La cruz de Maruca

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¿Cuántas perdices has sido decapitadas por los finales felices? Miles. Millones. Vaya usted a saber. Si hay alguna perdiz por ahí, que se esté tranquila, porque en esta historia no corre ningún peligro, ni ella ni nadie de su especie, porque me consta, que a diferencia de los seres humanos, las perdices no disfrutan con la desgracia de sus semejantes. Y dicho ésto, vamos a lo que vamos, la historia.

Dolores abrió la tienda a eso de las nueve de la mañana. Corrió la tranca de la puerta y la arrastró a la vez que ignoraba el chirrido que salía del roce con el suelo.

—Ay, Cristóbal, Cristóbal —dijo—, la de veces que te he dicho que arregles esta dichosa puerta.

Cristóbal, como siempre, respondió que la puerta estaba inflada por la lluvia, que la culpa la tenía su padre por emperrarse en comprarles un solar con el frontis orientado hacia el norte. Si me hubiera hecho caso, decía una y otra vez, esa puerta deslizaría como una bailarina, que te lo digo yo, Dolores, que te lo digo yo. Dolores le preguntaba que dónde había sacado la palabra “deslizarse”, y antes de que Cristóbal respondiera, que nunca lo hacía, le preguntaba dónde diablos, un animalito como él, podía haber visto una bailarina. Su marido tampoco respondía a la segunda pregunta, simplemente porque no tenía la respuesta.

—Deja al viejo tranquilo —dijo Dolores—, bastante hizo con comprarnos la casa.

—¿Comprarnos la casa? —dijo Cristóbal indignado—. La madre que te parió, que esa sí que era una santa bendita. Mal “empleadita” mujer. Mira que te lo he dicho cientos y cientos de veces, las buenas mujeres siempre dan con un sinvergüenza. Debe ser para que el mundo se quede “anivelado”.

—Eso lo dices porque te quería con locura.

—Y yo a ella —dijo Cristóbal—, y se la llevó, el muy cabrón.

—¿Y tú? —dijo Dolores sonriendo.

—¿Cómo que yo?

—Y tú, que tienes una buena mujer a tu lado, ¿qué eres tú?

—Yo soy un caso aparte —dijo Cristóbal, más hábil con las palabras de lo habitual—. Yo me saqué una lotería.

—Un caso aparte —dijo Dolores—, y dilo tú. Levanta las patas, anda.

Cristóbal levantó las piernas y las agarró por las corvas.

—Tu padre aquí lo único que hizo fue beber ron. Y decía que era albañil. Y yo, mezcla va, mezcla viene, y él sentado ahí, en el corral, parece que lo veo, con el cigarro apagado colgando de la boca. Esa hilera bloques está “cambá”, decía, mira bien la plomada, esa flota, Cristóbal, esa flota, esta juventud no vale para nada. No lo vi coger una cucharilla en su vida. ¿Albañil? Albañil, sí, albañil.

Dolores pasó la fregona debajo de la mecedora, sonrió y dijo:

—¿Y tú no bebiste ron? No, hombre, no, tú solo agüita. Ni la cuadrilla de sinvergüenzas que se juntaban por las tardes alrededor del viejo.

—Tres pizcos nada más, para bajar el bizcocho. No bebíamos más que eso, tres pizcos de nada.

—Sí, sí. Y mi madre, la pobre, no ganaba para botellas de ron. Y siempre callada.

—¡Para tu padre! Que no hacía más que beber, el muy cabrón.

—¡Eh! ¡Sin faltar! ¿Me estás oyendo, Cristóbal? Eso sí que no te lo consiento.

—Perdona, mujer, es que tu padre era…

—Era mi padre y punto. ¿Me oyes? ¡Y punto! Ni se te ocurra levantarte hasta que el piso esté seco.

—Sí, sí, lo bueno que era —susurró Cristóbal—. Un alma de Dios.

—Dejemos la fiesta en paz —dijo Dolores.

Y la fiesta quedó en paz; porque Dolores y Cristóbal, a diferencia de otros muchos matrimonios de su época, sabían recoger la ropa antes de que se mojara con la lluvia.

