La Cofradía de los Cabrones

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Menú del día: Una parte de infidelidad por dos de amor no correspondido.

Ella intentó abrir la puerta pero se lo impidió la cadena de seguridad.

—Vete, por favor —dijo él—. No tenemos nada que hablar.

—¡Señorita! ¡Apártese de la puerta!

Ella se dio la vuelta y dijo:

—¿En serio? ¿Has llamado a la puta policía?

—Señor, cierre la puerta y no salga —dijo el agente—. Ya hablaremos después.

—¿Es delito llamar a la puerta de tu marido? —dijo ella.

—¡Está loca, agente, está loca! —gritó alguien desde una ventana del edificio.

—Cállese, señora —dijo el agente—. Vuelvan todos a sus casas. ¿Es que no tienen nada que hacer?

—Suélteme —dijo ella.

—Está bien, señorita, pero debe irse de aquí.

—Ésta es mi casa.

—¡Mentirosa! —dijo una vecina—. No es su casa, agente, es la casa de él. Ella le puso los cuernos con otro, ¿sabe? Moreno. Y así de alto, más o menos, y pelado al cero.

—Está bien, señora, está bien. Haga el favor de entrar en su casa. Y usted, señor, cierre la puerta.

La cerró y la policía se fue por donde había venido. Ella volvió unos minutos después para seguir con los insultos y los golpes en la puerta. Él subió el volumen de la música y colocó el plato —aún lleno de macarrones—, en el fregadero. Y así, con los gritos de ella, la sordera y el ayuno de él y un montón de vecinos con mucho tiempo y poco que hacer, estuvieron hasta que ella miró el reloj y recordó que un “Plan B” la esperaba en casa.

El “Plan B” se llamaba Raúl y llevaba dos días con la misma sonrisa. No se la quitaba ni para dormir. Sonreía porque ella, después de tanto tiempo, había decidido dejar al otro por los encantos de él. Una mezcla de orgullo por la conquista y algo parecido al amor, pero sin llegar a serlo, le hacía sentir mariposas en la barriga, una barriga que ella odiaba a muerte y que se lo recordaba siempre que podía. Él, por no oírla, cambió donuts por cruasanes integrales, cervezas por vino, tardes de fútbol por noches de teatro, una vida de mierda por una de engaño. Y qué bonito es el amor, susurraba mientras buscaba en Internet un taller de cata de vinos. Lo que hay que hacer, le decía a sus amigos; quién se lo iba a decir a él, con lo que le gustaba burlarse del esnobismo enológico, gastronómico, intelectual y cultural. ¿Y todo eso para qué? Para impresionarla, para que un día, que por fin había llegado, ella decidiera ser condescendiente y darle la vuelta al cartel de “Plan B”. Hasta entonces, él se dedicaba a catar vinos, a memorizar notas de cata que no entendía y a beber cervezas a escondidas. Al escuchar las llaves en la puerta, escondió la lata debajo del sofá y tomó un trago de una de las dos copas de vino que había preparado para recibir a su amor. Por fin había vuelto del supermercado. ¿Sin compra? Un despiste, pensó él, es que es muy despistada, pero eso la hace aún más encantadora. Sí, el despiste la hace diferente, está sin estar, como cuando te hacen una foto sin darte cuenta y sales perfecto, y te reconoces, y hasta te gustas. Y encima, ahora, ella era suya. ¿Suya? Sí, eso pensaba él. Por eso se escondía para fumar, para comer, para ir a los lugares que ella detestaba o para escuchar la música que ella despreciaba. Él, como buen “Plan B” en ciernes, se escondía de sí mismo para ser quien ella quería que fuera, o quien él creía que ella quería que fuera. Sí, pensaba ella cuando cruzaban la mirada, yo sí que te tengo, capullo. Si supieras por qué estoy contigo. Las mariposas habían vuelto con el sonido de las llaves en la puerta. Y esta vez traían un nuevo veneno. Uno diseñado para la ocasión, a la medida de la traición que germina del engaño, que penetra la piel y entra en el torrente sanguíneo en el mismo instante en que se consiente la humillación, en que se renuncia, aunque sea de forma parcial, a la dignidad, a ser uno mismo. Él aún no lo sabía, pero estaba a punto de entrar en la Cofradía de los Cabrones. Bienvenido, le dijo el capillero de la hermandad, ahí tiene sus cuernos, está usted es su casa.

—Hola, cariño —dijo ella al entrar—. No te lo vas a creer. Ya tenía el carrito lleno, y resulta que cuando llego a la caja… Adivina, pues sí, una cola inmensa. ¿Y crees que me estuve callada? Pues no, yo no me callo, ya me conoces. Le dije al encargado que yo no iba a perder mi tiempo, que me da vergüenza ajena cómo tienen explotados a sus pobres empleados, y que eso no pasaría si contratara más gente. Pero claro, como solo quieren ganar más y más. Como lo oyes. Y toda la fila mirando como si yo estuviera loca. Ni hablar. Mi tiempo vale más que eso, ¿o no?

¿El carrito lleno? Pensó él, ¿en veinte minutos? ¿Y con el trayecto de ida y vuelta?

Esa noche cenaron el plato típico de los clubes de alterne: una parte de infidelidad por dos de amor no correspondido.

FIN

GRR_

Imagen: Aquelarre o el gran Cabrón, Francisco de Goya

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