La crisis de Pe

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Pe desapareció dos días después de la muerte de su madre. A Ray no le preocupó que durante el entierro hubieran hablado del suicidio, al fin y al cabo era un tema de conversación habitual entre ellos; hablaban con tanta naturalidad de la opción de acabar con sus vidas, que Ray estaba seguro de que si hubiera sido ese el motivo de su desaparición, lo habría avisado antes; estaba convencido que incluso le habría contado los detalles. Ray sabía que Pe estaba mal. Lo estaba incluso antes de la enfermedad de su madre. Lo sabía, no porque ella se lo dijera, lo sabía porque entre ellos había una conexión misteriosa que los unía de una forma en la que sobraban las palabras. Ella estaba mal, muy mal, él lo sabía, pero no encontraba la forma de ayudarla, y si no la encontraba, es porque no la había. Solo le quedaba estar junto a ella y ser testigo de su sufrimiento y cómplice de su tristeza.

Pe se largó con lo puesto. Dejó su coche en el garaje. Ray tenía copia de las llaves de su piso. Cuando se cansó de llamarla y de esperar a que le devolviera las llamadas, fue a su casa y comprobó que todo estaba tal y como solía estar. La cama sin hacer y los dos vasos del desayuno, el del zumo y el del café, casi vacíos y sin fregar. Solo le extrañó un detalle: sobre la mesita de noche había una foto de sus padres con ella en los brazos de su madre. Su hermano mayor ya no estaba con ellos. Pe solía decir que no hay nada más duro para una niña que no tener ningún recuerdo de un hermano al que has perdido para siempre. Ella llevaba una foto suya en la cartera. Siempre que se emborrachaba con Ray, la sacaba, la besaba y la ponía sobre una silla. Luego pedía la última copa para él. Ray evitaba mirar la foto y le decía que era algo morboso y macabro, un trauma sin superar que algún día tendría que hacérselo mirar con su psiquiatra. Pe le respondía que beber con los fantasmas es algo natural, necesario y terapéutico. Ray terminó por aceptarlo, y en muchas ocasiones, hasta fue él quien pedía esa última ronda con un copa de más. Pe le decía que en esa foto, la del portarretrato, su hermano también estaba, pero que en lugar de mostrarse como el niño de cuatro años que nunca llegó a ser, se mostraba en forma de tristeza, la de la mirada de su madre, y también de frustración, la de su padre. Ray reconocía a Pe en la foto, pero la sonrisa de aquel bebé no era la misma de la Penélope que él conocía. La sonrisa que Ray adoraba era contenida, ladeada a izquierda, con un hoyuelo en ese mismo lado; desprendía una combinación de rabia y melancolía que lograban un equilibrio que desconcertaba. La felicidad debes buscarla en otro lugar, decía Pe, cuando Ray se empeñaba en tratar de animarla. El portarretrato estaba tumbado sobre la mesita, con la fotografía hacia abajo. Junto a él: una colilla de porro. La colilla tampoco le extrañó, lo que no le encajó es que solo quedara el filtro. Ray sabía que Pe fumaba maría para dormir. Habían dormido juntos en muchas ocasiones —la mayoría de la veces con borracheras extremas—, también sabía que Pe fumaba una o dos caladas, y que nunca llegaba a fumarse el porro completo. Ray adoraba que Pe no se terminara nada de lo que bebía, comía o fumaba. Siempre dejaba algo en el vaso, plato o papel. Era una costumbre que le parecía insólita, asombrosa, probablemente porque él era todo lo contrario, acababa lo suyo y también lo que dejaba Pe, o casi todo, porque Ray no quería saber nada de la maría desde que un ataque de risa le produjo una rotura fibrilar en el abdomen. Fue Pe, con los ojos rojos, casi cerrados y una sonrisa inerte, quien lo llevó aquella noche a urgencias. Finalmente tuvieron que sedarlo para que dejara de reírse de la bata del enfermero, de la cara del médico, de la tapa roja de los recipientes para las analíticas de orina y del motivo que había hecho que el médico ignorara lo evidente y le preguntara si había tomado algún tipo de droga. Como iba diciendo, salvo el retrato boca abajo y la colilla, la casa de Pe estaba tal y como Ray se esperaba. No dejó nota ni nada que diera una pista sobre dónde había ido.