Dolores abrió la puerta que daba al corral, el piso se secó, y Cristóbal pudo salir a tomar el café al quiosco del parque. Dolores terminó de picar la verdura para el potaje, le puso el millo a las gallinas y se sentó a coser detrás del mostrador de la tienda. Se sorprendió al ver entrar a su cuñada tan temprano.

—Buenos días, Dolores —dijo Maruca—, este mes…

—No te preocupes, mi niña. ¿Cuántas veces te lo he dicho?

—Ya lo sé, pero es que me da apuro no poder darte nada.

—No se hable más, ¿qué te pongo?

—Un paquete de leche.

—¿Nada más?

Dolores le llenó una bolsa con verdura y una manilla de plátanos; en otra metió dos paquetes de leche y otros dos de garbanzos.

—No sé cómo agradecértelo.

—Venga, arranca —dijo Dolores acariciándole la mejilla—, que se te va a hacer tarde para poner el potaje al fuego.

—Algún día le diré a mis hijos lo que hiciste por ellos.

—Ni se te ocurra.

—¿Cómo que no?

—Escúchame, Maruca, que no me entere que mis sobrinos pasan hambre. ¿Me estás oyendo? Venga, vete.

—Una santa —dijo Maruca dirigiéndose a Delia, la hija mayor de Dolores—, tu madre es una santa, como tu abuela, igualita que tu abuela.

—Venga ya, Maruca, que se me va a quemar el potaje.

Dolores le vio moratones en los antebrazos y notó que cojeaba.

—Madre —dijo Delia—, ¿es verdad lo que dicen?

—¿Qué es lo que dicen?

—Que tío Isidro la castiga.

—Yo no lo sé.

—¿Tú no estás en la escuela con Laura?

—Sí.

—¿Te lo dijo ella?

—No. Ella no dice nada.

—¿Quién te lo dijo?

—Todos, madre, lo dicen todos.

—¿Y se lo has dicho a tu padre?

—No. Ya sé que no puedo.

—Escúchame, hija, si se lo dices lo haces un desgraciado. Tu padre es un hombre bueno, el más bueno que conozco, pero también es bruto, y si se entera de una cosa así, yo no quiero ni pensar lo que es capaz de hacer.

—Ya lo sé, madre.

—Tu tía Maruca es la hermana pequeña de tu padre, como Fefita para ti.

—Ya.

—Algo tengo que hacer con ésto —susurró Dolores.

Pero a Dolores se le habían acabado las ideas para ayudar a su cuñada. En una ocasión habló con ella para que dejara a su marido un tiempo. Le dijo que ella se encargaría de las niñas y que Cristóbal intentaría ayudar a su marido a dejar de beber. Le había encontrado un trabajo de sol a sol en Las Palmas, donde el empleador estaba al tanto de los riesgos de corría con el empleado. Lo convenció contándole que allí en Las Palmas, estaría lejos de los amigos y de los bares del pueblo, que trabajaría como ninguno y que acabaría los días tan cansado que no tendría fuerzas para andar emborrándose o yendo de putas. El plan de Dolores y Cristóbal casi les cuesta el matrimonio. Maruca se lo tomó tan mal, que le dijo a su hermano Cristóbal que se había casado con una bruja que intentaba separarla de su marido. Después de eso, Dolores se mantuvo al margen, dejó que Cristóbal le buscara los trabajos a su cuñado y que hablara con los dueños de los bares del pueblo para que no le sirvieran copas cuando lo veían mal. Ninguna de las dos medidas sirvió de nada. Los trabajos le duraban a Isidro lo que tardaba en cobrar, una semana, o un poco más. En cuanto le caía el dinero en el bolsillo, se iba de putas o se pasaba días de bar en bar hasta que acababa con la paga. Solo entonces volvía a casa, con la cabeza gacha y el perdón de su mujer. En los bares, a pesar del aprecio que todos le tenían a Cristóbal, ningún camarero se atrevió a negar una copa a su cuñado, preferían vérselas con Cristóbal sereno, que negar un pizco de ron a Isidro.

