Encuentro en París

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Se conocieron en París. Sobre uno de esos puentes que cruzan el Sena, creo que en el de Alejandro III. Sí, lo sé, parece sacado de una de esas historias de amor, de las que dan ganas de llorar a solitarios y mal acompañados. Podría omitirlo… Y lo he pensado, sí, créeme que lo he pensado, pero es que encima hacía un día espectacular, la luz de un cielo azul y limpio caía sobre París y esclarecía un atardecer de temperatura perfecta. La tarde, la muy jodida, combinaba igual de bien con un paseo por el Barrio Latino que con un café en una de esas terrazas parisinas de película. Daban ganas de enamorarse de cuaqluiera que pasara por la calle. Bueno, esto último es broma, ¿por dónde iba? Ah, sí:

Él se acercó a ella, puso una moneda en el estuche de la guitarra y dijo:

—¿Turnedo?

Ella asintió, sonrió, y al final del compás vocalizó un “gracias” mudo. Él volvió al otro lado del puente, se apoyó en la barandilla y siguió el ritmo con el pie. Cuando llegó al estribillo le siguió el resto de la pierna y también la cabeza. Buscó papel y algo con lo que escribir y encontró dos trozos de lápiz sin punta en el bolsillo trasero del vaquero. También tenía un folio doblado con unas pocas notas para la reunión que tenía en veinte minutos. Sacó el teléfono móvil de la chaqueta y dijo:

—Dígame, don Luis.

—¿Dónde está?

—En las oficinas del cliente, luego le llamo.

—A mí no me engaña, Javier, ¿y esa música?

—Estoy en camino.

—No llegue tarde, ¿me oye? No puede llegar tarde. Coja un taxi, ¿me oye? Ahora mismo. Que le deje en la misma puerta.

Javier, que como siempre había desconectado desde el primer “me oye”, sonrió al escuchar el acento con el que ella empezaba la segunda estrofa de la canción.

—Tengo que colgar. Le llamo en cuanto salga.

—Escuche, Javier, espere. ¡Qué me escuche, coño! Llámeme antes de entrar.

—Le enviaré un mensaje —dijo Javier.

Pero su jefe sabía que Javier no le enviaría el mensaje, y Javier, después de dos años trabajando para él, sabía que su jefe no daría con la forma de leerlos.

Ella recogió la guitarra, sonrió, levantó la mano y se fue en la dirección por la que Javier había venido. Esa voz, susurró Javier, ¿de qué me suena esa voz? Y caminó sin prisa hacia las oficinas de la compañía en la que tenía la reunión.

—¿Javier Delgado? —dijo el recepcionista.

—Sí.

—Llega tarde. Planta dos, sala dos, a la derecha. Suerte

—¿Puede guardar ésto? —dijo Javier.

—Póngala ahí —dijo el recepcionista extrañado.

—¿Podía decirme quién me espera?

—Si no lo sabe usted…

—Simpático —susurró Javier, y añadió —: gracias.

—Capullo —susurró el recepcionista y dijo —: un placer.

Javier esperó unos segundos por el ascensor y cuando se abrió, dio un paso atrás y salió ella, que después de que cruzaran la mirada, se dirigió a la recepción y dijo:

—¿Dónde está?

Esa voz, susurró Javier después de que se cerrara la puerta del ascensor, ¿de qué me suena esa voz?

—¿A qué planta? —le preguntó un señor.

—Dos, gracias —dijo Javier—. Joder —susurró—, ¿aquí no hay franceses?

—¿En mi empresa? —dijo el gerente—. Algunos hay, sí, pero pocos. Si quería practicar su francés tenía que haber ido a la France Telecom.

Javier sonrió y se mantuvo en silencio.

—¿No serás el ingeniero del que me habló Luis? —dijo el gerente.

—Sí.

—Llegas tarde.

—Sí, lo sé, no he podido venir antes.

—Mi gente dice que lo que has hecho es algo increíble.

—Lo hemos hecho, en equipo, somos muchos —dijo Javier.

—Sí, dos, para ser más exactos —dijo ella desde atrás—, él y su hermano.

El gerente y Javier se giraron y ella añadió:

—En la Sorbona no se habla de otra cosa.

—Eso es que tienen mucho tiempo —dijo Javier.

Y Sonrió. El gerente lo miró de arriba a abajo y sonrió también.

