Encuentro en Berlín – Capítulo IV

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Cuando la cordura entra por la puerta, el amor sale por la ventana.

Nunca había sentido nada así. Ni siquiera lo había imaginado. Entré en la ducha pensando en Salka y mientras el agua, aún fría, huía por el desagüe, recordé la piel de su espalda. ¿Se oscurecía al llegar al cuello? ¿Lo habré soñado? Luego salté a la culpa. ¿Cómo debería sentirme por ayudarla? Hui de la respuesta porque me quemó en la consciencia. Pensé en el porqué de mi necesidad de estar a su lado. También en la espiral que traza la cicatriz de su muñeca. Pensé en la cicatriz y en cada uno de sus gestos. Su voz, sus silencios, su sonrisa acompañada de mirada o sin ella. Pensé en lo que piensa y en lo que dice. También en como dice lo que piensa. En como cae su pelo mojado y se desliza por la espalda desnuda. Y lo diferente que lo hace cuando cae seco sobre el cuero de su chaqueta. Todo eso y mucho más deambulaba por mi cabeza durante una ducha de cinco minutos.

—Buenos días, abuela. ¿Dónde está Salka?

—En el jardín.

Cogí dos tazas de café y salí. Salka estaba sentada en el suelo. Había cogido una hoja de menta y la olía. Me recuerda a mi infancia, dijo. Cuando me senté a su lado, cambió de postura y ocultó su perfil. No supe qué decir. Ella tampoco dijo nada. En ese momento me di cuenta de que no necesitábamos hablar para decirnos las cosas importantes. Ella conocía la respuesta a la pregunta que yo no había hecho. Hay silencios que hablan, pensé.

—Tengo que hacerte una pregunta —dijo.

—No hace falta.

—Necesito oírlo —dijo mirándome.

—Sí. Estoy seguro.

—Está bien. Espero que nunca te arrepientas.

—Nunca llegará nunca —dije sonriendo.

Nos despedimos de mis abuelos y nos dirigimos a un parque cercano. Allí nos esperaba Marcial para llevarnos al Castillo del Romeral, un pueblo de pescadores en el sureste de la isla. Tardamos poco más de media hora en llegar al muelle y saltar a la Fula Negra.

—¿Listos? —dijo Marcial poniendo en marcha el motor de la falúa.

—¡Sí! —dijo Salka sonriendo.

—¿Cuánto vamos a tardar?

—No depende de nosotros, Jon. Es cosa de la mar.

Marcial era hombre de pocas palabras. Había nacido y crecido allí, en el Castillo del Romeral, una población de orígenes salineros. Azotado durante siglos por piratas, corsarios, ingleses, franceses y berberiscos. De su muelle seguía saliendo a faenar con la falúa que había heredado de su padre. Su madre intentó que estudiase para que tuviera una vida mejor. Y lo hizo, pero lo tuvo que dejar cuando falleció su padre. Don Pedro había estado más de veinte años desafiando al océano. ¡Veinte años en la mar! Decía su esposa en el entierro, veinte años y se lo lleva un catarro. Había muerto después de una neumonía que se le complicó al ingresar en el hospital. Cuando perdió la cabeza por la infección, pidió que su cuerpo fuera entregado a la mar. Su mujer se negó, no es lugar para que descanse un cristiano, decía. Pero Marcial, desoyó las palabras de su madre y pidió que lo incineraran. Ya había decidido la forma de cumplir el deseo de su padre.

El día que fuimos a despedir a don Pedro, un grupo de fulas rodearon la falúa. A mi padre le encantaban las fulas, decía Marcial llorando antes de dejar caer las cenizas. El viejo siempre las devolvía al agua después de remojarlas en algún charco. Le recordaba a mi abuelo. ¿Sabes, Jon? Lo primero que pescó mi padre fue una Fula Negra, por lo visto tenía cinco años. Estuvo llorando más de dos horas porque se le murió en un charco. Mi abuelo lo consoló diciéndole que a partir de ese día devolvería al mar todas las fulas que pescara, “[…] por si son de la misma familia”, le dijo sonriendo.

—Nos vamos a divertir —dijo Marcial mirando la previsión del tiempo.

No tardamos en enterarnos del tipo de diversión a la que se refería.

—Me recuerda a mi infancia —decía Salka sonriendo.

Las olas golpeaban con violencia el casco de la falúa. Yo no podía ni abrir la boca. El desayuno iba y venía en el suelo de la cubierta. También las cervezas que habíamos tomado en el restaurante de la cofradía. Habíamos entrado con miedo a que reconocieran a Salka, pero nadie nos prestó atención. Marcial nos dijo que no había oído que estuvieran buscando a ningún terrorista. Parece que murieron todos, dijo cuando le pregunté si sabía algo del atentado del aeropuerto. Es mejor que no pregunte nada, ¿no, Jon? Sí, mejor no preguntes nada. Tú y tus secretos, nunca cambiarás.