Una noche, cuando los niños dormían, Cristóbal le susurró a su mujer:

—¿Estás dormida?

—No.

—Tengo que contarte algo que me tiene angustiado.

Dolores se incorporó y encendió la lámpara de la mesita de noche.

—Baja la voz.

—Hoy me dijeron que Isidro castiga a mi hermana.

—Mira, Cristóbal, no hagas caso de todo lo que digan por ahí.

—Dicen que Maruca encierra a las niñas con llave. Y que las tiene toda la noche encerradas, por miedo a que ese cabrón les haga algo.

—¿Quién te dijo eso?

—Damián.

—¿No se iba a Venezuela?

—Sí, se va mañana —dijo Cristóbal—. Si me lo hubiera dicho otro, me callo, pero Damián no es de chismes, y es un buen amigo.

—Ya lo sé. Tú y tu Damián.

—No quería decírmelo porque me conoce.

—¿Y quién no? —dijo Dolores—. Mira, Cristóbal, tú también tienes tus hijos.

—No te pongas así, mujer, hazme el favor.

—Cristóbal, qué te conozco.

—Solo voy a hablar con él, de hombre a hombre.

—No, Cristóbal, él ya no es un hombre.

—¿Y qué quieres que haga?

—Déjame hablar con tu hermana.

—Mi hermana está ciega.

—Quiero saber la verdad.

—Es que me “jierve” la sangre —dijo Cristóbal con las orejas rojas—. Cuando me lo contaron me entraron ganas de escacharle la cabeza.

—Y te desgracias, Cristóbal, y nos desgracias a nosotros también ¿Es eso lo que quieres? ¿Que tus hijos vean a la Guardia Civil llevándose a su padre? Así no eres mejor que él. Imagínate a tus niños.

—Sí, coño, Dolores, pero es que cuando me entra eso por las patas para arriba…

—Cristóbal, Cristóbal.

—Es como si no fuera yo.

—¡Cristóbal! ¡Para ya! Y escúchame.

—¿Madre?

—Sí, mi niña, no pasa nada. Quédate dormida.

—¿Padre está bien?

—Sí, hija, estoy bien. Hazle caso a tu madre, acuéstate tranquila.

Dolores se levantó y cerró la puerta de la habitación de los niños. Aunque estaba al otro lado del corral, en las noches de verano, cuando no soplaba el viento, desde la habitación de los niños se podía oír hasta el silencio de Dolores encajando los empujones del amor de su marido. Después se oían los ronquidos de Cristóbal, pero éstos se oían hiciera el tiempo que hiciera, y hasta con las dos puertas cerradas.

—Y mis sobrinas allí, toda la noche encerradas con llave —susurró Cristóbal—. Desgraciado cabrón.

—Cristóbal, escúchame, por favor. Vamos a hacer algo, ¿vale?

Cristóbal no dejaba de negar con la cabeza y sobarse el cogote.

—¡Cristóbal, coño!

—Dime.

—Esto lo vamos a arreglar, ¿vale?

—Vale.

—Pero a mi manera, ¿vale?

—Vale.

—Si se te ocurre hacer un disparate —dijo Dolores mirando a los ojos de Cristóbal —, Mírame, coño… Me da igual el cuento con el que me vengas. Si haces un disparate me voy a Cuba con mi hermana, ¿me oyes? Y me llevo a los niños, ¿te queda claro?

—Pero, Dolores, entiéndeme, mujer. Ese cabrón castigando a mi hermana.

—Te he dicho que lo vamos a arreglar. Déjame a mí.

—Está bien.

—Haz una cosa. Dile a tu sobrina Laura que venga por la tienda mañana. Quiero hablar con ella. Y ahora, a dormir, que mañana tenemos mucho que hacer.

—No sé si podré pegar un ojo.

Dolores lo miró de reojo porque sabía que estaba a punto de pegar los dos.

Laura, la mayor de las cinco hijas de Maruca, entró en la tienda a media mañana.