—Por aquí. Pasa y siéntate donde quieras —dijo ella.

—María —dijo el gerente—, envíame el informe cuando terminen. —Luego se giró hacia Javier y dijo —: Dale recuerdos a tu jefe, y dile que me gusta tu pendiente.

Javier no tuvo claro cómo tomarse el comentario y se limitó a sonreír. El gerente salió de la sala, María cerró la puerta y se sentó frente a Javier.

—Te importa que abra la puerta —dijo Javier.

—No —dijo María.

—Lo siento, no me gustan los sitios cerrados.

—¿Y eso?

Mientras volvía a la silla, Javier sacó un paquete de chicles, invitó a María, que no quiso porque ya tenía uno, y dijo:

—Venga, ¿qué te parece si empezamos por el principio?

Javier sacó el papel del bolsillo, lo desdobló, lo puso sobre la mesa, lo planchó con la palma de la mano y le dio la vuelta.

—¿Puedo coger uno? —dijo Javier.

—Sí, claro —dijo María acercándole el lapicero.

—¿Qué se siente al tocar en la calle? —dijo Javier.

—Eso tendrías que comprobarlo tú mismo.

—¿Cómo es que pudiste llegar antes que yo?

—Cuestión de práctica. Si hubiera sabido la pinta que traías tú, me habría ahorrado el tiempo de cambiarme. ¿Cómo lleva tu jefe que vayas a las reuniones con esas pintas?

—No le queda otra.

—Si quieres empezamos con la implantación —dijo Javier.

—Vale.

—Inicio el día uno, y final, no sé, ¿el veinte? ¿Te parece bien? Del mes que viene, claro.

María asintió.

—Yo creo que es suficiente —continuó Javier—. Mi hermano se puede encargar de este tema. Yo voy a estar fuera, pero puedes contactar con él, y si hay algo importante, él sabrá como localizarme.

—¿No te acuerdas de mí, verdad?

Javier dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Recuerdo tu voz —dijo Javier—. Pero no sé de qué.

María sonrió y dijo:

—¿Planta tres?

—Eras tú —dijo Javier.

—Sí.

—Nunca te vi, siempre estabas detrás de aquella cortina.

—Yo sí te vi.

—Siempre quise hablar contigo —dijo Javier.

—Pero yo no quería hablar con nadie.

—Sí, y yo te entendía.

—Nunca hablamos, ni siquiera cruzamos la mirada, pero el día que terminamos con la quimio, te eché de menos.

—Yo también.

—Aprendí mucho allí —dijo María.

—¿Como que querías tocar en un puente?

—Sí —dijo María sonriendo—, o en cualquier otro sitio.

Se miraron unos segundos.

—Mi madre está bien —dijo María.

—Dale recuerdos de mi parte.

—Siempre quiso que hablara contigo.

—¿Sabes, María? Creo que paso de ésto.

Javier le dio la vuelta al papel y metió el bolígrafo dentro del lapicero.

—Yo también.

—Ya nos conectaremos la semana que viene por Skype.

—A ver qué pongo en el informe.

—Puedes poner que tuve que salir a atender una incidencia y no pude continuar con la reunión.

María escribió la verdad en el informe. Su jefe lo entendió y se apuntó en la lista de los que quieren a Javier tal y como es. Javier salió de la sala de juntas y esperó por el ascensor con la voz de María revoloteando sobre la cabeza. ¿Cómo no pude recordarla? —susurró mientras se dirigía a la salida.

—Adiós —le dijo el recepcionista —, ¿no te dejas algo?

—¡Joder! Gracias.

—¿A dónde vas con eso?

Javier levantó el brazo sin darse la vuelta y salió. Se paró en la acera, sacó una moneda, la lanzó al aire y la dejó caer al suelo. Esperó a que se parara, la miró y sonrió. Metió las manos en los bolsillos y, como siempre que iba a París, pasó por la torre robada del destino de su padre. Luego tomó un café en una de las terrazas de película y se dirigió al puente. Para él, ya no era el puente Alejandro III, para él ya era el puente de María. Apagó el porro en el suelo y se apoyó en la barandilla. Sacó la guitarra del estuche y escuchó hasta el último acorde de la canción que tocaba María.

—¿Turnedo? —dijo Javier.

María asintió.

—Un, dos, tres, y… —susurraron.

Y sonó Turnedo. Y ese Javier se transformó en el que soy ahora.

FIN

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