—Jon está concentrado —dijo Marcial sonriendo.

—Pensé que los isleños nacían preparados para esto —dijo Salka.

—Esto no es lo mío.

—¿Te acuerdas, Jon?

—¡No, Marcial! Otra vez no, por favor.

—Cuéntalo —dijo Salka.

Marcial me miró sonriendo. A su manera, me estaba pidiendo permiso para contarlo. Yo sabía que se refería al día en que me subí por primera vez en su barco. Ese día estaba feliz porque sus padres habían aceptado que se dedicara a la pesca. Su madre lo hizo llorando y sintiéndose culpable por no haber hecho lo suficiente para evitarlo. Quería algo mejor para el niño, decía. Pobre Sandra, lo que tendrá que sufrir. Pero Sandra, que era la novia de Marcial en ese momento, no sufrió mucho. El amor que tanto le gustaba declararle a todas horas, se esfumó en unos dos días, después de que Marcial le dijera que quería dejar los estudios para dedicarse a la pesca. Marcial, con la ruptura lo pasó mal, muy mal, pero en el fondo se sintió liberado. Desde entonces, cuando el amor se le acerca, se hace a la mar y pone agua por medio. Cuando toca a su puerta, sale por la ventana. Cuando entra por la ventana, sale por la puerta. Y cuando se acuesta en su cama, se despierta temprano y salta por la ventana o sale por la puerta. La soledad es dura, pero más sencilla, responde cuando le preguntan por qué no se ha echado novia. Se sufre estando solo, sí, pero se sufre tranquilo, en paz, dice. En cambio su padre, sonrió y confesó tener una mezcla de orgullo y tristeza. Mi hijo marinero. ¡Ven aquí y dame un beso, coño! Si te viera tu abuelo… Marcial comenzó el relato:

—Nos habíamos escapado de clase. —Salka me miró sonriendo. —Estábamos en la cofradía. Celebrábamos que me había sacado el título de patrón.

—¡Por el patrón! Arriba… Abajo… A un lado… Al otro… Al centro y…

—¡Pa’ adentro! —dije sonriendo y recordando aquel día.

—¡No hay cojones para salir con la Fula Negra! —Marcial me imitaba. Miraba a Salka, guiñaba el ojo y daba un paso atrás simulando perder el equilibrio. Aquel día no me podía mantener en pie —Déjense de cachondeo, le dije a Jon. Con la mar no se juega. Pero insistieron tanto que fuimos al barco. Jon fue el primero en saltar dentro. Venga, Marcial, pon en marcha este trasto, decía. No hay huevos de ir a Fuerteventura, dijo Felix “el garepa”. Yo tenía claro que no íbamos a ningún sitio, pero le seguí la corriente y puse en marcha el motor. ¿A Fuerteventura, Jon? Pregunté dos o tres veces, pero Jon no respondía.

—Sigue tú, Jon —dijo Marcial entre carcajadas.

—Estaba mareado.

—¿Mareado? No nos habíamos movido y Jon ya había descargado en cubierta. El “garepa” dijo que pasó de estar riéndose a vomitar en menos de diez segundos. Cuando lo llevamos a su casa…

—Ya está bien, Marcial, ¡ya está bien!

—¡No! Pero si ahora viene lo mejor.

—Cuenta, cuenta —dijo Salka mirándome.

—Pues eso, que lo llevamos a su casa. Lo pusimos frente a la puerta, tocamos el timbre y nos escondimos detrás de un coche aparcado enfrente. Su abuela abrió la puerta. ¿Qué te pasa, Jon? Oímos, y balbuceó: A Fuerteventura, abuela, hemos ido a Fuerteventura, en la fula de Marcial. Resopló varias veces, se tambaleó y la abrazó. Luego se puso a llorar como un niño y dijo: ¡abuela, te quiero! Y a ti, abuelo… ¡A ti te quiero también! Creo que estoy un poco borracho.

—Fue la primera vez —dije.

—Tu primera borrachera.

—No, Salka. La primera vez que les dije a mis abuelos que les quería. Mi abuela me dio dos besos cuando me senté a desayunar al siguiente día. Mi abuelo me apretó el muslo, sonrió y me preparó un vaso de agua con bicarbonato. Hay que aprender a beber, Jon. Mejor que no beba, Andrés, no ves que el niño no sirve para eso, dijo mi abuela. No volveré a beber nunca, dije. Pero el nunca duró una semana.