—Hola, tía —dijo—, me dijo tití Carmelo que querías verme.

—¿Qué te pasa, mi niña? —dijo Dolores.

Salió del mostrador y la abrazó.

—Nada.

—Cristóbal, vete a buscarme hierbahuerto para la sopa, quiero hablar con mi sobrina.

Cristóbal ni resolló. Se levantó de la acera y caminó calle arriba, en dirección a la iglesia del pueblo. El hierbahuerto se lo robaría a la vuelta a su amigo Joaquín, si se acordaba, claro. Dolores cerró la puerta de la tienda y le dijo a su sobrina que la acompañara a la cocina. Mientras ponía el calentador al fuego, le dijo:

—Laura, tú ya eres una mujer, ¿verdad que sí? ¿Cuántos años tienes ya?

—Trece.

—Una mujer.

—Sí, tía Dolores.

Laura miró hacia la puerta de la cocina, también daba al corral.

—No te preocupes, mi niña, estamos solas. Tus primos están hoy con la tía Josefa.

—¿Para qué me mandó a buscar?

—Solo quiero hablar contigo, pero si no quieres hablar, te tomas esta tila y te vuelves para tu casa.

A Dolores no le tembló el pulso al colocar la taza sobre el mantel.

—Todo es verdad —dijo la niña—.

—¿Cómo? —preguntó Dolores sorprendida.

—Eso que dicen por ahí es verdad. Mi madre no quiere que digamos nada.

—Tu madre tiene miedo, Laura, como muchas otras. Métete en la cabeza que ella no tiene culpa ninguna, ¿lo entiendes?

—Sí.

—¿Y a ti?

—También.

—¿Te ha pegado?

Laura agachó la cabeza. Le tembló el labio e intentó secarse una lágrima que se le había escapado por la mejilla. No le dio tiempo a cogerla y calló en el mantel, junto a la taza. Dolores sacó un paño del cajón de la mesa y se lo puso en las manos.

—Tómate la tila, mi niña. Si no quieres hablar, no hablamos.

—Sí que quiero —dijo Laura levantando la cabeza.

Ahora su voz era firme. Dolores oía cómo apretaba los dientes.

—¿Te ha pegado?

—No.

—¿Y a tus hermanas?

—Sí.

—¿Y a ti no?

—A mí no.

—Mi niña, mírame, se me parte el corazón preguntando ésto. Pero tengo que hacerlo, no me contestes si no quieres, ¿te ha tocado?

—Sí.

—¿Mucho?

—Sí. ¿Y tu madre lo sabe?

—Creo que no. Ella no estaba.

—Está bien. ¿Quieres quedarte en mi casa?

—No.

—¿Seguro?

—Si me quedo no podré estar con mis hermanas.

—Te entiendo —dijo Dolores—. Quiero que sepas que se va a terminar pronto.

—He rezado muchas veces, tía Dolores, pero no pasa nada.

—No te preocupes. Lo que hemos hablado quedará entre nosotras. Vete a casa y si tu madre te pregunta, le dices que te mandé a buscar para darte ésto.

Laura cogió la bolsa y cuando estaba a punto de salir de la cocina, se giró y dijo:

—¿Cuándo?

Dolores se acercó y le dijo:

—Pronto.

—Muy pronto —susurró cuando la niña ya había salido.

Dolores se apoyó en la mesa y buscó aire para respirar. Vio cómo le temblaban las manos; se sentó, cerró los ojos, apretó la mandíbula con toda la fuerza que pudo y golpeó la mesa. Una taza cayó al suelo. Cogió el calentador que estaba sobre el fogón y lo lanzó contra la pared de la que colgaban los cucharones que había recibido de dote. Luego arrastró el mantel y tiró todo lo que había sobre la mesa.

Cristóbal entró corriendo en la cocina.

—Estoy bien —dijo Dolores.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Qué te dijo la niña?

—Nada.

—¿Nada?

—Sí, nada.

—Está bien —dijo Cristóbal—. Ya hablaremos después.

—¡Cristóbal!

—Sí.

