La espina de Rayco

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Ray fue Rayco antes de ser Ray.

Aquella mañana, despistada como siempre, entré en el despacho de Ray sin tocar. No era la primera vez que lo hacía, pero ese día no era uno cualquiera. Ray tomaba nota en su agenda y se despedía de una paciente. La joven se levantó y salió de la consulta sin levantar la cabeza ni despedirse.

—¡Hasta la próxima, Virginia! —dijo Ray cuando ya había salido y no podía oírle— ¡Toca la puerta al salir!, que Pe no lo hace al entrar. Pe, entra, siéntate y dime adiós. El mundo al revés. Hoy declaro día de pájaros contra escopetas. Idea de Pe. Decreto de Ray.

—Disculpa, Ray. Ya sabes que soy muy despistada.

—¿Despistada? ¿Tú? Solo para lo que te interesa, guapa. Cuando nos emborrachamos, bien centradita que estás para mandarme a callar. O aquella vez… ¿Te acuerdas? Que me recordaste delante de todos que te debía veinte euros, ¡veinte euros! ¡Porca miseria!

—Pero si estábamos solos, Ray.

—¡De milagro! Juanchu acababa de salir.

—Me largo, ya veo que tienes un mal día.

—¿Un mal día? ¿Yo? Te sientas ahí y no levantas el culo hasta que te lo diga. Por cierto, ese culo está creciendo más de lo que debería. Punto en boca.

Salí del despacho y cerré la puerta.

Ray tenía un mal día. Cuando entré en su despacho no recordaba que era veinte de marzo, el día de la espina y del aniversario de su nacimiento. Ray fue Rayco antes de ser Ray. Desde el mismo día que decidió ser Ray, rompió con Rayco para siempre y no quiso saber nada de él. Sin ser Ray ni Rayco, me atrevo a decir que si se hubieran reconciliado, Ray sería hoy un hombre más feliz. Y que el mundo, en especial los que le queremos, lo agradeceríamos, y mucho.

Ray me considera su mejor amiga, pero nunca me ha hablado de Rayco. Sí lo hizo su madre, antes de morir con cuerpo y alma enfermos. Me contó lo lindo y bueno que era de pequeño. A mi niño nunca le gustó el fútbol porque era un juego muy bruto. Pero era estudioso, obediente y muy cariñoso. Un alma de dios, un trozo de pan. El mejor hijo que puede tener una madre. Y me quedo corta, decía Concha, orgullosa. Todo cambió un día que se clavó una espina. Su padre, hombre trabajador y recto donde los haya, y también cariñoso cuando la ocasión lo requería, había pelado tunos al llegar del trabajo. A Rayco le encantaban los tunos fríos de la nevera. Pero aquel día, una espina maldita se clavó en el pellejo que une los dedos índice y corazón. Yo había ido a comprar al supermercado, me contó su madre llorando. Rayco llevaba tiempo enamorado de un amigo del colegio y ese día se le había declarado. Había llegado de verlo y quería contárselo a su madre.

—Papá, tengo una espina. Mira… aquí.

—¿A ver? Ahí está. ¡Listo! Pásate la lengua… ¿La tienes?

Rayco le dio las gracias y un beso (el último) a su padre. Se fue corriendo a su cuarto. Se recostó en la cama y sacó la foto de su novio (el primero). Le dio un beso y se la puso sobre su pecho. Estaba tan feliz que necesitaba compartirlo con alguien. Esperó impaciente a que su madre llegara, pero ese día tardó más de lo habitual. Tuvo que pasar por la farmacia a sacar las pastillas de la tensión de su marido. Rayco esperó más de una hora y cuando no pudo más, se levantó y volvió al salón.

—Papá. Tengo que contarte una cosa.

Y se la contó. Cuando Concha volvió del supermercado, su marido había bajado al bar. Ray lloraba en su habitación. Lloraba de dolor, no del dolor que le producía la paliza recién recibida. Tampoco del que sentía llorando con tres costillas rotas. El dolor de Ray era el de un recién nacido. Rayco y su padre habían muerto. Ray acababa de nacer.

GRR_

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