Encuentro en Berlín – Capítulo I

Tiempo aprox. de lectura: 7 min

Encuentro en Berlín.

Berlín. Los Planetas orbitaban en mi cabeza con dosis extra de frecuencias bajas. Su música enmudecía un rebaño de turistas japoneses en dirección al Museo de Pérgamo. Un desfile de olmos rociaba las aceras con las últimas hojas del otoño. Inhalaba frío y exhalaba vapor. Caminaba rápido, sólo veía edificios sin vida y calles mojadas. Sin darme cuenta, me había contagiado de melancolía, un virus sin antídoto, típico de zonas frías y carentes de luz. Por fin encontré algo abierto que parecía un bar. Todas las mesas estaban ocupadas. Me acerqué a la barra y pedí un whisky. Todos miraban hacia un televisor que colgaba de la pared. Rostros desconocidos mostraban un instante de sorpresa y se helaban de terror. El pánico se manifestaba con gritos contenidos que escapaban entre labios y dedos temblorosos. Ponían un video que parecía grabado con un teléfono móvil: Se oye un golpe seco. Un polvo fino en suspensión va ocupando lentamente el pasillo de una estación. Parece niebla. De ella empiezan a salir, en todas las direcciones, fantasmas cegados de terror y albeados de muerte. Algunos se protegen la cabeza con los brazos. El encuadre se centra y sigue a una mujer que deambula tambaleándose con el torso desnudo. Sostiene un brazo sin cuerpo, es suyo. Se detiene. Uno, dos, tres segundos y se desploma, no se vuelve a mover; la cámara sí, lo hace al ritmo de quien la sostiene. Intenta grabarse a sí mismo pero alguien coloca la mano sobre el objetivo y se lo impide. La cámara se dirige al suelo y se corta la grabación. Cesan los gritos.La escena se repetía una y otra vez. Mientras tanto, en el interior de un recuadro superpuesto en pantalla, una presentadora con gesto serio y frío daba paso a reporteros enviados a diferentes partes de Berlín.

—¡Joder, la torre de la televisión, eso es Alexanderplatz!

—¿Español? —dijo uno de los camareros acercándose desde el otro lado de la barra.

—¿Qué ha pasado?

—Una explosión en la estación, ahí mismo. Dicen que es un atentado terrorista. Una chica ha entrado corriendo y gritando. Se ha parado en medio de un pasillo lleno de turistas y se ha inmolado.

—¿Una chica?

—Sí, muy joven, española —dijo el camarero.

—¿Española?

—Sir, begleiten Sie mich. —Noté que me agarraban por los brazos. Me di la vuelta y balbuceé:

—Sorry, I can’t understand. I’m from Spain.

—Dice que tiene que acompañarles. Creo que son de la secreta —dijo el camarero.

Me sacaron en volandas del bar, me metieron en un coche y me llevaron a una comisaría. Después de recorrer varios pasillos, me empujaron para que entrase en un cuarto. En el interior sólo había una mesa y tres sillas. Entró un tipo alto y fuerte, llevaba un traje gris oscuro. Tenía un pelo rizado sometido por gomina brillante y alámbrica. Un mentón ancho completaba un rostro que invitaba a colaborar. No saludó al entrar ni al sentarse. Sacó una fotografía de una carpeta y me la acercó. Apoyó sus manos sobre el borde de la mesa, me miró a los ojos y dijo:

—¿Conoce a esta mujer?

—Oiga, yo no he hecho nada. Tropecé con ella hace unas horas. Tomamos algo y… —Golpearon la puerta tres veces. El tipo se levantó y se acercó a la entrada. Un agente uniformado y con chaleco antibalas le habló al oído y volvió a salir. Sin soltar la manecilla de la puerta me dijo:

—Eso es todo. Ahora vendrán a buscarle dos agentes. Le acompañarán a su hotel. No salga de la habitación hasta que pasen a recogerle a las ocho y media. Le llevarán al aeropuerto y le escoltarán hasta que pase el control de seguridad. No hable con nadie. No se resista o le detendrán. Hoy no es un buen día para ser español en Alemania.

Llegué al hotel y subí a la habitación. Necesitaba un whisky y me asomé al balcón buscando un bar. Odio beber en los hoteles. El coche de policía que me había traído seguía en la entrada, uno de los agentes se bajó y miró hacia arriba. Me hizo un gesto brusco, casi violento, para que entrara en la habitación. Entré y abrí el minibar para sacar una botella de whisky. Odio beber en los hoteles, pero odio aún más no beber cuando lo necesito. Me tumbé en la cama, miré la televisión y pensé en encenderla. Decidí no hacerlo. Saqué la moleskine del bolsillo trasero del pantalón y escribí:

Hace unas tres horas que he tropezado con la mujer de la foto. Fue al doblar una esquina entre la Isla de Museos y Alexanderplatz.

