Eugenio, genio del mes – El viaje de Cleto

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La lección de Cleto.

—¡Eugenio! Preséntese ahora mismo en mi despacho.

Eugenio dejó todo lo que no estaba haciendo y entró en el despacho del ministro de los genios.

—Dígame, señor ministro.

—¿Usted ha recibido esta reclamación?

—Sí, señor, ayer. La rechacé inmediatamente por improcedente.

—Vamos a ver, Eugenio. El ciudadano Cleto se queja de su trabajo, y usted le concede tres deseos para aliviar su existencia. ¿Correcto?

—Correcto.

—Ahora está desahuciado, perturbado y solo come alpiste. ¿A usted le parece normal? ¿Acaso le parece que su existencia haya mejorado en algo?

—Pero, señor ministro, en el manual de genio lo dice muy claro: Ningún genio juzgará los deseos del beneficiario.

—¡Beneficiario, Eugenio! ¿Le parece que el ciudadano Cleto ha sido be-ne-fi-cia-rio de tres deseos?

—Depende de cómo lo…

—¡Cállese! Acepte la reclamación y concédale otros tres deseos.

Eugenio acató las órdenes del ministro y se tele-transportó al paradero de Cleto. No era muy difícil dar con él. Al aceptarse la reclamación, ya había recuperado el juicio, pagaba su hipoteca y tenía una dieta más variada. Como cada día, descansaba en la barra de un bar. Estaba exhausto de una jornada laboral larga y estresante. Muy cansado, sí, pero no lo suficiente para arreglar la economía de un país junto a su cuadrilla.

—¡Los inmigrantes! —decía Cleto —Esos son lo que me dejaron sin trabajo hace dos años. Los mismos que me están obligando ahora a aguantar a mi jefe.

—Cállate, Cleto. Si vienen aquí es porque no les queda más remedio. O te crees que mi padre emigró a Venezuela para echarse a la bartola. El pobre pasaba más hambre que el perro de un ciego. ¡No, señor! El viejo se fue para trabajar y mandar perras para la familia. Y huyendo de la falange, que lo tenía enfilado por rojo —dijo Aureliano —Si no, mira cómo Juan García “el corredera”, hombre noble y bueno donde los haya.

—Dios lo tenga en su gloria —dijo el camarero.

—Con la que está cayendo —seguía Cleto sin escuchar. Había pasado a modo “tocotoco” —Y encima… están mejor que nosotros. Con ayudas, paro, seguro. Lo que digo yo, mejor que nosotros. Toda la vida trabajando de sol a sol. Con Franco esto no hubiera pasado.

—¿De sol a sol? ¿Tú? ¿Franco? ¿Qué sabrás tú de Franco? —dijo el camarero.

—Me cambiaba por uno de ellos, fíjate lo que te digo. ¡Ahora mismo! Cago en todo lo que se menea —sentenció Cleto.

Eugenio escuchaba desde el final de la barra. Lo hacía con su cuestionada capacidad de discernimiento, toda la que una naturaleza poco generosa le otorgó. «Me cambiaba por uno de ellos», pensó. Uno… dos… tres… Tres deseos en uno. Menos trabajo, más tiempo para café. Pues esta vez, sí que está fácil. ¡Concedidos!

—¡Eugenio! Preséntese en el despacho —dijo el ministro.

Eugenio, que ya había cerrado el expediente y pasado a otra cosa mariposa, se levantó, se preparó para el “rastrillazo” y entró en el despacho del ministro. Allí le esperaba el funcionario jefe junto a todos los compañeros del ministerio.

—Quiero que sepa que le hemos nombrado genio del mes.

—¿Genio del mes? ¿Yo?

—Sí, su segunda oportunidad a Cleto, ¡Admirable! ¡Fabuloso! Mire, mire… —dijo el ministro mirando la esfera de cristal. Era el visor a través del cual observaban al mundo de los normales.

Cleto disfrutaba de las ventajas de ser un inmigrante. Eso que tanto ansiaba junto a su cuadrilla.

Su primer deseo: una ruta a pie por África. Cleto había recorrido medio continente para llegar a Mauritania. Había salido de Bertoua, Camerún. Caminaba de noche para no ser visto por policías corruptos ni asaltantes. Aun así, le habían robado, estafado y obsequiado con una o dos palizas por no tener nada. Aunque no lo reconoce, disfrutó de la experiencia de ser tratado como res de un rebaño humano.

Su segundo deseo: Una travesía junto a otros treinta seres humanos. Salvo Cleto, que estaba allí por deseo propio, el resto buscaba una vida mejor o huía de guerras o guerrillas de clanes. En sus países no había educación ni sanidad. La gente moría de paludismo, fiebre tifoidea y otras enfermedades que Cleto jamás había oído. Sus familias habían estado años ahorrando el dinero para la aventura. Una noche se paró el motor y disfrutó del balanceo que hacía crujir cada tabla del cayuco. Fueron rescatados, pero tardaron siete días en llegar a puerto. La inutilidad y falta de humanidad de algunos políticos había creado una burocracia alrededor de este tipo de experiencias. ¡Burocracia de la vergüenza!, dijo Cleto cuando por fin atracó en el puerto.

Su tercer deseo: Cleto acaba de escaparse de un centro de inmigrantes. Sus compañeros de fuga no se quejaban de las condiciones, pero tenían que pagar las deudas de sus familias. Buscan trabajo sin documentación ni permisos. Han tenido la suerte de encontrar un trabajo en unos invernaderos de tomate. Duermen hacinados en cuarterías sin agua ni luz. Trabajan de forma ilegal más de doce horas al día. Cobran menos de una cuarta parte de lo que Cleto cobraba cuando comía alpiste. Por fin tiene las ayudas y las ventajas que tanto deseaba.

—¿Qué te parece, Eugenia?

—Sin palabras, señor ministro.

—¿Y si le concedemos tres deseos a los compañeros de fuga?

—Que no podremos concederlos.

—¿Por qué?

—Porque uno será estar con los que han muerto en el camino.

—¿Quién le dice que no podremos hacerlo?

—Los estatutos, señor ministro, los estatutos.

—Nada que no pueda arreglar un buen ministro.

—¿Puedo hacerlo yo?

—Por su puesto, que vuelvan al mundo de los vivos y que tengan un trabajo legal junto a sus compañeros. El tercer deseo lo dejaremos para el patrón de los invernaderos. De ese se encargará Eugenio, dígale que venga a mi despacho.

—Gracias, señor ministro —dijo Eugenia “la genio” sonriendo.

FIN

GRR_

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