La jubilación del comisario

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La primera de polis. Me temo que no será la última.

En su último día de servicio, el comisario Manzano entró en su despacho con una sonrisa que dejó boquiabierto a la mitad de la comisaría. A media mañana golpeó el teléfono contra la mesa y lo lanzó contra la estantería.

—¡Me cago en todo lo que se menea! —dijo mientras se levantaba.

Le dio una patada a la cajonera y abrió la puerta.

—¡Montálvez, venga aquí!

En la comisaría se hablaba más de cómo sería el nuevo comisario que del trabajo que teníamos entre manos. Así que no tuve que dejar nada a medio para levantarme y dirigirme al despacho del comisario. Al entrar, para no enredarme con el cable, recogí el teléfono del suelo y puse los trozos más grandes sobre la mesa.

—Haga el favor de cerrar la puta puerta —dijo casi sin aliento.

—Sí, jefe.

—¿Sabes qué día es hoy?

—¿El de su jubilación?

—Sí, era el puto día de mi jubilación —dijo—, y ahora me llama el ministro y me dice que tengo que hacerme caso de esta mierda.

Deslizó una carpeta sobre la mesa, y como un niño enfadado, ladeó la cabeza y se quedó mirando hacia la ventana.

—Conozco el caso, jefe. El del barco de Arguineguín, está cerrado.

Un barco de lujo había aparecido a la deriva cerca de la costa del sur de la isla. En su interior no había nadie. Los de salvamento marítimo encontraron la documentación de un joven alemán. No parecía tener familia ni conocidos en la isla. Nadie había la denunciado su desaparición y las autoridades alemanas no tenían constancia ni de su existencia.

—¿Cerrado? —dijo el comisario mirándome—. Cerrado por mis cojones. ¿Sabes quién era el alemán?

—¿Un veinteañero con mucha pasta y poca suerte?

—Eso era antes, ahora es el puto hijo del embajador de Alemania.

—No me jodas, pero si nadie lo conocía.

—Todo falso.

—¿Y la documentación?

—¡Falsa, también! Y no se enteró ni Dios, fuerte equipo de mierda que tengo, manda cojones. Este caso huele fatal, Montálvez, apesta.

Nadie dudaba del olfato del comisario, estaba avalado por cincuenta años de servicio y un montón de casos resueltos.

—Tenemos que reabrirlo.

—Pero, jefe, ¿por qué no se lo deja al nuevo? Estará encantado de hacerle la pelota al ministro.

—El ministro quiere a alguien de confianza. Escúcheme, Montálvez, si sale algo de aquí, le corto los huevos, ¿me oye? Si se entera la prensa, me van joder vivo.

—¿Y Romero?

—A nadie, ¿entendido? Llévate esta mierda y encuentra a ese puto alemán. El muy cabrón va a estar de fiesta por ahí, ya verás.

Abrí la carpeta y busqué el recorte con la noticia sobre la desaparición de aquel joven. Yo mismo me había encargado del caso hacía dos semanas. El periodista, pensé, es el único con el que no he hablado. Pero no podía acercarme a la prensa. Pedí un informe sobre él y otro sobre el barco. Sabía que no tenía tiempo, que más temprano que tarde, se correría la voz sobre el caso. Me dirigí al puerto de Arguineguín para ver el barco, y antes de llegar escuché:

“Date prisa, ya lo sabe toda la comisaría, cambio y corto”. La voz era de Romero.

—¿Dónde está el barco del alemán? —le pregunté al vigilante.

—Vamos, lo tienen fuera —dijo—. ¿Sabe, agente? No entiendo como dejan aquí un barco como este.

—¿Sabe de barcos?

—Sí, señor, aquí donde me ve, soy patrón de embarcación titulado desde el setenta y tres.

—¿Qué le parece esto?

El vigilante se quedó mirando, pasó la mano sobre el casco y dijo:

—Un parche.

—¿Por un golpe?

—No creo, parece cortado. Sí que es raro, porque el casco está impecable. Yo le podría sacar una pasta a un cascarón como este.

—¿Tiene un teléfono?

—En la oficina.

Llamé a Castedo.

Castedo se crió metiendo cajetillas de malboro a través de las rías gallegas. La última vez que lo vi, me confesó que le habían ofrecido trabajar para uno de los grandes, pero que se había negado. Nunca le creí. Seis meses después hizo realidad la ilusión de su vida y la de su padre: un barco pesquero.