Ray la estuvo buscando durante unos cuatro meses. Cuando se cansó de insultar a los policías que se negaban a darle más información, según decían, por un tema de protección de datos personales, contrató a un detective que resultó ser un abogado que por aquel entonces se arrastraba inmerso en una crisis personal, a medio camino entre el fracaso y la frustración. El abogado fracasado (o el detective en ciernes) lo llamaba cada viernes para decirle lo que Ray ya esperaba oír: que no había descubierto nada nuevo, que mejor sería que se olvidase de su amiga, y que si él le importaba a ella, ya le habría llamado o habría vuelto de donde quiera que estuviera. Cuando Ray lo escuchaba decir eso, se le aceleraba el corazón, se le encendían las orejas y desahogaba la frustración de no encontrar a su amiga insultando al detective, un cincuentón con una capacidad admirable de recibir ráfagas de improperios, insultos y descalificaciones sin perder el tipo ni modificar lo más mínimo el tono de voz. A pesar de todo, había algo dentro de Ray que le decía que su amiga no había hecho ninguna locura. Ella jamás haría una cosa así sin antes avisarle, al menos para despedirse; los dos habían hecho un pacto al respecto, que solían suscribir y renovar en las borracheras con las que acompañaban los momentos más críticos de sus vidas. Ni hablar. En el fondo, tanto Pe como Ray sabían que ninguno pondría freno a nada de lo quisiera hacer el otro. Si Ray no estaba de acuerdo, primero trataría de convencerla, luego la insultaría o se metería con lo que llevaba puesto. Al final, sin aceptarlo, dejaría caer los brazos, negaría con la cabeza y la abrazaría. A medio abrazo, le cogería las dos manos y le susurraría que era una cabrona insensible por dejarlo solo en su vida de mierda, y que hacía bien por irse de la mierda de mundo en el que él, por cobardía, ilusión o esperanza de cambio, se sentía obligado a vivir. Solo después del abrazo, cuando cruzaran la mirada, le desearía lo mejor y le diría que nunca había querido a nadie como a ella. Pe rompería a llorar y lo volvería a abrazar. Ray desearía acompañarla en el llanto, pero recordaría que él no podía, y se limitaría a poner en práctica una de las lecciones aprendidas durante su adolescencia: sufrir en silencio. Pero nada de eso ocurrió, por lo menos en ese momento, porque ni Ray ni nadie supo nada de ella hasta nueve mes después. Para ser más preciso, nueve meses y diez días. Y no, Pe no estaba embarazada. Cuando volvió, fue a visitar a Ray a la cafetería donde solían desayunar. Como siempre, él estaba solo. Solo no, mi reina, decía Ray, estoy solo conmigo mismo. Y que sepas que solo tu culito respingón y esa mirada que tienes son mejor compañía que estar conmigo mismo. Odiar la psicología, el deporte, las series de televisión, el cine contemporáneo, los niños, la tecnología, los coches, la moda y un montón de cosas más hacía que Ray discutiera con cualquiera que tuviera el valor de acercarse a él. Una silueta elegante, una postura erguida, un estilo gris y una mirada sombría, siempre de reojo, tampoco le ayudaban a socializar. Él tampoco estaba por la labor. En cambio Pe, ella era diferente a los demás: encajaba los insultos de Ray insultándole con una calma que su amigo admiraba. Cuando se metía con ella por su forma de vestir o maquillarse, Pe abría el bolso de los insultos, todos creativos y refinados, y lo frenaba de una forma que solo ella sabía hacer. Lo frenaba porque sabía que Ray seguiría encadenando comentarios, en su mayoría desagradables, hasta que ella rompiera a llorar y se fuera. Y no era fácil cortar a Ray en medio de uno de sus monólogos. Se necesitaba creatividad, paciencia, precisión y valor, una combinación de valores que Pe tenía, en gran parte, gracias a la mujer que la sostenía en brazos en el retrato sobre el que Ray derramó las primeras lágrimas en más de diez años.

Pe entró en la cafetería. Se paró en la entrada y miró hacia la esquina en la que se solía sentar junto a Ray. Allí seguía la misma mesa en la que cuatro años antes, Pe quiso sentarse después de que Ray le dijera que no se lo recomendaba, que nos estaba dispuesto a mantener una conversación estúpida sobre estupideces (ni siquiera por cortesía) con una desconocida; que tampoco estaba dispuesto a responder a preguntas ni a hacerlas, que adoraba el silencio y la soledad, y que prefería observar las gilipolleces que hacían y decían los demás, que hablar por hablar con una pija de culito respingón como ella, con la que, además, estaba seguro de no tener nada en común. Lo que aún no sabía Ray era que Pe pensaba exactamente lo mismo. Pe solo abrió la boca para tomarse el café. Ray no paró de hablar, hasta que aquella pija desconocida dejó el último sorbo de café en el fondo del vaso y se levantó. Adiós princesa, le dijo Ray, de aquí en adelante, puedes entrar en mi castillo sin pedir permiso. Pe lo miró y le mostró por primera vez el hoyuelo que decoraba su mejilla izquierda. Ray pudo sentir la rabia que la mirada de Pe desprendía, y eso lo dejó sin palabras. Habían pasado tres años desde esa sonrisa, y ahora Ray estaba sentado en una mesa de la esquina contraria. Antes de sentarse, había apartado todas las sillas para que nadie se sentara en su mesa. Observaba el movimiento del café después de revolverlo. Levantó la mirada y vio la cabeza de Pe detrás del hombro de un camarero que hacía el tonto con un grupo de jóvenes. Ray trató de ocultarse. Se inclinó hacia la derecha y agachó la cabeza. Vio como le temblaban las manos y le faltaba el aire. Notó como se le humedecían los ojos. Pe seguía en la entrada. Recorrió las mesas con la mirada. Cuando llegó a la esquina de Ray, él intentó inclinarse aún más, pero el movimiento, torpe, que fue más un sobresalto que otra cosa, le hizo mover el vaso de café, un vaso que se encontró con el borde del plato sobre el que se apoyaba y se derramó sobre la mesa. Intentó parar el desastre, pero solo consiguió que el vaso, el plato y la cucharilla cayeran al suelo. Todos le miraron. Pe se acercó.

