La lista

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Todos decían que Mai y Pablo se querían con locura.

—¿Pero qué coño estás diciendo? —preguntó Pablo—. No me jodas, Mai, ¿pero tú te crees que es tan fácil como eso?

—Vete —repitió Mai—, o llamo a la policía.

—Déjame explicártelo. Yo no quería hacerlo.

—¡Que te vayas, joder! —interrumpió Mai—. ¡Vete de aquí de una puta vez!

Luego miró por la ventana y trató de respirar. La luz de la calle proyectaba su sombra en la pared contraria. La sombra de una mujer temblorosa, con los brazos en cruz, una mujer que solo unos instantes antes había encontrado un hilo de valor, una hebra de esperanza a la que agarrarse para decir no. Y se mantuvo ahí, suspendida, y volvió a decir que no, y lo repitió una y otra vez sin escuchar nada de lo que Pablo le decía, sin creer que todo cambiaría, que volvería a ser como antes. No, no, no, no, repitió Mai hasta que él salió de la habitación golpeando y lanzando todo lo que se encontraba a su paso. Se dirigió a la cocina. Mai, junto a la ventana, casi sin creer lo que había sido capaz de hacer, se secó las lágrimas con cuidado. Se extrañó al oír la puerta del horno. La bruma de unos párpados hinchados por odio convirtieron su mundo en uno de sombras. Luego olió que algo se quemaba y escuchó un portazo. Pablo salió del edificio y la miró desde la acera de enfrente. Levantó el brazo y vio una cara deformada por el odio, hinchada, amoratada, una cara sobre un cuerpo inmóvil y dolorido en la ventana del cuarto piso. Unos segundos después, se oyó una explosión y Mai salió despedida por aquella misma ventana. Cayó en mitad de la calle. Pablo se acercó. Mai intentó incorporarse pero el cuerpo no le respondía. Sintió que algo caliente le recorría la nuca y parte de la cabeza. Luego frío, un montón de olas de frío que salían de la cintura y recorrían la espalda hasta romper en el cuello. Silencio. Dejó de sentir dolor y apoyó la cabeza en el asfalto. Vio la cara de Pablo entre los curiosos. Intentó escupir, pero no pudo. No, susurró una vez más, y dejó de respirar.

Pablo entró en la celda con la cabeza bien alta.

—Lo volvería a hacer —le dijo al celador—. Una y un millón de veces.

Mai cerró la lista de la vergüenza de aquel año.

En dos horas Pablo saldrá de la cárcel. Después de recoger sus cosas irá al bar de siempre a reunirse con su gente. Reirá las gracias a otros borrachos, contará batallas que nunca libró. Si se le pregunta, dejará claro que lo hizo porque ella no le dejó otra salida, porque ella lo quiso así. En el bar lo espera una mujer que dice ser periodista. Lo ha citado para que por fin pueda dar su versión de los hechos. Lo último que oirá Pablo en su vida es un no, el último. Porque alguien tropezará con él y no se disculpará, solo se oirá un susurro. No. Y un estilete, casi como una aguja, atravesará su corazón. A Pablo le quedan dos horas de vida, quizás tres. Será entonces cuando su nombre sea tachado por fin de la lista de la vergüenza.

FIN

GRR_

 

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