—¡Mira! —dijo Salka.

—Es África —dijo Marcial.

—¿Mauritania?

—Sí, Nuadibú. Ya casi estamos.

En el puerto nos esperaba Sidi, un amigo de Marcial. Había emigrado a Canarias en los años noventa en el interior de su madre. Estudió ingeniería naval y volvió a Mauritania treinta años después. Vendió todo lo que tenía para crear una empresa tecnológica en Nuakchot, la capital del país. Solo él confiaba en que le iría bien. Cuando le conocimos, tenía dos sucursales y estaba con los trámites de una tercera. Su empresa ofrecía servicios tecnológicos a administraciones públicas y compañías de transporte marítimo. Marcial le había llamado durante la mañana para avisarle de que estábamos en camino. Avísame cuando lleguen, enviaré a alguien para que los lleve donde haga falta.

—Espero que encuentres lo que buscas —dijo Marcial despidiéndose de Salka.

—Gracias por todo. No lo olvidaré —dijo Salka.

—Ya nos veremos —dije.

—Cuídate —dijo Marcial abrazándome —. Llámame sin falta cuando vuelvas.

—Bienvenidos al desierto —dijo Sidi. Conducía uno de sus empleados de confianza —. Este es Mamadou, es como un hermano. Les llevará a Nuakchot. Llegarán en unas seis o siete horas. Mañana sobre las diez pasará otro Mamadou para llevarles donde le digan. Marcial me dijo que sería mejor no hacer preguntas.

—No sé cómo podré agradecértelo —dije cuando ya se había bajado del coche.

Salka no había dejado de mirar por la ventanilla. La mayoría de las calles estaban sin asfaltar. Aquel lugar desconocido y separado por el océano, me recordaba a mi infancia. No era tan diferente, pensé, los tonos de marrón, la ausencia del verde, las casas terreras sin tejado. Como en mi niñez, los grupos de niños corrían libres, pero allí lo hacían gritando y persiguiendo al coche. Adelantábamos a dromedarios que miraban de reojo sin cambiar el paso. Sentí como como si el mundo se hubiera ralentizado. Como si algo hubiera cambiado el ritmo del tiempo.

Llegamos a Nuakchot a tiempo para ver el atardecer.

—Hemos llegado —dijo Mamadou.

Aparcó junto a una casa y puso las llaves en la cerradura. Le dio un sobre a Salka y puso un bolso junto a la puerta.

—No lo abras hasta que me vaya o tendré un problema con Sidi. Mañana, sobre las diez y media, vendrá a buscarles Mamadou, otro Mamadou.

—Un último favor. ¿Tienes un mapa? —dijo Salka.

—En el bolso.

Salka desplegó el mapa sobre la mesa y trazó una ruta hacia un punto a las afueras Nuakchot. Aquí es, dijo presionando el punto con el dedo índice. Estaba segura de que allí esperaba el señor Moussa. En el sobre había dos pasaportes, un fajo de billetes de uguiya (moneda oficial de Mauritania) y varias tarjetas de visita.

A la mañana siguiente, el otro Mamadou llegó una hora después de la prevista. Cogió el teléfono móvil y llamó a Sidi. Después de recibir (con dignidad o quizás poca preocupación) lo que pareció un buen rapapolvo por haber llegado tarde, me dio el teléfono.

Sidi me dijo que las tarjetas de visita eran contactos de confianza en la capital. También me dijo que en el sobre había dinero suficiente para varios meses, y que si necesitaba más, solo tendría que llamar a cualquiera de los contactos. El teléfono tiene cobertura satélite, todos los contactos de la agenda saben que puedes llamarles en cualquier momento. Dejarán lo que están haciendo y acudirán en ayuda de Salka.

—No lo entiendo, Sidi. ¿Por qué haces todo esto por nosotros?

—No te lo tomes a mal, Jon, pero lo hacemos por Salka. Tiene la marca. Marcial me lo dijo y no lo podía creer. Hace mucho tiempo que la esperan aquí.

—¿La marca?

—Sí, en la muñeca.

—¿La cicatriz?

—No es una cicatriz. Es una marca.

—¿Debo temer por ella?

—Al contrario, ella está protegida. Debes preocuparte, pero por ti.

—¿Protegida? ¿Por quién?

—Si te lo dijera, no me creerías. Tengo que cortar, Jon. Recuerda, si te ves en apuros, no dudes en llamar.