—Cabrona hija de puta —dijo Ray.

—Lo siento —dijo Pe.

—¿Lo sientes? Serás cabrona.

—Quería llamarte.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasó, que no tenías teléfono?

—Ray, por favor, déjame hablar.

—¿Sabes lo que he llegado a pensar?

—Tenía que hacerlo. Estaba mal.

—¿Y yo? Vete de aquí —dijo Ray—. ¿Qué coño miras, capullo? ¿Nunca has visto a alguien hablar con una muerta?

El desconocido negó con la cabeza y siguió hablando con el camarero.

—Venga, vamos a mi casa —dijo Pe.

—¿Tu casa? Tu casa ya no está, guapa, ahora es un aparcamiento. ¿Y adivina quién tuvo que sacar todas tus cosas de allí? ¿Sabes lo que me dijo el casero? Que tenía que pasar página. Que mi amiga se había ido para siempre y que cuanto antes lo aceptara, antes podría rehacer mi vida. Sí. Y que me entendía, que él había perdido a su madre, y que aún tenía guardada sus cosas. Y cuando le dije que yo estaba seguro de que tú estabas viva, me dio una tarjeta y me dijo que ahí me ayudarían a superarlo.

—No sabía qué hacer —dijo Pe.

—Yo también tuve una madre, ¿sabes?

—No fue por lo de mi madre. Yo estaba… Mi vida no…

—¿Y la mía? ¿Cuántas veces te dije que mi vida era una mierda? Venga, dime, Pe, ¿cuántas veces te lo dije? Cobarde de mierda. Una nota. Tanto te costaba escribir una puta nota. “Ray, me voy. Vete a la mierda. Ahí te quedas, con tu mierda de vida.”. Eso hubiera sido suficiente. ¡Una nota, joder! Cabrona insensible, egocéntrica, egoísta, ego-todo.

—Ray, por favor, para ya.

—Y ahora me vienes como si no hubiera pasado nada. ¿Sabes cuánto tiempo estuve buscándote?

—Lo sé.

—¿Lo sabes? ¿Lo sabes? Meses, joder, estuve meses. Hasta contraté a un capullo. ¿Sabes lo que decía la policía? Cálmese, joven, cálmese, si su amiga se ha ido sin avisarle, es porque no quiere que la encuentre. Hay muchos casos así, más de los que usted cree.

—Por favor, Ray, dame la mano.

—¿Qué es lo que tienes ahí? —dijo Ray.

Pe se cubrió la muñeca con la manga y respondió:

—Nada.

La muñeca de Pe creó un silencio que se alargó hasta que Ray dijo:

—Vámonos de aquí. Necesito emborracharme.

Y se emborracharon. Y cuando Ray aún podía balbucear, Pe le hizo jurar que jamás le preguntaría por lo que había hecho o por dónde había estado durante todo ese tiempo. Y llamaron crisis a esos nueve meses de sus vidas. Un período que se convirtió en un rincón oscuro y húmedo en sus corazones, en el único secreto entre ellos, porque un juramento entre Ray y Pe era un juramento entre Rayco y Penélope, y aunque el acto en si, por las circunstancias y las formas, careciera de solemnidad y fuera sellado bajo los efectos de un montón de “gintonics” (devastadores en el caso de Ray), era algo inquebrantable y eterno. Y aquella noche, Ray, sosteniendo la cabeza con la mano en la frente, despojado de la capacidad de fijar la mirada, acató el juramento balbuceando algo parecido a un sí. Sin que Pe se lo pidiera, Ray cogió una servilleta, sacó la pluma que siempre guardaba en el bolsillo de la chaqueta, y garabateó un “Sí, juro”. Esa noche durmieron juntos. Cuando Pe se despertó, buscando algo cómodo que ponerse en el vestidor de Ray, vio un uniforme de piloto de avión comercial. Sonrió y dijo:

—Ray, ¿estás despierto?

—No —respondió Ray abrazando a la almohada.

Pe se puso la chaqueta del uniforme, se acostó junto a él, lo abrazó y le susurró:

—Ray, ¿tienes algo que contarme?

—No —dijo Ray colocando la mano de Pe sobre su pecho—. Quítate eso, anda, lo vas a arrugar.

—Me alegro por ti —dijo Pe mientras le besaba la mejilla.

—Es solo un amigo —dijo Ray.

Pero Pe sabía que Ray mentía. Porque Ray no sabía mentir. Pe tampoco.

GRR_

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