—¿Te acuerdas lo que hablamos anoche?

—Sí.

—Tengo que abrir. Esta noche me quedo yo en la tienda.

Ese sábado Dolores no parecía ella. Lo decían todos los que pasaban por la tienda.

Cuando caía la tarde, la tienda se convertía en bar, por allí desfilaban los hombres, solo hombres, que venían como en una especie de peregrinación, de bar en bar, desde la parte alta del pueblo. Cristóbal era el que se encargaba de atenderles, sirviendo ron y cerveza, mientras que Dolores se encargaba de las cosas de la casa, de darle de comer a los animales y también a los niños.

—No vendrá —dijo Cristóbal.

—Sí que vendrá —dijo Dolores.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

—¿Qué piensas hacer?

—Hablar con él. Cristóbal, necesito que me hagas un favor.

—Estás rara, amor, nunca te he visto así.

—Coge el coche de hora y vete a Las Palmas. Quédate con tus tíos hasta mañana. No vuelvas hasta que aclare el día.

—¿Qué vas a hacer, Dolores?

—Hablar con él.

—Mira, Dolores —dijo Cristóbal—, sé que soy bruto, como dices tú: un “animalito”, pero no soy tonto.

—Cristóbal, necesito que te vayas antes de caer la tarde. Si estás aquí cuando venga, perderás la cabeza y no me dejarás hablar con él.

—¿Qué le vas a decir?

—Eso es cosa mía. Tú vete a Las Palmas tranquilo, que mañana a primera hora, cuando vuelvas, estará todo arreglado.

Con la mirada de Dolores en el pescuezo, Cristóbal se puso la chaqueta y caminó ladera abajo en dirección a la parada del coche de hora.

Dolores sacó la escopeta del altillo del ropero. Era una escopeta vieja de caza, tenía dos cañones del calibre doce y había pertenecido a su padre. La colocó debajo del mostrador y estuvo recibiendo y despidiendo borrachos hasta las nueve y media. A todos les dijo, sin que le preguntaran, que Cristóbal iba a pasar la noche en casa de sus tíos, en Las Palmas, y que había cogido el último coche de hora. Si quieren hablar con él, les decía, tendrán que esperar a mañana.

—Hasta mañana —dijo Eugenio—. Dele recuerdos a su marido.

—Espere, Eugenio.

—Dígame, señora.

—¿Usted ha visto hoy a Isidro?

—No, señora, y es raro, la verdad, porque me dijo que cobró antier.

—No sabía que estaba trabajando.

—Sí, un tabique que había que levantar en casa Fabián. Poca cosa, un día, dos a lo sumo, de ajuste. Ni lo terminó el muy desgraciado, el tolete de Fabián le pagó la mitad por adelantado y allí está con tres hileras de bloque mal colocados, y los tendrá que tirar, eh, ya verá usted, porque Isidro ya iba templado. Ese acaba mal, se lo digo yo.

—Vaya con Dios, don Miguel. Dele recuerdo a su señora.

—Serás dados.

Dolores descargó la escopeta y la volvió a poner en el altillo. Esa noche se acostó en la habitación de los niños.

—Madre —dijo Delia—, ¿por qué te quedas con nosotros?

—Porque tu padre está en Las Palmas.

—¿Están tocando? ¿Tan tarde? —dijo la niña.

—Será tu padre —susurró Dolores—, que no me habrá hecho caso. Además de bruto, es cabezudo como él solo.

—Mamaíta —dijo Fefita—, no abras.

—Quédate dormida, mi niña.

Dolores subió a la azotea para ver quién tocaba. Luego bajó corriendo.

—Delia —dijo al cruzar el corral—, no salgan de la habitación, ¿me has entendido?

—Sí, madre, ¿quién es?

Dolores cerró la puerta del dormitorio de los niños y abrió la de la calle.

—Lo he hecho —dijo Laura.

—Ven aquí, mi niña.

Dolores abrió los brazos. Laura, cubierta de sangre, la abrazó y dijo:

—Ya no le pegará a mis hermanas.

FIN

Foto: Coches de hora.

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