La cicatriz de tu ausencia

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Quiero que sepas que estoy aquí, allí, sí, aquí donde nos vimos por última vez. Aunque la madrugada y todo lo que nos metimos aquella noche esturbiaron el recuerdo, lo recuerdo, sí, aún lo recuerdo. Yo lloraba. Creía que me moría. Tú me consolabas como a un niño, me besaste en la mejilla y te alejaste en silencio sin darme la espalda, sonriendo, mirando, negando. Luego te tragó aquella maldita puerta de entrada a la oscuridad. Y por ella salió tu ausencia. La puta ausencia que me acompaña hasta hoy, hasta aquí, hasta esta plaza que no es plaza, hasta esta calle que no es calle, hasta aquí, hasta allí. Aquí, allí, sí, aquí donde se abrió una herida, la herida, mi herida. Sangraba, tú la presionabas para detener la hemorragia, pero en el fondo sabías que no serviría de nada, porque tú sabías de heridas de ausencia, de distancia, yo no. Aquí, en esta baldosa de piedra vieja, desgastada por pasos sin rumbo, justo aquí fue donde te giraste. Y allí, por aquella maldita puerta, por allí entraste, ¿la recuerdas? No, sé que no lo recuerdas, pero te lo recuerdo yo; por esa puerta, ya lo dije, lo repito, salió tu ausencia, tu puta ausencia.

Quiero que sepas que ahora la herida no sangra, que tu ausencia es recuerdo, que el recuerdo es casi olvido, y que el olvido, cuando deje de ser recuerdo para ser olvido, limpiará la herida y hará que brote sangre, limpia, roja. Y mi herida dejará de ser herida para ser una cicatriz que contemplaré cada tarde, para que el recuerdo por fin sea olvido, para que el dolor deje de ser dolor y sea recuerdo de dolor, y luego olvido, para que por fin, después de tantos octubres, por fin no duela.

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