En poco más de una hora llegamos al punto que Salka había marcado en el mapa. Estábamos en medio del desierto. El viento soplaba lo justo para acariciar la vegetación que se atrevía a vivir allí. Bajamos del coche. Salka suspiró y miró en todas las direcciones. Sonrió mientras señalaba hacia unas rocas. Es por allí, dijo. Corrió, yo la seguí. Mamadou se bajó para cerrar las puertas y nos siguió con el coche. Cuando solo habíamos recorrido unos cincuenta metros, vimos las copas de unas palmeras que se alzaban sobre el polvo. Unos minutos después estábamos en medio de un oasis. Era tal y como lo había descrito Salka y muy parecido a como yo lo había imaginado. El desfiladero, la charca en medio, las palmeras y la vegetación acercándose a un arroyo en busca de agua.

Salka se detuvo en una explanada. Se puso de rodillas y miró al cielo. Ese día no se oyó el zumbido de cazas buscando terroristas. Tampoco se dispararon proyectiles ni desaparecieron varias generaciones de una familia. Ese día era el día de fantasmas, recuerdo, dolor y resentimiento. También de culpa. Al otro lado de la explanada había un sendero, y al final del éste, una casa. Salka corrió hacia ella. Mamadou me puso el brazo en el hombro y me dijo que no me acercara. Que debía esperar con él. No hice caso y traté de acercarme.

—¿Dónde está Salka?

Señaló a una niña que correteaba alrededor de un anciano, que estaba sentado en un banco, junto a la casa. A ambos lados, dos olivos se apoyaban en la pared. Mamadou insistió en que no me acercara hasta que dejé de oír a la niña. Me giré y ya no estaba. Ni ella ni el anciano. Salka volvió corriendo.

—Vamos —dijo llorando —. Ya no hay nada que hacer aquí.

—¿Y el señor Moussa?

—Está muerto.

Los gestos de Salka habían cambiado.

—No entiendo nada.

—El señor Moussa necesitaba hablar conmigo, y lo ha hecho.

—Pero si está muerto.

—Tengo que volver lo antes posible.

—No creo que sea seguro.

—Nadie me busca. Nuestro encuentro no ha sido casualidad. Tampoco el destino de mi vuelo. Todo es parte de un plan.

—¿Qué plan?

Salka me habló de Juba II, rey de Numidia y Mauritania, a principios del siglo I. Aquella Mauritania no tenía nada que ver con la actual, abarcaba casi todo el norte de África. Juba había sido ciudadano de la Roma de César y yerno de la famosa Cleopatra. A pesar de su origen bereber, en su tierra siempre fue considerado un extranjero. Fue el primero en enviar una expedición a las Islas Canarias. Según contó Plinio el Viejo en su Naturalis Historia (año 6 d.C.), Juba incluyó un informe sobre el pueblo canarii en su Tratado sobre Libia (año 6 d.C.), obra desaparecida hasta ese día. Ahora lo tenía Salka en sus manos, al menos la copia de varias páginas del informe sobre los canarii. Hacía referencia a unos lugares que yo conocía bien. Aún no sé de dónde lo había sacado.

—¿Sabes dónde está esto? —dijo Salka señalando en el mapa.

En aquel mapa se distinguía la silueta de Gran Canaria algo distorsionada. En el punto que señalaba, habían dibujado con mucho detalle un macizo basáltico que yo conocía bien.

—Creo que sí. Parecen los Letreros. Está en el barranco de Balos.

—Ahí está escrito lo que tengo que hacer.

—¿En los grabados?

—Sí, fueron mis antepasados los que hicieron algunos de esos grabados.

—¿Por qué?

—Porque sabían que un día olvidaríamos lo que habría que hacer.

—¿Hacer qué?

—Aún no lo sé.

Ya podíamos ver Nuakchot a los lejos. Mamadou frenó y miró por el espejo retrovisor. Cruzó la mirada con Salka, ella asintió. Él se bajó del coche y abrió la puerta trasera de mi lado.

—Tienes que bajarte, Jon —dijo Salka —Lo que viene ahora no se puede escribir.

—No lo escribiré.

—No sabes mentir —dijo sonriendo.

Yo también lo sabía. Que no sabía mentir, y que no cumpliría con mi promesa. Salka miró por la ventana trasera y levantó la mano. Estaba llorando. Quise leer en sus labios un “te quiero”, pero creo que era un “lo siento”. Me senté en el suelo y respiré el polvo que dejó el coche mientras se alejaba. Estaba solo en medio del desierto, pero el único miedo que tenía en ese momento era el de no volver a verla.

—¿Marcial?

—¿Qué pasó, amigo? Déjame adivinar… Te han dejado votado.

(Continuará…)

GRR_

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