—Sorry —balbuceé. Yo no hablo inglés, pero lo balbuceo con tanta seguridad que terminan pensando que soy de algún pueblo perdido del norte de Escocia.

—¡Joder, qué hostia!  —dijo con la mano en la frente mientras yo me quitaba los auriculares.

—¿Española? —Me los puse alrededor del cuello pero no conseguía bajar el volumen.

—Eso es… Cumpleaños Total. ¿Los Planetas?

—Sí.

—Me gustan Los Planetas… Hoy es mi cumpleaños.

No será peor, de lo que era, no seré peor, seguro que es mejor” —sonaba de fondo, metálico.

—Espera un segundo… —dije buscando el teléfono móvil en el bolsillo.

—No, déjalo, me gusta.

—¡Dios, qué frío! No sé cómo puede vivir la gente aquí —dije.

—Porque se abrigan. ¿No te has fijado? Llevan bufandas, guantes, gorros y chaquetones enormes. Los vaqueros y las chupas de cuero las dejan para las noches de verano —dijo sonriendo, señalando mi vaquero y tocando el cuello de mi chaqueta.

—Vestido como ellos no podría moverme. ¿Sabes dónde hay un bar abierto? Llevo casi una hora deambulando.

—Es que los alemanes se toman muy en serio el descanso de los domingos. A unos diez minutos hay un Starbucks. Me queda de paso, vamos, te acompaño.

—¿Starbucks?

—A mí tampoco me gustan las franquicias yanquis, pero tienen calefacción y están abiertos. ¿O prefieres quedarte en esta esquina? —dijo apartándome con el brazo y cruzando la calle. —Vamos, rápido o te congelarás por el camino. ¿Qué te trae por Berlín?

—Es una larga historia —dije.

—Me encantan las historias largas, pero no tengo tiempo. Cuidado… Ahora, cruza rápido.

—El pasado. Me ha traído a Berlín el pasado ¿Y a ti?

—El odio —dijo sin parar de caminar.

—¿Odio? Pasado y odio, ¡vaya pareja hacemos!

—Sí —dijo riendo y arrastrándome por el brazo para cruzar la calle —. Tienes la chaqueta congelada. Mira, ahí está la cafetería.

—Vamos, entra conmigo. Celebremos tu cumpleaños. Aún no te he felicitado.

—No tengo tiempo —miró el móvil y luego al suelo —¡Qué coño! Venga, vamos, tengo diez minutos.

Entramos y nos sentamos en una de esas barras que apuntan hacia afuera. De las que te hacen sentir como un maniquí en un escaparate. Sacó una petaca de acero, desenroscó el tapón, la puso sobre la barra y dijo:

—Tú primero.

—¿Talisker? —dije después tomar un trago y retener un instante el sabor de la turba.

—Buen “mouth feel” —dijo sonriendo mientras seguía con la mirada a una pareja de ancianos que cruzaba la calle. Ella agarraba el brazo de él con tanta delicadeza, que se podía percibir a más de cuarenta metros —¿Cuándo vuelves? —dijo sin perder de vista a la pareja, ya estaban al otro lado de la calle. Él besó la mejilla de ella, y con paso lento doblaron la esquina.

—Esta noche. Quizás podríamos vernos en España.

—¿Cómo? —dijo ausente —Ah, perdona. No, no podremos, pero me hubiera gustado.

—Entiendo. —No se me ocurrió otra cosa que decir. En el cristal de la ventana, nuestros reflejos cruzaron la mirada. Recuerdo sentir que se alejaba sin moverse. Después dijo:

—Escúchame bien. Tómate un café y muévete en taxi, ni metro ni tren. Y lo más importante: cambia el vuelo para mañana.  —Sacó cinco euros y los puso sobre la barra —. Te invito al café.

—¡Espera… la petaca!

