La gallina Molina

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La gallina Molina intentó volar desde muy pequeña. Cada mañana, desde que el gallo Rayo la despertaba con su canto, Molina revoloteaba por el corral con la certidumbre —y sé que así era porque ella misma nos los decía a todas—, de que al final del día volaría junto al aguililla Polilla, que sonreía desde lo alto premiando el entusiasmo y la obstinación de Molina. Las otras gallinas del corral ya se habían cansado de decirle que las gallinas no vuelan, que la evolución, a veces cruel, más cruel de lo que le gustaría a las gallinas, las había dejado sin volar por alguna razón que ellas no entendían; que la había, sí, la razón existiría, de eso estaban todas seguras, pero no estaban preparadas, aún no, para saber qué macabra razón podría tener la evolución para ponerle alas a las gallinas y privarlas del don del vuelo. Molina las escuchaba, lloraba a escondidas, luego suspiraba y volvía a intentarlo.

El último día que vieron a Molina, las gallinas murmuraban que estaba muy delgada, demasiado ejercicio, tanta obsesión con volar no podía ser bueno para una gallina. Casi no ponía huevos y los que ponía eran tan pequeños que parecían de perdiz. Cuando oyeron las campanas que anunciaban la misa cayeron en la cuenta de que era domingo, y que a Molina le habría llegado su hora, que el granjero Palero se la habría llevado la víspera para el caldo de gallina que su familia comía todos los domingos. Por edad no le toca, decía el gallo Rayo conteniendo las lágrimas, pero tan delgada y poniendo tan pocos huevos, y tan pequeños, es normal que Palero se la haya llevado.

Pero cuando todas las gallinas se empezaron a hacerse a la idea de que no volverían a ver a Molina, oyeron por primera vez las carcajadas del aguililla Polilla. Acostumbrada a volar en soledad, no podía creerse que estuviera volando acompañada, reía y gritaba: ¡Una gallina, estoy volando junto a una gallina!

El gallo Rayo y las gallinas miraban desde el corral y le gritaban a Molina que bajara, que las gallinas no pueden volar, pero Molina no les escuchaba, porque estaba concentrada en el vuelo, en sentir el viento, en planear, en mover las alas cuando fuera necesario. Tranquila, Molina, tranquila, le decía el aguililla, mírame, aún es pronto para volar y hablar al mismo tiempo.

—¿Demasiado pronto? —gritó Molina—. ¡Nunca es demasiado pronto!

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