Salka sentía algo parecido a lo que yo sentía por ella. Nunca había experimentado algo así. No le pedí que durmiéramos juntos, pero se acostó a mi lado.

—Jon, mañana me iré temprano.

—¿Puedo ir contigo?

—No quiero que te vean conmigo.

—¿Puedo saber dónde vas?

—Tengo que ver al señor Moussa —dijo mirando el techo y frunciendo el ceño.

—¿A Mauritania? Eso es de cuando era niño —dije señalando hacia el techo.

—Sí. Tengo que decirle al señor Moussa que estoy viva.

—Puedes llamarlo, ¿no?

—¿Llamarlo? —dijo riendo.

—¿Cómo piensas llegar?

—Ni idea. Es posible que mi foto ya esté en todos los canales de televisión.

—Podrías haber elegido un vuelo al continente. Sería algo más fácil —dije bromeando.

—No tenía intención de llegar a ningún sitio —dijo seria.

—Perdona —dije jugando con los dedos de su mano.

—Me gustas, Jon, y te quiero, pero no quiero arruinarte la vida —dijo retirando su mano y sonriendo —, ¡suelta! Me haces cosquillas.

—¿Cómo piensas llegar a Mauritania?

—Supongo que el avión no es una opción —dijo.

—Tengo un amigo que nos puede ayudar. Tiene un barco.

—Los puertos también estarán vigilados.

—Todos los barcos no salen de puerto.

—¿Y llegaría a Mauritania?

—Con suerte, sí. Déjame ir contigo.

—¿Estás seguro?

—Jamás he estado más seguro de nada.

—Tengo miedo, Jon. —dijo girándose y mirándome.

—¿Miedo? Pero si nos vamos de crucero —dije sonriendo y besando su frente.

—Prométeme una cosa. Si sale mal, dejarás que me vaya —dijo acercando su cara hasta que su nariz tocó la mía.

—Con una condición, me dejarás ir contigo.

—Estás loco —dijo sonriendo —. Vamos a despertar a tus abuelos.

—Mi abuela ya estará despierta, tendrá el desayuno y una sonrisa preparados.

—Tienes mucha suerte. ¿Vas a renunciar a todo eso?

—Les he arruinado la vida con lo mío.

—No tienes culpa. Tu abuela te quiere, es increíble cómo te mira…

—Buenas noches, Salka.

—Buenas noches, Jon —dijo riendo.

Mientras oíamos los primeros pájaros madrugadores, abrimos nuestras almas con susurros, roces y risas contenidas. Entramos y recorrimos callejones hasta entonces oscuros y desconocidos. Un sol con futuro abrasador estaba a punto de asomar por la ventana. Se detuvo un instante, solo un instante, un instante infinito en el que comenzamos a crear un mundo, el nuestro. Recorrimos los jardines de Versalles hasta llegar a la puerta del edén. Nos adentramos en el paraíso sin permiso de ningún dios. Aprendí lo que se siente al estar en el rincón más ansiado por los mortales, el del amor.

—Tengo que ver al señor Moussa —dijo Salka brillando. El sol ya asomaba por la ventana.

—Lo veremos pronto.

—Tiene que saber que sigo viva. Es el padre. Sin hijos vivos, morirá.

—¡Niños! ¡A desayunar! —dijo mi abuela.

—Déjalos dormir un rato, mujer —dijo mi abuelo.

—Buenos días —dijo Salka. Ya se había duchado y vestido.

—Buenos días. ¿Qué hora es? Tengo que llamar a Marcial —dije.

—¿El amigo del yate?

—Sí, el de la falúa.

—¿Qué tipo de barco es ese?

—Ya lo verás. Si tenemos suerte, hoy mismo.

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