—Para ti. No te olvides, cambia el vuelo. Adiós. —Salió de la cafetería y se detuvo en la puerta unos segundos. Se llevó las manos a la cara y su cuerpo se movió acompañando a una respiración forzada y profunda. Volvió a entrar y se acercó rápido, me besó en la mejilla y susurró:

—Presente y amor… Ahora somos eso: presente y amor. —Cuando volví a sentir sus labios fríos en mi mejilla, me giré y nos miramos a los ojos un instante. Lloraba. Sonrió. Salió metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo. Esta vez no se paró en la puerta. Cruzó la calle y volvió en dirección a la esquina en la que nos habíamos encontrado. Sentí el impulso de salir corriendo tras ella, pero no lo hice. ¿Por qué? No tengo ni idea, pero me arrepiento.

Coloqué la moleskine sobre la mesita de noche y me dormí. Sonó el teléfono y desperté desorientado. Tardé unos segundos en entender el inglés del recepcionista, me avisaba de que venían unos agentes a buscarme a la habitación. Llegaron puntuales. Me escoltaron sin decir una palabra y me dejaron en la zona de embarque del Berlin-Schönefeld. Entré en el avión por la puerta delantera mirando la tarjeta de embarque: 24F. Me senté y esperé que apagaran las luces de los cinturones de seguridad —Por favor, un whisky. —Sentí que tenía que ir al baño y fui. De vuelta a mi asiento, me encontré con un desfile de caras desconocidas. El auxiliar de vuelo me esperaba con el whisky. Me llamó la atención la fila veinte. El avión parecía estar completo y en esa fila sólo había una pasajera.

—¡Eres tú! Ni siquiera sé tu nombre.

—Hola. —Me miró sorprendida, tenía los ojos húmedos. Se giró hacia la ventanilla y trató de ocultar el perfil con la mano derecha.

—Cuando vi en las noticias lo del atentado… —Me senté a su lado.

—¿Te importa dejarme sola? No me siento bien.

—Señor, su whisky.

—Gracias. —Esperé a que el auxiliar de vuelo se alejara —. La policía me ha enseñado una foto tuya.

—Era mi hermana —dijo sin dejar de mirar por la ventanilla.

—¿Cómo?

—La de la foto. Era mi hermana  —dijo volviendo la mirada hacia mí.

—Pero…

—Ahora está muerta. ¡Te dije que no volaras hoy! —Abrió su chaqueta —¿Ves esto? ¡Te lo dije, joder!

—No tienes por qué hacerlo.

—Explotará igualmente cuando el avión aterrice. Lo siento. Intenté decírtelo pero no podía poner en riesgo la…

—¿La masacre?

—…la operación. —dijo sin dejarme acabar.

—¿Podrías darme media hora?

—¿Media hora? ¿Para qué?

—Me gustaría escribir un relato sobre mi muerte. Soy algo parecido a un escritor.

—¿Y puedes hacerlo en treinta minutos?

—Lo puedo hacer en unos veinte. No me preocupa la calidad, sólo quiero disfrutar del placer de escribirlo. Los otros diez serán para tomarme el último whisky, el de despedida.

—¿Te importaría quedarte a mi lado hasta el final? —dijo cogiendo mi mano y mirando al frente.

—Será un placer —dije besando su mejilla —. Presente y amor, es lo único que importa ahora —susurré.

—Una nota final y acabo:

Si alguien llega a leer esto, quiero que sepa que muero feliz, algo borracho y muy bien acompañado. No todos los muertos pueden decir lo mismo.

—Ya es la hora, lo siento.

—Espera un segundo. Quiero decir algo: No he vivido como un escritor, pero moriré como uno de los grandes: ¡Traedme una escalera, pronto!

—¿Cómo puedes reírte en un momento como éste?

—Fueron las últimas palabras de Gógol. Lo siento, es que no puedo evitarlo.

—¿No quieres saber por qué lo hago?

—Ya me lo dijiste en Berlín: Odio.

—Y pasado —dijo.

—Pero ahora somos presente y…

—Amor —dijo sonriendo y mirándome.

—¿Escribo que nos besamos en los labios?

—Vale, aunque esa parte será ficción. Siento que tu relato acabe así.

No puede tener un mejor final. Dame la mano. Cuando quieras. ¡Allahu Akbar! ¿Está bien escrito? —dije.

Sí, pero añade: ¡Presente y amor! —dijo sonriendo.

Guardo el documento y lo envío. El WIFI va bien.

FIN

—¿No debería haber explotado ya?

—Sí, no sé qué ha pasado. Debe haber algún problema con el detonador. No lo entiendo. Yo misma lo monté y lo revisé esta mañana.

—¿Parece que ahora también somos futuro?

—Hasta que aterricemos.

—Más de cuatro horas, toda una eternidad.

(GRR)

Ir al Capítulo II »

 


Safe Creative #1812149337171


Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.