—¡Carallo! Montálvez —dijo —, ¡padre, aguante la amarra, tengo que coger el teléfono!

Estaba a punto de salir a faenar. Le expliqué lo que había visto en el casco del barco.

—Es para sacarla si la cosa se complica —dijo.

—¿Sacar qué?

—Pues lo que sea, ¿no te jode?, tabaco, coca, hachís, lo que sea. Dentro tiene que haber un doble fondo.

—Te debo una, Castedo. Dale un beso a tu padre. Marcho que teño que marchar.

Sérpico, pensé. Así le llamábamos al que fue mi compañero en la brigada de estupefacientes que más caballo incautó en los setenta. Matías se parecía más a Sérpico que el mismo Al Pacino.

—Mal día para pedir grifa, Mon, están limpiando los almacenes —dijo al descolgar el teléfono.

—Un día te van a pinchar y nos van a joder.

—Peso si solo hablo de drogas.

—¿Quién mueve en el sur?

—Hay varios, pero la coca la lleva un tal Morientes, el valenciano.

Saqué el recorte de periódico y dije:

—¿Ignacio?

—El primo. Ignacio es como el Tom Hagen, pero en periodista, y con licencia para meter el hocico.

—¿Antecedentes?

—Ninguno.

—Te debo una.

—Una más.

En el expediente estaba la dirección del periodista. Tenía el despacho en el sótano de una discoteca del sur de Gran Canaria. Había estado allí varias veces. Me extrañó que no me pusieran problemas para recibirme.

—¿Nos conocemos? —dijo levantándose y ofreciéndome un cigarrillo—. Me suena su cara.

—No lo creo.

—¿En qué puedo ayudarle, agente? Porque es policía ¿no?

—Sí.

—¿Puedo ver su placa?

Saqué la placa y el recorte del periódico, los puse sobre la mesa y dije:

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—Trabajo para estupefacientes. Mi cara te suena porque he estado en la discoteca en las dos últimas redadas.

—No sé de qué me habla.

—Sé lo que se mueve aquí y lo que haces para tu primo. Tienes suerte de que eso ahora me importe una mierda. Estoy aquí para saber qué le pasó al alemán.

—Lo que sé está ahí —dijo señalando el recorte—. ¿Quiere tomar algo?

Se levantó y sacó dos cervezas de un minibar. Abrí la lata y me tomé la mitad de la cerveza de un trago. Eructé lo más fuerte que pude y dije:

—Es hijo del embajador de Alemania.

El periodista se revolvió en el asiento.

—El ministro llamó personalmente a mi jefe. Medio departamento lo busca. Mañana vienen los del servicio secreto alemán. Los tendrás aquí mañana a primera hora.

—¿Está seguro de eso?

—¿Sabes lo que significa?

—Pero si no ha hecho nada.

—Él no, pero buscando cucarachas, a veces se encuentran ratas—. ¿Dónde está?

—Arriba.

—Llámalo.

Cogió el teléfono y al otro lado, alguien dijo en alemán:

—Dime, cariño.

—¿Puedes venir?

No tardó en llegar.

—¿Cómo saliste del barco? —pregunté.

—No le entiende —dijo el periodista—. Nunca estuvo en ese barco, es de mi primo.

—¿Y por qué tanta historia? —dije.

—Su padre le ha jodido la vida.

—Y él quería que cargara con su muerte. Joder, por eso no he querido tener hijos.

Llamé al comisario y le dije que tenía una buena noticia y una mala. Primero la buena, dijo, de malas estoy hasta los cojones.

—Tengo al chico, está bien.

—¡La hostia, Montálvez! ¡Eso es cojonudo!

—La mala es que está liado con el periodista.

—¿Acaso te has vuelto un puto cura? ¿Y qué tiene eso de malo?

—Que el periodista es la mano derecha del valenciano, el tío que más coca mueve en toda la isla.

—Bueno, sí, pero eso no es cosa mía… ¡Montálvez, no cuelgue!

—Dígame.

—Tengo un whisky que se le van a encoger los huevos.

—¿Llamo a Sérpico?

—Montálvez, Montálvez, que nos conocemos.

—Le echaré de menos, jefe.

—Pues yo no.

FIN

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